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lunes, 12 de julio de 1999
Reportaje:

Ermua, normalidad sin olvido

Los vecinos de la localidad natal de Miguel Ángel Blanco apuestan por la reconciliación frente al rencor

Ermua se despereza hoy con el olor a cera derretida aún presente en los rincones de la céntrica plaza del Cardenal Orbe. Anoche, las velas volvieron a llorar por el asesinato del edil popular Miguel Ángel Blanco Garrido. Sostiene un anciano lugareño, apostado junto a la casa de los jubilados de la localidad, que la memoria histórica tiende a narcotizarse con el paso del tiempo. Dos años después del secuestro y asesinato anunciado a manos de ETA del joven concejal del PP, los vecinos de Ermua se empeñan en mirar hacia adelante. O, al menos, lo intentan. "La gente, ni olvida ni perdona, pero sí hay mucha resignación. En general, se intenta no tocar mucho el tema de Miguel Ángel". Es como si tras la tempestad se hubiera instalado una suerte de calma impregnada de cierta "tristeza y melancolía" cuando se trata el asunto. Habla Gonzalo Álvarez. Entre ribeiro y ribeiro, el nuevo presidente del centro gallego de la localidad vizcaína va desgranando al forastero la cosecha de sentimientos que ha ido recogiendo estos dos años.

"¿Dónde ha quedado el espíritu de Ermua? ¿Qué fue de la idea de aislar socialmente a los simpatizantes de HB, me preguntas?". Gonzalo Álvarez asegura que "al final, el agua, más o menos limpia, vuelve a su cauce". "Hombre, los abertzales ahora tienen menos miedo que cuando se derramó la rabia por el pueblo, pero tampoco creas, siguen sin sacar pecho. La gente no se fía de ellos".

Es cierto que el ambiente no está cargado. Pero en Ermua siempre hay una mano dispuesta para colocar un cartel contra la dispersión de los presos etarras. Cerca de la casa consistorial, las pintadas por la vuelta a casa de los reclusos han reverdecido. Cerca de ahí, en otra pared, el PP se ha convertido en PPinochet.

El día a día se va imponiendo y las prioridades de siempre destronan con facilidad los sentimientos que generó aquel etarra que descerrajó a primeras horas de la tarde de un 12 de julio como hoy dos tiros en la cabeza de Blanco. Los tres o cuatro negocios de Ermua relacionados públicamente con la izquierda independentista no pasan una época boyante, pero tampoco es que se les haya negado el pan y la sal, aseguran algunos vecinos. Hay de todo. Desde quien se ha negado a recoger unos pasteles "ya pagados" en la famosa panadería-pastelería de un matrimonio abertzale hasta los miembros de las cuadrillas que cambiaron entonces el saludo por malas miradas y ahora han dejado los recelos de antaño.

"Ya no se arrastra la crispación de aquellos días", asegura el miembro de Gesto por la Paz Fran Oneka. "Es más", prosigue, "yo creo que la gente, en general, está ilusionada con la tregua. Hay esperanza de que esto sea definitivo. Ermua vuelve a la normalidad, pero no olvida". Consuelo Garrido lleva una semana muy mala. El verbo olvidar se arrancó de cuajo de su diccionario una tarde de hace dos años. Estos días, los nervios y las depresiones le ganan la partida muchas veces. Ni siquiera el refugio de la fe, su principal bastón durante este tiempo, puede hacer más llevadera la insoportable carga de la ausencia. Y mucho menos conforme se acercaba el fatídico día en el que tenía que enfrentarse, otra vez más, con la inscripción que acompaña a la foto de su hijo en el cementerio: "Sigues viviendo en nuestro corazón".

Consuelo; su esposo, Miguel Blanco, y su hija Marimar, volvieron ayer a subir al camposanto de Ermua, acompañados por varios centenares de familiares, amigos y convecinos para compartir unos minutos con el retrato del edil asesinado y llevarle flores frescas de esperanza.

"Ayer [por el pasado miércoles] charlé con ella". La que habla desde un diminuto despacho en el Ayuntamiento es la edil del PP Ana Crespo. "Estos días se encuentra bastante mal, deprimida. Yo siempre intento dirigir la conversación hacia cualquier otro tema, pero...". Ana ha vuelto a ganar alguno de los 18 kilos que perdió con la conmoción y la rabia del asesinato de su compañero. Lo que le sigue acompañando es una sombra inevitable que guarda su nuca. "No tengo miedo, sino precaución". Su cara transmite ese relajo que la dirección de ETA parece haber regalado a los ediles populares tras el cese de los atentados. "Es que antes no vivíamos. Nos han dado un poco de respiro", dice.

Ana Crespo aún piensa que no se hizo todo lo que se podía haber hecho. Cree firmemente que hay que revivir aquello, pero dedicarse también a "concienciar a los críos, no para que no se vuelva a repetir, sino para que no se les pueda ni pasar por la cabeza". En ese afán por aportar su grano de arena en la reconciliación -que aventura difícil porque "hay mucho odio y rencor, aunque hay que superarlo"- la edil no pierde el tiempo. Hoy estará en Valencia, junto a la fundación que lleva el nombre del concejal asesinado, para participar en la entrega del premio anual de la entidad, que este año ha obtenido el presidente de Colombia, Andrés Pastrana, embarcado en la negociación con la guerrilla.

La edil cree en el diálogo, "pero sin imposiciones". "Sabemos que nuestro gobierno está negociando. Pero tiene que tener claro que no puede ceder ante los chantajes de esta gente", dice, certificando que lo contrario sería imperdonable.

No hay duda de que los sucesos de Ermua, la reacción popular, el "¡basta ya!", junto a un montón más de acontecimientos policiales y políticos -entre ellos el Acuerdo de Lizarra-, encarrilaron la decision de ETA para detener el reloj de la muerte y poner en marcha el tren de la esperanza. Pero no todos lo ven igual. Por ejemplo, el Foro Ermua, nacido al calor de la respuesta social contra ETA por el asesinato del concejal popular, no se fía de los terroristas y advierte contra el "involucionismo nacionalista".

Sostiene el anciano lugareño que alertaba contra el olvido, poco antes de ir a su casa a almorzar, que va a hacer falta mucha sabiduría para, "entre todos, tirar para adelante". Como decía un proverbio chino, el "viaje más largo comienza por dar un paso". Ermua parece haber echado ya a andar, lentamente, mirando adelante.

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