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CARTAS AL DIRECTOR

Sobre los orígenes de la obediencia

En su artículo Obediencia a la autoridad (EL PAÍS, sábado 16 de enero), Rosa Regàs parece deslizar una petición al interpretar los resultados del célebre experimento de Milgran, pues hace de ellos tanto la explicación como la consecuencia de las numerosas muestras de sumisión del hombre a los caprichos de todo tipo de defensores de patrias y valores eternos. Cuesta creer que el hecho de que una persona esté dispuesta a aplicar una descarga de 450 voltios a un desconocido para complacer a un investigador pueda atribuirse alegremente a un entorno social perverso; máxime cuando en las repeticiones del experimento, en lugares tan distintos como Roma, Suráfrica y Australia, el número de individuos dispuestos a aplicar las descargas más intensas fue superior incluso al de Yale.Rosa Regàs podría haber evitado el razonamiento vicioso en cuestión atribuyendo tanto la sumisión inducida experimentalmente como las muestras espontáneas de docilidad colectiva a una causa común, más relacionada con la naturaleza humana que con maquiavélicas estrategias sociales. Porque la obediencia no anda lejos del conformismo, conviene recordar también que un experimento llevado a cabo por Solomon Asch en los años cincuenta puso claramente de relieve la facilidad con que una persona puede llegar a negar lo obvio cuando en su entorno todos se confabulan para afirmar con absoluta naturalidad lo contrario de lo que ven los ojos. Obediencia, conformismo, emulación... para desesperación de los espíritus románticos, copiar es a menudo un comportamiento más eficaz que razonar por uno mismo, pues la conducta de los otros sintetiza gran cantidad de información. Cabe pensar que la sumisión a la autoridad y cierto instinto mimético permitieron a nuestros antepasados coordinar su lucha por la supervivencia. El problema es que en el guión no estaban previstas ni la aparición del automóvil ni la llegada al poder de líderes sin cerebro que contarían con medios de destrucción masiva.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 29 de enero de 1999