Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

La generación de la llave

Riesgos psiquiátricos para los niños que están solos en casa al llegar del colegio

¿Por qué voy a tener que querer a nadie, si a mí no me han querido", preguntaba con rabia Miguel A. R., de 12 años,al psiquiatra al que le habían llevado sus padres "porque estaba imposible". Miguel se había convertido, según sus padres, en un adolescente rebelde, con problemas en los estudios y que sólo vivía para estar con su pandilla. También cometía siempre que podía pequeños hurtos de dinero en casa porque "cada vez le resultaba más difícil satisfacer sus gastos con la paga semanal".Hijo único de un padre auxiliar administrativo y una madre que regenta un pequeño negocio, Miguel llega a casa después del colegio y merienda solo, estudia solo, juega solo... hasta casi las nueve de la noche, que regresan sus padres. Así, desde los ocho años.

Miguel es uno de tantos niños que llevan la llave de casa colgada del cuello, ya que ellos mismos tienen que abrir la puerta porque no hay nadie esperándoles. Es uno de tantos niños y adolescentes que pertenecen a lo que los psiquiatras han bautizado en los úItimos años como la generación de la llave.

"La incorporación de la mujer al trabajo ha generado una gran cantidad de cambios socioculturales, que repercuten, a veces dramáticamente, en el seno familiar. El padre y la madre trabajan fuera del hogar y los hijos permanecen solos muchas horas al día. Desde hace unos 10 años este fenómeno está generando diferentes trastornos psiquiátricos en los niños", afirma María Jesús Mardomingo, jefa de psiquiatría Infantil del hospital Gregorio Marañón de Madrid.

Para Mardomingo, no se trata de moralizar ni de culpabilizar a nadie, pero "cuando se tienen hijos, la vida cambia radicalmente y hay que establecer prioridades".

En los hogares de los niños de la llave, según esta psiquiatra, se desestructura el concepto de organización familiar. Los padres llegan cansados a casa, sin ánimos para dialogar con sus hijos, jugar con ellos o ayudarles a hacer los deberes, y empieza a producirse un distanciamiento y una pérdida de la autoridad paterna.

Los amigos

Los niños, ya sea el hijo único o varios hermanos (es frecuente responsabilizar al mayor de los más pequeños), al pasar tantas horas solos, dejan de hacer los deberes, meriendan mal y pasan mucho tiempo en la calle, generalmente agrupados en pandilla."Mi padre no es quién para decirme qué amigos me convienen, cuando ni siquiera conoce los que tengo", dice Carlos de 14 años, que también lleva la llave de casa colgada del cuello y al que también sus padres han llevado al psiquiatra por convertirse en "un ser indómito, mal estudiante, poco comunicativo y que abandona a su hermana".

Al volver de clase, según sus padres, Carlos deja a Mónica, de 10 años, en casa de una vecina y él se va a la calle "a beber litronas con sus amigotes". En palabras de la psiquiatra Carmen Rubín, generalmente estos niños tienen grandes sentimientos de soledad y de abandono: "Incluso pueden llegar a la convicción de que sus padres no les quieren. Algunos son incapaces de amar, porque no se sienten queridos y nadie les ha enseñado a amar. Se produce una inestabilidad afectivoemocional. Aparecen entonces conductas contestatarias, de rebeldía e indisciplina, o estados de aislamiento, tristeza y depresión".

Como señala Rubín, puede darse un tríada de efectos en los niños de la llave menores de 12 años: ansiedad de evitación, por la que se aíslan y evitan enfrentarse a cualquier situación que les resulta estresante; crisis de angustia, que se puede manifestar con alteraciones visuales, como pequeñas alucinaciones y deformación de las imágenes reales, y trastornos de adaptación, al no vivir el papel que les corresponde por su edad.

Natalia G., de ocho años, esperaba todas las tardes la llegada de su madre en casa de una vecina que tiene una hija de la misma edad y además es su compañera de colegio. Sus padres creían que la niña tenía una imaginación desbordante porque, según la pequeña, todos los muñecos de la estantería de su cuarto, se movían y le hablaban. Más tarde empezó a ver "brujas y personajes malos" a menudo se despertaba por las noches llorando asustada.

"Esta deformación de la realidad", explica Rubín, "no es inventada por la niña, como pensaban los padres. Para Natalia era real todo lo que contaba, porque ella así lo estaba viviendo. Esas pequeñas alucinaciones eran la manifestación de la angustia que tenía por no sentir próxima a su madre". Cuando los niños han superado los 12 años, los efectos en el caso de los varones se expresan generalmente en comportamientos rebeldes y agresivos, con rechazo a las normas sociales, y en estados depresivos en las niñas.

A veces el problema es somatizado y aparecen síntomas físicos, como alteraciones del sueño, pérdida del apetito, pérdida de peso y trastornos gastrointestinales. Los médicos cuentan que a veces estos niños acuden a las urgencias hospitalarias por una fuerte gastroenteritis. Un estudio clínico posterior más amplio revela que este trastorno en realidad es una somatización de un problema psicológico más complejo.

El síndrome de deprivación afectiva que suelen sufrir estos niños que se sienten solos, según Rubín, se puede expresar también a veces en trastornos severos como la anorexia, sobre todo en las adolescentes. En los chicos puede disparar el alcoholismo.

"El beber para olvidar", dice esta psiquiatra, "es relativamente frecuente en estos chicos, sobre todo en los varones. Esta es una de las razones por las que a las urgencias hospitalarias llegan tantos adolescentes con coma etílico. Beben para olvidar su infelicidad, de la que a veces ni siquiera son conscientes, y beben para olvidar no sentirse amados".

Según Rubín, el sentirse amado es fundamental para el equilibrio del ser humano en alquier momento de la vida, pero mucho más en los procesos de desarrollo físico y emocional, como son la infancia y la adolescencia.

Comunicación

Por ello", agrega, "no basta con que los padres quieran a sus hijos. Tienen que demostrárselo y asegurarse de que los pequeños son receptores de esos buenos sentimientos. Saber amar a veces no es nada fácil, porque requiere entrega, sacrificio, comprensión y dedicación".Y además subraya que estar con un hijo es mucho más que permanecer cerca de él: "Es darle presencia y tiempo para compartir sus cosas, hablar con él, jugar con él y, en definitiva, hacer que se sienta amado".

Según Rubín, la función de educar a un hijo no se debe delegar en otras personas, ya sean abuelos, tíos o niñeras, ni en el colegio, "como creen algunos progenitores", .

Curiosamente, la reacción de los padres cuando se percatan de la situación se suele manifestar en una de estas dos formas contrapuestas: sentimienos de culpabilidad o sentimientos de irritabilidad.

Mientras unos padres analizan los hechos y se sienten responsables de lo que ocurre a su hijo, otros, por el contrario, se sienten molestos y llegan a decir al psiquiatra algo así como que "bastante tenemos ya con tener que estar todo, el día trabajando, como para que encima el niño nos traiga este problema".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de abril de 1998