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viernes, 21 de julio de 1995

El Madrid de Muelle

Francisco Serra. 21 JUL 1995

Leo en un diario la noticia de la muerte de Muelle, el rey del graffiti. Hace unos años escribí un pequeño cuento inspirado en el arte de tan singular personaje, y por ello me permito enviárselo:Quien haya conocido el Madrid de hace unos años, apenas reconocerá la ciudad actual, tan alejada de la que fuera por algún tiempo "capital del mundo", cuando parecía que algo nuevo y distinto estaba surgiendo ante nuestros ojos, inicio de una vida lujuriante y embriagadora que nos traería, aunque fuera por un instante, la felicidad máxima, el goce supremo, el secreto último de nuestra torturada existencia. Noches interminables en bares lúgubres, sucesión. desordenada de experiencias dolorosas, pero también íntimamente reconfortantes a través de las que alumbrábamos el espontáneo florecimiento de una arrebatadora plenitud. Ese Madrid vital, pendenciero y, canalla, en que era posible y urgente deslizarse por los más variados antros en perpetua búsqueda de un momento de placer último y definitivo, que iluminara todo nuestro vacío cotidiano deambular, ya no existe. Algunos han hablado del "Madrid de la movida", pero yo creo qué si se puede caracterizar de alguna forma ese momento de esplendor de la ciudad habría de ser refiriéndose al "Madrid de Muelle" porque el artista del graffiti supo dejar su huella en todos los rincones de la urbe. El metro, los edificios, los bares, cualquier superficie era adecuada para que Muelle dejará rastros de su presencia. Durante algún tiempo pareció que su labor era agotadora, pues no había barrio de Madrid, de Malasaña a San Blas, de Getafe a Móstoles, en que no dejara una muestra de su inconfundible estilo. Podía pasearse uno por las calles de la atribulada ciudad encontrándose por todas partes los signos de ese arte de nuestro tiempo. Tardes enteras he intentado calcular cuantas veces descubría su marca y al final desistía, cansado de sumar una y otra vez las queridas letras que componían su nombre. He admirado mucho a sus rivales: Juanillo o Bleck K la Rata e incluso Glupsel Ahogado, pero ninguno de ellos ha sabido conmoverme como el infatigable Muelle. Cuando ahora recorro las calles busco con desesperación su nombre inscrito en las casas ruinosas y en los cristales rotos, pero. ya no hallo placer porque apenas en algún rincón descubro, como entre tinieblas, los lejanos trazos con que el artista intentara inmortalizar su paso por esta tierra. Una noche, cuando habitaba en pleno corazón del barrio de Malasaña, en uno de esos garitos en que ahogaba mi tedio conocí a una joven dulce y sensual con la que compartir mi angustia. Al desnudarla con mimo descubrí en su nalguita derecha las letras que componían ese nombre de leyenda, tatuadas por siempre con el inconfundible rigor de ese genio inigualable. Al despertar, ella había huido y desde entonces muchas noches he perseguido su sombra por las mal iluminadas calles, hoy despobladas tras la matanza que el burdo edil llevara a cabo. Nunca he vuelto a verla y a todas aquellas con las que alguna vez comparto el lecho examino con detenimiento en vana persecución de los rasgos de identificación que me devuelvan a quien tanto amé durante una única noche. Apenas recuerdo su rostro, pero nunca podré olvidar cómo ante mis ojos apareció bellamente inscrito ese nombre en que se resume para mí toda una época de mi ciudad, un tiempo, ya pasado, cuando una vez yo fui feliz en Madrid, en el Madrid de Muelle.-

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