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viernes, 24 de marzo de 1995

La Guardia Civil pensó que la muerte de Zabala y Lasa era un ajuste de cuentas

  • Los agentes imputaron el crimen a extranjeros

Los agentes que realizaron las investigaciones para identificar los dos cadáveres hallados el 20 de enero de 1985 en la provincia de Alicante siempre barajaron la hipótesis de que el crimen había sido un ajuste de cuentas a manos de una mafia extranjera. En ningún momento orientaron sus pesquisas hacia un asesinato relacionado con el terrorismo. Fuentes de la Guardia Civil aseguran que se realizaron "múltiples pesquisas", que un mes después del macabro hallazgo comunicaron a la policía los datos de las víctimas y, además, que "nadie ordenó que no se investigara el caso".

Un cabo primero y varios guardias del equipo de Investigación y Atestados de la Comandancia de Alicante, a cuyo frente estaba en esa época el entonces teniente coronel Romero Quintanilla, fueron quienes se hicieron cargo de las investigaciones sobre los dos cadáveres. Éstos fueron encontrados en un hoyo excavado en un paraje situado a la altura del kilómetro 12 de la carretera A-182, en el término de Busot.Los agentes extrajeron los cuerpos sin vida de los dos hombres y, a la vista de las horribles torturas que habían sufrido, llegaron a la convicción de que habían sido víctimas de un ajuste de cuentas. Y orientaron sus pesquisas hacia grupos mafiosos extranjeros, sobre todo porque la munición Geco empleada por los homicidas para rematar a aquellos dos desconocidos era "inusual" en España, según recuerdan fuentes del instituto armado.

El jefe del equipo de Investigación y Atestados -"un hombre muy meticuloso"- hizo un estudio del caso, y llegó a la conclusión de que los criminales no debían conocer la zona donde sepultaron los dos cadáveres bajo 100 kilos de cal viva. Si conocieran la zona, no se habrían molestado en cavar un agujero: en las proximidades hay numerosos pozos de gran profundidad, donde habría bastado dejar caer los cadáveres para haber hecho prácticamente imposible su descubrimiento. Eso fue lo que sostuvo el grupo de investigadores.

Confidentes y sospechosos

Los responsables del caso interrogaron a los vecinos de la comarca por si podían aportar alguna pista sobre los dos fallecidos, pusieron a trabajar a sus confidentes, siguieron los pasos de algún sospechoso... pero todo resultó estéril. Nadie sabía nada.

El 16 de febrero de 1985, escasamente un mes después del macabro hallazgo, la Guardia Civil facilitó a la Dirección General de la Policía una descripción minuciosa de los dos muertos: uno de ellos aparentaba ser un hombre fuerte y con una estatura de 1,80 metros; el otro tenía el cabello negro, la nariz pronunciada, con rastros de haber gastado bigote, y con señales de que tiempo atrás le habían sido extraídas las muelas del juicio y los primeros molares de la mandíbula inferior. Pero la policía tampoco supo ver que esta descripción podía encajar con la de los dos presuntos etarras José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, desaparecidos en 1983 en Bayona (Francia).

Los guardias civiles rastrearon las urbanizaciones de Campello y Busot y, como resultado de ello, localizaron a varios extranjeros que residían ilegalmente en España e incluso descubrieron extraños rituales de espiritismo. Sin embargo, no dieron con el hilo que les permitiera llegar al ovillo del doble asesinato.

Durante años, ese caso fue "una obsesión" para los guardias civiles de Alicante, según fuentes del instituto armado. Éstas aseguran que nadie torpedeó ni paralizó las investigaciones. Y explican que en aquella época apenas se sabía nada de los GAL y, por otra parte, agregan que era impensable que dos desaparecidos en Bayona en 1983 fueran a ser hallados muertos muchos meses después... y a cientos de kilómetros de distancia. "¿Fuimos unos ineptos y no supimos trabajar? Es posible. Pero, desde luego, lo que se puede afirmar es que se trabajó sin ningún tipo de interferencia extraña", declara un mando de la Guardia Civil.

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