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Tribuna:

El cielo de Madrid

Cuando me vaya de Madrid (si es que alguna vez me voy del todo), lo que realmente echaré de menos de esta ciudad será su cielo. Ese cielo que, según dice el refrán, es lo único que hay por encima de ella.Desde que lo vi por vez primera, desde la boca del túnel del Guadarrama, una noche ya lejana de septiembre (tenía yo 12 años y era la primera vez que viajaba tan lejos de mi tierra), el cielo de Madrid me fascinó, y desde entonces no he dejado de mirarlo un solo día ni de sentir al hacerlo la misma fascinación que me causó aquella noche cuando surgió al final del túnel como la pantalla de un gran cine que se hubiese iluminado de repente.

Azul-cobalto o rojo en el verano, negro bajo las tormentas, del color de los membrillos en otoño o metálico y frío en el invierno, el cielo de Madrid tiene siempre en todo tiempo esas manchas desvaídas y dispersas que parecen pinceladas de un pintor y que le hacen distinto a todos los demás cielos: los famosos azules y rosas velazqueños. Porque, al final, es verdad que la naturaleza imita al arte y, así, los cielos de las ciudades acaban casi siempre pareciéndose a los de los cuadros de los pintores que se inspiraron en ellos: el de Berlín es gris como en los lienzos de Friedrich; el de Arlés, amarillo como en los de Vincent Van Gogh; el de Roma, azul y blanco como en los frescos de Miguel Ángel, y el de Giverny, malva como en los Claude Monet. Del mismo modo, el de Madrid es azul y rosa, no tanto porque lo sea como por imitación de los que Velázquez pintó en sus lienzos.

Ese cielo de Madrid, que, como yo una noche desde la boca del túnel del Guadarrama, otros lo habrán descubierto viniendo por los llanos de La Mancha, por las colinas de Guadalajara o por las carreteras de Ávila o Toledo, es el que guarda los sueños de todos los madrileños y de quienes, sin ser de aquí, cada día llegan a esta ciudad para conquistar el cielo. No el que nos cubre, sino el que debajo de él todos tenemos. Porque a Madrid, al contrario que a otras ciudades, la gente viene para conquistar el cielo.

Al final, como siempre sucede, sólo unos pocos lo alcanzarán, y los demás seguiremos aquí persiguiendo nuestros sueños, sin fuerzas ya para abandonar, pero tampoco para creer en ellos, y, a lo peor, sin haber comprendido que el verdadero cielo de Madrid lo teníamos todos desde el principio al alcance de los dedos. Porque el refrán, aunque famoso, está mal hecho. No es de Madrid al cielo. En todo caso, y no es poco, de Madrid, el cielo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 1993