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Tribuna:

Descendiendo de las cumbres abismales

El sarcasmo de Alexander Zinoviev, uno de los grandes escritores rusos de nuestra época, sobre las altas cumbres a las que creyó haber llegado un comunismo hiperideológico que se llamó a sí mismo científico, parece estar dando ahora paso a un descubrimiento que hay que considerar patético: se inicia el descenso desde las altas cumbres sin advertir siquiera que éstas daban al abismo, sin conciencia, en la mayoría de los casos, de que se había vivido en cumbres abismales.La imagen de Zinoviev recoge bien, creo, un aspecto, el peor aspecto, de un proceso histórico que empezó (con Lenin) definiéndose como atípico capitalismo de Estado sin capitalistas, continuó (con Stalin) haciendo virtud de la necesidad al llamar socialismo a lo que en realidad fue industrialización acelerada de la URSS, para terminar (ya en la época de Bréznev) proclamando que tal vez haya otros socialismos en la imaginación utópica de los hombres, pero sólo un socialismo en esta tierra, el socialismo real. Este aspecto negativo al que me refiero se puede expresar así: los conceptos de socialismo y de comunismo connotarán ya para siempre un rasgo siniestro, la reproducción del despotismo, contra la cual precisamente tanto luchó el moderno movimiento de los trabajadores desde sus orígenes.

No es seguro, sin embargo, que el mal sea irreparable. Conocemos otros idearlos de la igualdad y de la liberación humanas que en un momento histórico dado se convirtieron en poder, alimentaron ideológicamente a los dominadores o sirvieron de argumento al gran inquisidor, sin que por ello tales ideales desaparecieran de la faz de la Tierra. Al contrario: el descubrimiento de que también, en nombre de la fraternidad y de la igualdad cristianas, podía ejercerse la tiranía y criminalizar las conductas de los otros se convirtió en un motivo para la reforma y regeneración del propio ideario, conservando o renovando sus valores más auténticos. Sólo que, previsiblemente, para que esa historia vuelva a ser vivida, en este caso por el todavía joven idearlo socialista, habrá de pasar un tiempo, y en ese tiempo los socialistas de las diversas corrientes históricas (lo que incluye a comunistas y libertarios) tendrán que pasar por los tormentos de las redefiniciones y de las divisiones.

Si bien se mira, en esa fase histórica estamos ya. Hace algunos años, al esbozar un análisis histórico-crítico de la nueva etapa, fuimos varios los que coincidimos en recordar una admonitoria advertencia de Engels, hecha, como suele ocurrir en estos casos, en privado. "Tal vez", escribió Engels a un amigo, "a los revolucionarios proletarios les (nos) acabe ocurriendo algo semejante a lo que les sucedió a los revolucionarios burgueses: que creyendo construir la sociedad de libres iguales levantaron de hecho el Crédit Mobilier". He ahí un Engels viejo, poco citado, ciertamente, que parece mirar la dirección en que apunta el dedo de Bakunin.

Advertencias así y comprobaciones a posteriori de que también en nombre de la igualdad y de la libertad se cometen crímenes tan numerosos como deplorables han sido siempre alimento espiritual para las almas políticamente conservadoras, en particular para aquel tipo de conservadurismo preocupado principalmente por el mantenimiento de las relaciones de propiedad. "La revolución devora a sus hijos", vienen diciendo los viejos conservadores desde la época de las revoluciones; "la revolución trae más males que los que intenta resolver", repiten los nuevos conservadores de las relaciones de producción. Pero también eso tiene una réplica antigua. "No a sus hijos, sino a sus enemigos devorará la revolución", contestaba con eufórico orgullo Saint Just a los conservadores de su tiempo; "porque la revolución", continuaba, "avanza desde la debilidad a la fuerza y desde el crimen a la virtud". Y Tocqueville, el gran teórico de la democracia, recordaba a los otros, con buen sentido, que cuando se mira la revolución directamente a la cara sólo se ven sombras y tinieblas, razón por la cual, para contemplar las luces que la iluminan, no hay más remedio que volver la vista atrás para mirar lo que había antes de que ella llegara.

Un recuerdo, éste de Tocqueville, pertinente para tiempos de celebraciones de bicentenarios señalados por la rememoración del lado tierno de un Luis XVI enredado en las íntrigas cortesanas de María Antonieta, y para tiempos, que se ven venir, en que los nuevos bardos cantarán las bondades de los Romanov; pertinente sobre todo para quienes, además de alegrarse de la caída de los regímenes despóticos en el este de Europa, se preocupan también por la crisis de la democracla a este lado del Rin, y sufren a la vez por los muertos de hambre en los otros continentes.

No se sabe cuántos corazones albergan a la vez, en este mundo, las tres cosas (alegría, preocupación y sufrimiento). Pero mientras esperamos a que la sociología cuantitativa nos dé el número, algo se puede decir, tentativa y un poco metafóricamente, al respecto. Pues éste es el significado profundo que hoy cobra la metáfora de Zinoviev: al otro lado de las altas cumbres, supuestarnente coronadas por los adalides del socialismo real, está el abismo de la desigualdad social, de la democracia demediada y del hambre de masas, males todos ellos convenientemente edulcorados, tergiversados o mixtificados por multimedia concentrados cada vez en menos manos. No sólo hay eso, desde luego, pero también hay eso.

La paradoja de este descenso precipitado desde las cumbres abismales al que ahora asistimos se puede captar en toda su intensidad midiendo con cuidado la cantidad y la calidad de las jeremiadas que están escribiendo los ideólogos de un sistema que no se atreve a llamarse ya capitalista. Se extrañan éstos de que los ciudadanos soviéticos tarden tanto en aceptar las bondades de la economía de mercado y especulan acerca de motivos ahistóricos. "Los rusos", se quejan ahora los teóricos del becerro de oro posmoderno, "no se adaptan al mercado y a la competitividad porque siguen conservando su antigua idea de igualitarismo y de la comunidad". Regresan, por tanto, las viejas antinomias. Lo que quiere decir que volvere-

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Descendiendo de las cumbres abismales

Viene de la página anteriormos a oír hablar del alma rusa. Y tal vez volvamos a oír también los argumentos dostoievskianos de los nuevos eslavófilos a favor del ritmo lento del cine ruso a la Tarkosvki, frente a la prisa del hombre sin destino y a las imágenes descoyuntadas del americanismo que se extiende por Europa.

Convendría, sin embargo, que esta vez, cuando se haya hecho por fin la comprobación de que europeos occidentales y orientales nos hallamos en una situación similar, no volvieran a imponerse las incomprensiones de otros tiempos, las incomprensiones que anidan en los orgullos nacionales y en la mirada de reojo a las costumbres del vecino; que no cunda el "desprecian cuanto ignoran" de machadiana memoria. Pues algunas de las cosas que hoy se oyen y se leen recuerdan, una vez más, las viejas incomprensiones occidentalistas de los tiempos de Michelet y el sarcasmo del eslavófilo comunitarista que se siente herido por la incomprensión de los otros. Con el tiempo, con el cambio de los tiempos, está ocurriendo que la protesta dostoievskiana de hace 140 años contra la incomprensión de la cultura y de los problemas de los rusos por parte de los occidentalistas a la Michelet se prolonga en una dirección inesperada.

Ocurre que ahora, al derrumbarse el enorme sistema burocrático tejido por Stalin y por Bréznev en aquel inmenso mundo de mundos que es la URSS, ante el desvelamiento de tantas evidencias sabidas pero oficialmente ocultadas, el ensimismamiento de los unos y el desencanto de los otros vuelven a tocarse, a aproximarse, a comprenderse mutuamente. El viejo marxista ruso, decepcionado por el curso que están tomando las cosas en la URSS, comprende ahora mejor al gran reaccionario dostoievskiano que hace un par de décadas reivindicaba el individualismo comunitarista -pues, aunque parezca paradoja, de eso se trata- contra la burocracia que amordaza al individuo; y este otro, el tradicionalista partidario del individualismo comunitarista, advierte, por su parte, que el final de la burocracia construida en nombre del socialismo parece estar conduciendo sin más al absoluto dominio del cálculo egoísta que él mismo ha conocido, con disgusto, desde hace años en el exilio norteamericano o centroeuropeo, y al advertirlo, al advertir que este final tampoco es alentador para el hombre que aspira a la emancipación del individuo humano por otras vías, se acerca, tal vez sin quererlo, al marxista desencantado.

Este acercamiento mutuo es perceptible al menos en un punto importante: el marxista crítico y desencantado comparte con el intelectual dostoievskiano de regreso del exilio la náusea que produce el ver aproximarse Ias gélidas aguas del cálculo egoísta" (para decirlo con una expresión de Marx que apreciaba nuestro joven Unamuno). El marxista crítico, que en otro tiempo fue partidario incondicional del progreso de las fuerzas productivas bajo el socialismo, contempla estos días con el estómago en un puño cómo las colas ante el McDonald's de la plaza Roja superan ya las de los visitantes que quieren ver a Lenin embalsamado; y en esa contemplación anida su vuelta tardía al Dostoievski crítico del occidentalismo. Mientras, por la otra acera, se le acerca el viejo trueno liberal-reaccionario de hace un tiempo, quien, al regresar a la patria desde Estados Unidos, ha visto ya los ojos ávidos de los banqueros occidentales oteando en actitud corvina los bajos de los edificios de la entrañable Weimar convertibles próximamente en sucursales, o ha advertido cómo la libertad de expresión corre el riesgo de nacer muerta en Budapest por las operaciones especulativas de los monopolios occidentales de la información.

Al menos desde Gracián lo sabemos en esta forma: "El hombre es todo extremos". Y los extremos se tocan, nos tocan. Por lo que no sería de extrañar que, así como hace 120 años las ideas de Chernichevski fecundaron el ideario de Marx para dar origen a aquella insólita criatura que fue el marxismo populista ruso, también ahora los restos de los dos grandes naufragios de estos años acordaran dar vida a un nuevo híbrido para soportar emocionalmente aquellas visiones deplorables. Al fin y al cabo, ¿no fue el viejo y olvidado Lukács quien descubrió en el Denisovitch de Solzhenitsin la quintaesencia del realismo socialista, alumbrado por el joven Semprún?

Si esta clave de lectura para el descenso desde las cumbres abismales -inspirada en dos viejos sabios de la historia de las ideas, casi tan olvidados o poco recordados como el otro: Maximilien Rubel e Isaiah Berlin- no está equivocada, entonces se entiende mejor el sombrío optimismo con que una parte de la intelectualidad rusa está contemplando hoy el proceso llamado perestroika. Y se comprende también desde ahí que la nueva criatura tenga que pasar aún por los tormentos de la redefinición antes de atreverse a proclamar de nuevo aquel notable optimismo histórico de Chernichevski, según el cual la historia es una vieja abuela que trata con exquisito cuidado a los últimos retoños, a los recién llegados a la casa de la modernización.

En una larga entrevista concedida en 1986 a Karel Huizdala, el hoy presidente de Checoslovaquia, Vaclav Havel, advirtió muy bien uno de los peligros de la fase actual. Oponiéndose de forma muy rotunda al pesimismo de la voluntad, Havel denunciaba entonces el ascenso de la creencia en que el decurso histórico es irracional porque la historia no nos ha dado la razón, lo cual conduce a condenar a los demás al infierno del nihilismo irracionalista porque nuestra razón no fue la que se impuso. Havel pensaba entonces en los ex marxistas checos de la década de los ochenta desolados por la doble derrota de 1968. Pero el cuento cuenta también de los otros y para los otros. Pues el número de los que en Checoslovaquia y fuera de Checoslovaquia alternan la vela para Schopenhauer con la candela en honor de Dostolevski aumenta sin cesar. Ya hasta el ángel del absurdo, el viejo y valeroso soldado Schwej, parece a muchos, en aquellos países, un héroe romántico.

¿Y si intentáramos esta vez los europeos del extremo Occidente mirar hacia el oriente de Europa tratando de comprender aquel individualismo comunitarista que hace a las personas aspirar a ser competentes sin ser conipetitivas, y a no identificar la libertad con la libertad de mercado?

es profesor de Filosofía de las Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de julio de 1990

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