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viernes, 28 de octubre de 1988
Tribuna:

Fernando Vela

Fernando García Vela (1888-1966), Fernando Vela para todos: un hombre al que el destino ha ido dejando en la penumbra a pesar de haber sido uno de los intelectuales de más alta categoría en el panorama de la cultura de medio siglo (1913-1966). Ovetense, pero juvenilmente asentado en el periodismo gijonés, entendió, ya en su treintena, que los horizontes astures de entonces eran demasiado estrechos para el desarrollo de sus ilusiones y se lanzó a Madrid, donde, entre otras cosas, fue el más íntimo, constante y fiel colaborador, discípulo y asesor de José Ortega y Gasset. No obstante, es poca la gente de las últimas generaciones que sepa con certeza quién fue. Y esta ignorancia se prolonga, a pesar de la excelente monografía de T. Rodríguez Neira, Fernando Vela y Asturias, riquísima en datos fidedignos, y de un homenaje que le rindió EL PAÍS con un magnífico artículo de José Ortega Spottorno, que tan a fondo y conciencia conoció los lazos que con su padre unieron a Vela y la enorme personalidad del gran asturiano. Del que Ortega llegó a decir que era la mente más clara que conociera.Periodista de vocación inicial y periodista siempre, desde 1913 (El Noroeste y La Prensa, de Gijón), ya en Madrid fue insigne colaborador en El Sol, del que llegó a ser director en 1933. Cuando este periódico hubo de perder la trayectoria progresista marcada por Urgoiti y Ortega, Vela fundó y dirigió sucesivamente los diarios Crisol, Luz (1931) y el Diario de Madrid (1935), precioso y selecto, pero fracasado seguramente por boicoteo en la publicidad. Luis Calvo dice que Vela ha sido el mejor periodista español de todos los tiempos.

En los primeros años que siguieron a nuestra guerra civil, perseguido por orteguiano y por sus ideas liberales -aunque nunca perteneció a partidos políticos-, le fue prohibido encabezar sus escritos con su nombre; pero Vela, superando la situación, abanderó al grupo que en Madrid preparaba la revista España Semanal, perteneciente al periódico España, que en Tánger fundara su gran amigo Gregorio Corrochano y editara Luis Zarraluqui, en la que todos ellos (J. A. Cabezas, Goico Aguirre, Vázquez Zamora, Vega Pico, Rodríguez de León y otros) encontraron grata acogida cuando tenían cerradas todas las puertas. Cabezas ha escrito líneas emocionadas en su recuerdo. Encargado, al comienzo, de la crónica internacional (Rodríguez Neira), muy pronto se enfrentó con otros cometidos en esa misma revista y en las llamadas Mundo y Economía Mundial.

Su primer libro, condicionado por cierto forofismo en la rivalidad entre el Spórting de Gijón y el Stádium de Oviedo, se tituló Fútbol Association y Rugby (1924). Sin embargo, fue a través de sus espaciados libros El arte al cubo y otros ensayos (1925), El futuro imperfecto (1931), El grano de pimienta (1950), Circunstancias (1952), y otros que pronto citaré, con los que Vela sentó sus reales en la literatura contemporánea, con un castellano impecable de muy personal estilo moderno y finísima originalidad. Creo que el trío F. Vela, Benjamín Jarnés y Antonio Espina (Ramón Gómez de la Serna era "otra cosa", con todo y su adhesión a la Revista de Occidente) constituye una buena representación de la prosa creativa hispana del tiempo que vivieron. Publicó también en 1939 un libro en verso titulado Poesía en asilo, sin nombre de autor, que no he tenido ocasión de conocer.

Participó en la Historia de la literatura universal (1947) de la editorial Atlas, con un muy bien documentado capítulo sobre literatura alemana, y en el Diccionario de la historia de España, de la editorial Revista de Occidente (1952), con temas muy delicados, en los que dio ejemplo de cómo deben ser compuestas las obras de este tipo.

Pero a Vela se le conoce sobre todo como secretario de la Revista de Occidente, en la que fue lugarteniente de Ortega en toda la gestión creacional y alma mater de su funcionamiento. A Ortega, sin duda el imán que lo atrajo a Madrid, lo había conocido en 1914, cuando éste hizo el viaje a Asturias, descrito en Notas de andar y ver, del segundo tomo de El espectador. En la revista publicó desde el primer número artículos valiosísimos, notas constructivas de crítica y, bajo el epígrafe Asteriscos, citas de alto valor cultural. Tradujo directamente algunos de los trabajos pedidos a los autores extranjeros (Simmel, Froboenius, Kretchmer, Schulten, etcétera). Para ello, de cuando en cuando le echaban una mano el mismo Ortega, o Sacristán, o García Morente, cuando Vela tropezaba con giros de difícil interpretación (confesión personal al firmante de esta evocación).

En conexión con su labor en la Revista de Occidente y con la escuela de Ortega está el tema de la labor filosófica de Vela. A través de su contacto diario con el maestro llegó a poseer ideas clarísimas sobre la filosofía contemporánea. Lo muestran dos puestas al día, una en su revista (1927) y otra en la revista argentina Síntesis, y con especial hondura su libro Ortega y los existencialismos (1961); recuérdese que Vela fue traductor y comentador de Bergson, de Husserl, de Spencer y de algunos más y revisador de otras traducciones de obras de filosofía.

Analizador de problemas político-sociales y económicos internacionales ya en El Sol (editoriales y escritos firmados y sin firmar), continuó haciéndolo cuando no podía estampar su nombre. Por su gran clarividencia al juzgar las circunstancias que se daban en momentos tan cruciales de la humanidad (de 1939 a los años cincuenta), Vela resultaba insustituible. En las revistas Mundo y Economía Mundial volcó su capacidad, y su opinión fue comentada en la Prensa europea (Le Monde), aunque ignorando la autoría. Apena pensar que tales trabajos queden en el anonimato, sin enriquecer la obra libresca del autor.

Mas deseo destacar otro aspecto en la obra de Vela: el de biógrafo e historiador. Sus amplios saberes en todos los campos de la cultura se hicieron más ostensibles aun cuando después de nuestra contienda las necesidades vitales le apremiaron; se descolgó con dos estupendas biografías publicadas bajo el seudónimo Héctor del Valle: la de Mozart y la de Talleyrand (1943). De la primera me hizo inusitados elogios Ricardo Baeza, que estaba preparando otra, en dos tomos, sobre el mismo compositor; de la segunda sostenía Marañón que nadie había visto con tanta perfección el retorcimiento del personaje. Pues bien, esta actividad de Vela como biógrafo se complementa con la de historiador general, hecha patente en España Semanal. Bajo la denominación conjunta de Historia (escogida por él) y en otros casos sin ella, publicó cerca de 1.000 trabajos (¡se dice pronto!) trascendentales, cada uno de los cuales podría ser capítulo del mejor tratado de historia. Basándose en anécdotas cuyos títulos suscitaban interés en los lectores, eligió un alto número de acontecimientos históricos, situándolos en su ambiente real, revitalizando a los personajes concernidos con una técnica expositiva insuperable y logrando deducciones instructivas de moderno sentido historiográfico. Todos sin firmar. De aquellos tiempos, pero firmado, es su formidable libro Los Estados Unidos entran en la historia (1946).

De los 50 años de su vida que dedicó a escribir, ocupó muchos en la redacción de artículos y editoriales anónimos, en los que durante cierto tiempo se sustentó, hay que decirlo, la solución de su vida económica. Nunca podría decirse con más razón que los editores lo exprimieron, hecha excepción de Ortega. Éste y Vela eran casi de la misma generación, pues sólo los separaban cinco años de edad. Todos sabemos cuán dificil suele ser que entre coetáneos intelectuales surja una amistad tan íntima, magisterial en Orteag y cuasi alumnar en Vela. Esto dice mucho acerca de la categoría del primero y de la honesta disciplina del segundo.

Al repasar el periplo bibliográfico de Fernando Vela en los trabajos de su sobrino Ramón García Vela y en la biografía de Rodríguez Neira se descubre que Vela es probablemente el escritor con más obra sin firmar. Lo publicado con seudónimos y el total de sus libros firmados es sólo una pequeña parte de aquélla. Las autoridades culturales de Asturias, tan bien representadas por Manuel Fernández de Cera, podrían proceder a la recogida de todo lo disperso, pues Vela ha sido uno de los máximos benefactores de la actual culturización hispana. Fue además un conversador impresionante, por lo mucho que sabía y por su elegante modo de decir, sin la más mínima presunción ni el más solapado exhibicionismo, tal y como era en sus escritos. Impartió esencias a destajo, sin aspirar a premios ni a alcanzar fama, que despreciaba. Guillermo Díaz Plaja lo calificó por esto de "desganado de fama".

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