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Hacia un pacto contra el calentamiento

Obama y Hu sólo ofrecen palabras

EE UU y China prometen esfuerzos para salvar el pacto climático, pero evitan los compromisos - La Casa Blanca está maniatada por falta de apoyo parlamentario

Antonio Caño

Estados Unidos y China, los dos mayores contaminantes del mundo, se comprometieron ayer a hacer esfuerzos para reducir sus emisiones de dióxido de carbono, aunque lejos aún de las condiciones y las proporciones que reclaman la Unión Europea y otros países. La ONU confía, no obstante, en que la cumbre celebrada ayer en Nueva York sirva para impulsar las negociaciones de cara a la conferencia del próximo mes de diciembre en Copenhague, donde se espera la firma de un gran acuerdo internacional para prevenir el cambio climático.

Estados Unidos y China, cada uno culpable del 20% de los gases de efecto invernadero, tienen hoy la última palabra para el éxito de esa conferencia. Los dos presidentes, Barack Obama y Hu Jintao, aceptaron ayer esa responsabilidad en sus intervenciones públicas y se reunieron después cara a cara para abordar ese asunto, entre otros. Ambos volverán a encontrarse en noviembre en Pekín, la última etapa de una negociación que probablemente decidirá la suerte de Conpenhague.

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Obama y Hu prometieron ayer hacer todo lo posible para alcanzar un acuerdo, pero también advirtieron de las particulares condiciones de ambos y de las enormes dificultades a las que habrá que hacer frente de aquí a diciembre.

"Comprendemos la gravedad de la amenaza sobre el clima, estamos decididos a actuar y asumiremos nuestra responsabilidad con las generaciones futuras", aseguró el presidente norteamericano, quien recordó todo lo que Estados Unidos ha avanzado durante su Administración para sumarse a una acción mundial contra el deterioro del medio ambiente.

"Pero todos nosotros encontramos dudas y dificultades en nuestras propias capitales cuando tratamos de encontrar una solución duradera", reconoció Obama.

En su caso, no puede ser más cierto. Muchas dudas. Tantas, que se antoja casi imposible que pueda llegar a Copenhague con el respaldo moral de una ley aprobada por el Congreso sobre la reducción de emisiones. Esa ley - aún insuficiente para las exigencias europeas- ha pasado ya la etapa de la Cámara de Representantes, pero está actualmente atascada en el Senado, donde se juntan el escepticismo con el texto a discusión con la saturación de la agenda legislativa por el debate sobre la reforma sanitaria.

Mucho de lo que actualmente está en juego para la salud ambiental del mundo está pendiente de esa agenda. Mientras las palabras de Obama no tengan una ley que respalde sus problemas, China tendrá una excusa para no avanzar a la velocidad necesaria. Y mientras China no avance, los escépticos sobre el cambio climático en Estados Unidos tendrán razones para sus dudas.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, recordó ayer a todos la necesidad de reducir la emisión de gases contaminantes sin preocuparse tanto de mirar al de al lado. "Un fracaso en Copenhague sería moralmente inexcusable, económicamente miope y políticamente torpe", advirtió. Obama y Hu compartieron, básicamente, ese punto de vista, aunque le añadieron algunos matices. "Ninguna dificultad puede ser excusa para la complacencia, pero tenemos que actuar de forma que no permitamos que lo perfecto se convierta en enemigo del progreso", dijo el presidente norteamericano. "Buscamos un acuerdo", añadió, "que permita a las naciones crecer y mejorar sus niveles de vida sin poner en peligro el planeta".

El presidente chino, por su parte, prometió que su país recortará las emisiones de gases contaminantes "en proporciones notables" para 2020 en comparación con 2005. Asimismo, anunció un incremento del espacio dedicado a bosques y una mayor inversión en investigación y desarrollo de energías alternativas con vistas a reducir la dependencia de las energías fósiles.

Pero, al mismo tiempo, advirtió de que China, como los demás países en vías de desarrollo, carece de la tecnología y de los recursos económicos para avanzar al ritmo que algunas naciones ricas exigen. "Los países en desarrollo", manifestó Hu, "necesitan hacer un equilibrio entre el crecimiento económico, el desarrollo social y la protección del medio ambiente".

La búsqueda de ese equilibrio es el nudo gordiano de este debate. Los países ricos, en cierta medida, pueden darse el lujo de contaminar menos porque cuentan con medios alternativos. Para las naciones en desarrollo, reducir la emisión de gases significa hoy cerrar fábricas y perder puestos de trabajo. Ese debate se extenderá el próximo viernes a la cumbre del G-20 en Pittsburgh y no será fácil de resolver sin una generosa aportación de ayuda por parte las economías más desarrolladas.

El papel de Estados Unidos en esta discusión puede ser crucial. No sólo porque es la mayor potencia económica del mundo y el líder de Occidente, sino porque también es el único país que conserva cierta capacidad de presión sobre China. Precisamente por eso, pareció hacerse la luz en este conflicto cuando Obama, modificando la política de su antecesor, aceptó la idea de imponer metas de obligado cumplimiento para la reducción de gases. Y precisamente por eso también resulta ahora tan perjudicial que el presidente norteamericano se sienta atrapado por su batalla interna en el Congreso.

Actualmente, existe un consenso sobre la necesidad de marcar metas para la reducción de gases para 2050. Pero hay muchas diferencias a la hora de hacerlo para el más corto plazo de 2020. La ambición de cara a la conferencia de Copenhague es la de un plan para la próxima década que permita tan sólo un aumento de la temperatura de la Tierra de dos grados Celsius respecto a la existente en la era preindustrial.

Intervención del presidente estadounidense, Barack Obama, ayer en la sede de la ONU en Nueva York durante la cumbre sobre cambio climático.
Intervención del presidente estadounidense, Barack Obama, ayer en la sede de la ONU en Nueva York durante la cumbre sobre cambio climático.AFP

Los grandes emisores

- EE UU. Obama no es Bush pero Estados Unidos sigue siendo Estados Unidos, el país con mayores emisiones por habitante (el doble que la UE). La inercia de que la lucha contra el cambio climático hundirá su estilo de vida y la economía sigue arraigada. La Administración de Obama ha aprobado una ley para reducir las emisiones en un 17% en 2020 respecto a 2005. Mucho o poco, según se mire. Es una reducción similar a la que propone la UE pero a la vez supone sólo volver a los niveles de 1990. La diferencia está en que la UE ya ha hecho parte del trabajo y ha reducido sus emisiones un 2,7%, mientras EE UU las ha aumentado un 18%. El proyecto legislativo de Obama sigue atascado en el Senado y no estará a tiempo para la cumbre de Copenhague de diciembre. Y sin compromiso concreto por parte de EE UU, la cumbre pinta mal.

- China. El gigante es el mayor emisor del mundo, ya por delante de Estados Unidos. Pero la estadística -como todas- tiene trampa. Un chino sólo emite cinco toneladas de CO2 al año de media (por 20 de un ciudadano de EE UU y 10 de un europeo). Además, si se toman las emisiones históricas (las que desde la revolución industrial han causado el problema) China estaría aún muy lejos. Aún así China es consciente de la gravedad de la situación y vive con angustia los problemas de escasez de agua que le auguran los científicos; ahorrar energía reduciría su problema de salud pública por la contaminación en las ciudades, y la inversión en tecnología verde lanzaría aún más su ya potente industria de renovables, especialmente la fotovoltaica. Por eso acepta contener sus emisiones (no reducirlas) a cambio de ayudas multimillonarias. India, Brasil o México muestran posturas similares. Contener las emisiones sí, pero de forma voluntaria y siempre a cambio de ayudas y de que los países ricos acometan una fuerte reducción de emisiones.

- UE. La Unión Europea ha encontrado en la lucha contra el cambio climático una posición en el mundo, una forma de liderar una negociación mundial sin necesidad de poner soldados y que le permite, a la vez, reducir su dependencia energética. Por eso en Bali, en 2007, anunció de forma unilateral su plan para reducir las emisiones un 20% en 2020 con respecto a 1990 y anticipó también que en Copenhague aceptaría hasta el 30% si había un acuerdo internacional. Conservadores y progresistas, en Europa apenas hay división. Queda el checo Vaclac Klaus (al que Aznar presenta sus libros en los que niega el cambio climático) está en contra. Por eso Bruselas anda exasperada con el retraso de la Ley de Obama y prepara un plan B. Ya ha anunciado que si en Copenhague no hay acuerdo otorgará derechos de emisión gratis a buena parte de su industria pesada para evitar deslocalizaciones (fugas de carbono, en la jerga).

- Japón. Buenas noticias para el pacto por el clima. En los últimos dos años Japón y Australia han cambiado de Gobierno y han pasado de torpedear las cumbres a presentar ambiciosos planes de recorte de emisiones.

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