Por qué el VIH es ahora una cuestión de cerebro y corazón

Infartos, ictus, anginas de pecho… La terapia antirretroviral de gran actividad ha conseguido transformar la infección por este virus en una enfermedad crónica. Este aumento de la supervivencia ha derivado en afecciones cardiovasculares cada vez más comunes, pero sin olvidar que a ello también colabora la propia infección o determinados hábitos de vida

Un neurólogo observa los resultados de una resonancia magnética de un paciente que ha sufrido un ictus.
Un neurólogo observa los resultados de una resonancia magnética de un paciente que ha sufrido un ictus.utah778 / Getty Images/iStockphoto

En las últimas dos décadas, el riesgo de infarto y otras patologías cardiovasculares se ha triplicado entre la población con VIH. Esto se debe a varias razones. La más lógica: el tratamiento antirretroviral alarga la vida de los pacientes, lo que deriva directamente en la aparición de otras enfermedades propias de edades más longevas. Como ahonda el doctor Julián Olalla, portavoz de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología (SEIMC): “La enfermedad cardiovascular es la principal causa de muerte en España. En la medida en la que el VIH se convierte en una enfermedad crónica, y quienes lo sufren tienden a una supervivencia similar a la de la población no infectada, las causas de muerte van a ir convergiendo. En consecuencia, veremos más infartos e ictus en esta población”. Pero circunscribir las razones a un aumento de la edad media sería no ser totalmente fieles a la realidad.

A la aparición de este tipo de enfermedades también se suman las características propias de la infección, que hacen que los pacientes presenten procesos de envejecimiento acelerados, así como una mayor presencia de comorbilidades en edades más jóvenes. “El riesgo de infarto es el doble en personas con VIH”, señala la doctora Marta Pombo, cardióloga intervencionista del Hospital Costa del Sol de Marbella. Entre las causas que explican este mayor riesgo de enfermedad cardiovascular está la inflamación. “El virus, aunque indetectable y contenido gracias a los tratamientos antirretrovirales, ha seguido latente y manteniendo un estado inflamatorio de bajo grado que se relaciona con más eventos cardiovasculares”, matiza Pombo.

Tenemos, por tanto, a un paciente con VIH, inflamado, que llega a esa mediana edad en la que el riesgo de la enfermedad cardiovascular comienza a manifestarse. Posiblemente, esa persona tenga también las secuelas de muchos años de tratamiento, con fármacos que en su día fueron muy tóxicos. “A ello se le añaden otros factores que incrementan aún más el riesgo”, advierte el doctor Olalla. “Entre ellos, destaca el tabaquismo, muy habitual en esta población y que se asocia claramente a más patología cardiovascular. Al final, es ir comprando papeletas”.

En este suma y sigue, otro problema concomitante es el de la diabetes. Recientemente, un estudio francés publicado en la revista Plos One ha revelado una tasa elevada de infradiagnóstico de la diabetes en personas con VIH que están recibiendo atención médica especializada (y, en consecuencia, también de infratratamiento). Viene al caso en el tema que estamos tratando, ya que las personas diabéticas con VIH tienen un riesgo importante de desarrollar enfermedades cardiovasculares.

La percepción de las nuevas cronicidades por el paciente

Pero la prevención es posible: a diferencia de otras enfermedades más sigilosas o silentes, los marcadores de riesgo cardiovascular de las personas con VIH son fácilmente detectables: hipertensión arterial, aterosclerosis, alteración de los niveles de colesterol… Se trata de parámetros que indican esa elevación del riesgo y que hay que controlar para evitar que se traduzcan en infartos de miocardio, ictus, insuficiencias cardiacas, anginas de pecho o, incluso, muerte súbita.

Los expertos explican que hay que entender que la infección por VIH es un factor de riesgo cardiovascular y, por tanto, hay que tenerlo muy presente. Se trata de fortalecer las medidas preventivas destinadas a atenuar este riesgo, y de incidir en los hábitos de vida saludables: actividad física, dieta sana, eliminación del tabaco… Lo de siempre, pero con especial hincapié, dado que se trata de una población más vulnerable.

En este punto, cabe preguntarse quién debe tratar al paciente con VIH que presenta niveles altos de colesterol, hipertensión… “El abordaje debe ser multidisciplinar y cualquier médico que lo trate deberá saber qué tipo de tratamiento antirretroviral está siguiendo”, recomienda la doctora Pombo. “Es fundamental estudiar si puede haber interacciones entre los fármacos para el VIH y los que va a necesitar para su afección cardiovascular. Es un asunto que hay que vigilar, no se puede dejar al azar”.

Finalmente, la idea que subyace es la de que tanto la prevención como el tratamiento de la enfermedad cardiovascular en pacientes con VIH sea similar a la de la población sin VIH, incidiendo en la modificación del estilo de vida e intensificando las medidas cuando se encuentra una viremia no bien controlada o bajos niveles de linfocitos CD4. Pero un aspecto que a menudo pasa inadvertido es el de las características emocionales propias de la persona con VIH, explica el doctor Olalla: “Cuando tienes a un paciente con 50 o 60 años y le dices que se tiene que tomar una pastilla para el colesterol, a menudo lo recibe mal: lo percibe como una nueva cronicidad, siente que le ha tocado otra enfermedad. Hay que ayudar a cambiar esa mentalidad y a mirarlo en positivo: que hoy te preocupes porque tienes el colesterol alto es porque estás vivo, porque sigues cumpliendo años, porque el VIH no ha podido contigo”.

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