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Crick pone a prueba su teoría del alma humana

El científico Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN, muere a los 88 años en San Diego

Washington / Madrid - 29 jul 2004 - 16:55 UTC

Francis Crick, que pasará a la historia de la ciencia por descubrir, junto a James D. Watson, la doble hélice del ADN, ha muerto con 88 años a causa de un cáncer de colón en el hospital Thornton de San Diego, según ha informado hoy su familia. El científico británico, premio Nobel por desvelar la estructura de la molécula de la vida, se había centrado en los últimos años en el estudio de la mente: quería descubrir los mecanismos biológicos de la conciencia. Crick estaba seguro de que, de conseguirlo, acabaría con la creencia en el más allá, y ataría para siempre el alma al cuerpo.

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Watson y Crick descubrieron hace medio siglo que el ADN tiene la forma de una escalera de mano, en la que cada peldaño está formado por dos compuestos químicos denominados bases. Existen cuatro tipos de base, que se conocen como A, T, G y C. Consciente de que estaba al borde de un descubrimiento que cambiaría el conocimiento humano para siempre, y que de paso le reportaría sin duda el Premio Nobel —como así fue, en 1962—, Watson trasteaba una mañana de sábado —en concreto, el 28 de febrero de 1953— en su laboratorio de Cambridge con un modelo de cartón formado por esas cuatro piezas cuando de pronto lo vio: A siempre se junta con T, y G lo hace siempre con C. Así, cuando la escalera se separa en dos, cada mitad puede reconstruir la otra. Esta estructura, la denominada doble hélice, permite a los genes sacar copias de sí mismos, a las células duplicarse, y a las personas reproducirse.

"Pensé inmediatamente que aquello era demasiado bueno para no ser cierto. La doble hélice era algo tan importante, tan simple y tan... tan bonito que no merecía ser un error. Francis [Crick] fue a casa esa noche y le dijo a su mujer, Odile, que habíamos hecho un descubrimiento capital, pero ella no le hizo ni caso porque él ya había llegado diciendo lo mismo muchas otras noches", declaró Watson el año pasado en una entrevista concedida a EL PAÍS.

Luego Crick deduciría la naturaleza del código genético (la clave que permite el salto del ADN, formado por bases, a las proteínas, formadas por aminoácidos), y cerraría para siempre esta etapa de su carrera científica. ¿Qué reto podía estar a la altura del que fue posiblemente uno de los grandes descubrimientos del siglo XX? El funcionamiento —biológico— de la mente. Así que ya en los años setenta se volcó en la neurobiología, campo en el que, por desgracia, no llegó a descubrir la doble hélice, según lo ha descrito el propio Watson —entregado al Proyecto Genoma Humano—.

Crick (1916, Northampton, Reino Unido) se mudó a California en 1976; allí dirigía el Centro Kieckhefer de Biología Teórica, perteneciente al prestigioso Salk Institute, y comenzó a buscar el mecanismo biológico de la conciencia humana. En su libro La búsqueda científica del alma (1994), Crick asegura: "Usted, sus placeres y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su sentimiento de identidad personal y de libre voluntad, no son de hecho más que el comportamiento de un enorme conjunto de células nerviosas y de las moléculas que éstas llevan asociadas".

Crick dedicó los últimos 30 años de su vida a hallar "los correlatos neuronales de la conciencia", es decir, los procesos que tienen lugar en el cerebro y que nos hacen humanos. Tras la incredulidad inicial de la comunidad científica, "ahora todo el mundo acepta que en el cerebro se dan procesos sistemáticos que deben de estar relacionados con la conciencia", señala Crick. El científico británico estaba convencido de que la conciencia no es un trabajo colectivo del cerebro, sino la misión de unas cuantas neuronas, apenas unas decenas de miles, o incluso unos millares entre los 50.000 millones que tiene cada persona.

"La idea que tenemos de nosotros como personas es tan errónea como la idea de que el Sol gira alrededor de la Tierra", señaló, y por tanto esta concepción "desaparecerá dentro de pocos cientos de años". Así, "los instruidos creerán que no hay un alma independiente del cuerpo, y por consiguiente, que no hay vida después de la muerte". Ahora Crick ya tiene la prueba definitiva de que esta última afirmación es cierta. O de que no lo es, quién sabe.