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HEMEROTECA | VERANO EN NEGRO

La negra vida del asesino de la ballesta

Han pasado 24 años desde que Andrés Rabadán mató a su padre disparándole flechas, una muerte cometida bajo un brote psicótico por la que le impusieron 20 años de internamiento

Andrés Rabadán Escobar, detenido por la Guardia Civil, el 8 de febrero de 1994.
Andrés Rabadán Escobar, detenido por la Guardia Civil, el 8 de febrero de 1994.

Una noche, el espectro de Marcial Rabadán desapareció de las pesadillas de su hijo Andrés. Marcial llevaba ya más de cinco año muerto. Su hijo pequeño le había matado disparándole flechas con una ballesta y, desde entonces, su figura cadavérica asediaba el sueño del joven parricida. Andrés Rabadán, el menor de tres hermanos, fue declarado inimputable por una muerte cometida en 1994, bajo la influencia de un brote psicótico y condenado a una medida de seguridad privativa de libertad. Le bautizaron como “el asesino de la ballesta” o “el loco de la ballesta” y le impusieron 20 años de internamiento. Han pasado 24 años y hace ya mucho tiempo que Andrés Rabadán soñó que el espectro de su padre dejaba de perseguirle. Una madrugada, así lo contaba él, se encontraron cara a cara, se abrazaron y cada uno siguió su camino. Este es un extracto del reportaje que EL PAÍS publicó hace 10 años, el 27 de abril de 2008, sobre la negra vida de Andrés Rabadán, cuando aún continuaba en prisión.

Rabadán (Premià de Mar, 1973) habla sin dramatismos de cómo mató a su padre. Después de años de internamiento en los módulos psiquiátricos de diversas cárceles de Cataluña -como Brians, La Modelo o Quatre Camins- dice que puede reconstruir aquel horror con distancia, como si hablara de otra persona, y que mentiría si dijera que hoy le duele. “Durante muchos años tuve pesadillas terribles. Estaba trastornado. Los médicos hurgaron mucho en mí, y eso fue muy doloroso, lloraba sin parar; pero ahora puedo hablar de aquello como si yo fuera otra persona”.

Lo cuenta un sábado al mediodía en una cabina de comunicación de la cárcel Modelo de Barcelona, donde lleva un año internado. Rabadán tiene gripe y está pálido. Es menudo y sonríe. Su vida en prisión se ha traducido en tres intentos de fuga, uno de suicidio, una condena extra de año y medio y 5.000 euros de multa por enviar, en 2004, una carta con amenazas a una enfermera de prisiones, la escritura de dos novelas (Historias de la cárcel y Cursillo Devi), varias exposiciones con sus dibujos (reflejo del mundo gótico de sus fantasmas), un romance que acabó en boda con una voluntaria de prisiones y ahora el guion de una película sobre su vida. Una reconstrucción personal que, según el director del filme, Bonaventura Durall, convierte a Rabadán en un preso excepcional.

Un caso “excepcional” también según su abogado, Jesús Gutiérrez. “Una vergüenza”, asegura. “Probablemente estamos ante uno de los presos que llevan más años sin salir de la cárcel de toda España, ni un solo permiso en 14 años, y nadie sabe explicar bien por qué”. Los diagnósticos cruzados de médicos peritos son el principal escollo en el caso. Según la Fiscalía de la Audiencia de Barcelona, el parricida presenta “un alto riesgo de conducta violenta en el futuro”. Se remiten a “los últimos informes”. Alto riesgo que niegan los médicos que le han atendido de forma continuada. Una psiquiatra de prisiones que lo trató durante tres años, y que no quiere revelar su nombre, es rotunda: “No tiene ninguna enfermedad mental. Está curado. Es tan peligroso como tú o como yo”.

Andrés Rabadán, en una imagen de 2008.
Andrés Rabadán, en una imagen de 2008.

El 6 de febrero de 1994, Andrés Rabadán mató a Marcial Rabadán con tres flechas de una ballesta marca Star Fire II. Vivían solos. La madre, Matilde Escobar, se había ahorcado en 1982 en su habitación. Sus dos hermanos mayores se habían ido de casa y él pasaba mucho tiempo solo. Padre e hijo habían terminado de comer, y mientras el padre preparaba dos vasos de leche, discutieron. El hijo, de 20 años, se encaminó entonces a su habitación. Allí estaba el arma medieval que se había comprado por Reyes. En el juicio, Andrés Rabadán declaró que quería a su padre y que le mató sin saber lo que hacía. Que oía voces y que las voces lo guiaban. Cuando vio que le había reventado la cabeza con la primera flecha, le disparó dos más, esta vez conscientemente. En su declaración explicó que lo remató para que no sufriera. Luego le quitó una de las flechas, le puso una almohada en la cabeza y lo abrazó. Así permaneció 15 minutos, hasta que su padre murió. Entonces cogió su ciclomotor y se entregó a la policía de Palafolls. El joven los llevó a su casa, y allí esperó hasta la llegada la Guardia Civil mientras les hablaba de las clases del instituto y de su novia.

Un mes antes de matar a su padre, Andrés Rabadán hizo descarrilar tres trenes de cercanías. Los titulares de los periódicos hablaban de “la vía del miedo” al referirse a los descarrilamientos. Un sabotaje profesional contra Renfe que no causó heridos, pero que podía haber sido mortal para cientos de pasajeros. Entonces todo el mundo era su enemigo, y, subido a la torre de telecomunicaciones de Sant Genis, el chico pasaba las tardes maldiciendo su existencia.

“Yo he perdonado a mi hermano”, dice Mari Carmen Rabadán, la hija mayor. “Y he rezado para que Dios lo perdone”. Ella fue la última persona en ver a su hermano antes del suceso, y de alguna manera se culpa por no haber detectado el grave trastorno que sufría. “Era un chico muy solitario, odiaba a todo el mundo porque se sentía rechazado. Mi padre lo obligaba a trabajar, él llegaba por las noches y se ponía a estudiar porque quería hacer otras cosas. Pobrecito. Cuando mi madre se suicidó, ni lloró. En cambio, se emocionó el día que le regalamos un microscopio. Yo le decía que la mama se había ido al cielo, y él me replicaba que no, que se había colgado. No se expresaba, lo llevaba todo dentro. Y yo no supe ver que acumulaba tanto dolor”.

“Vivir con mi padre era un calvario”, continúa Mari Carmen Rabadán. “Yo me fui porque no lo soportaba más. Y lo dejé sólo con Andrés, que para mí era como un hijo porque, cuando mi madre murió, yo me hice cargo de él. Sé que mi hermano hizo algo terrible. Pero es mi hermano y le quiero. Para mí es inocente. Era un crío desquiciado y harto, que de los 8 a los 18 años sólo sufrió. Yo sólo quiero que salga de la cárcel y que le dejen ser la persona que no ha podido ser. Ha cambiado mucho en la cárcel. Ha pasado de estar abatido y deprimido a estar fuerte y bien. Sinceramente, lo admiro. Es muy inteligente”.

Dibujo de Andrés Rabadán.
Dibujo de Andrés Rabadán.

Andrés Rabadán desgrana con media sonrisa su rutina carcelaria. “¿Qué hago? Pues me despiertan a las siete y media de la mañana. A las ocho desayunamos, y a las nueve bajamos a un patio diminuto donde sólo hay dos posibilidades: pasear o sentarse. A las once subimos otra vez a la celda. A la una comemos, y luego al patio tres horas más”.

El preso escribe, lee y dibuja. No le dejan tener lápices de colores, y por eso se limita al dibujo a bolígrafo. Durante su internamiento, Rabadán ha aprendido catalán y ha leído sin parar. “No me gusta la televisión, me agobia. Aquí solo ponen programas tipo Las tardes con Patricia, que te ensucian la cabeza. Prefiero leer. Si un libro no me engancha a las primeras 50 páginas, lo dejo, no quiero perder el tiempo. Ahora me han prestado La hoguera de las vanidades, y me gusta mucho”.

Entre sus libros favoritos cita La montaña mágica, Las aventuras de Tom Sawyer, Bella del señor o La campana de cristal.

Al entrar en la cárcel le diagnosticaron una esquizofrenia delirante paranoide, pero Rabadán ya no toma medicación. “Pasé años medicado, pero llegó un momento en que no quería tomar más pastillas y le pedí por favor a una de las psiquiatras que me atendía en la terapia que dejara de medicarme. Fue una mujer muy buena conmigo y me ayudó. Con ella empecé a curarme”.

Rabadán cree que el sexo ha sido la otra puerta para su curación. “Claro, en la cárcel también nos buscamos la vida. Aquí pasamos demasiadas horas y pasan muchas cosas”, asegura. Antes de conocer a Carmen Mont (la auxiliar de enfermería con la que se casó el 2 de septiembre de 2003), Rabadán tuvo otras historias. Encuentros furtivos que, según explica, le abrieron la cabeza y le dieron aliento para querer curarse. “Andrés es muy guapo, tiene un lunar en la cara como el de Robert de Niro”, afirma Carmen. “Todos tenemos derecho a una segunda oportunidad. Y yo se la he dado a él”, dice la mujer en su casa de Mataró. Apenas tiene muebles, sólo los dibujos que él le envía desde la cárcel. “Se puede ser feliz con muy poco”, explica. “Es un hombre muy detallista, que sabe mantener la ilusión. Sólo con escuchar su voz por teléfono me pongo contenta. Todas las relaciones son complicadas. Mi ex novio no estaba en la cárcel y no funcionó. Claro que tengo miedo, pero si no me arriesgo ¿qué?”.

Carmen y Andrés se conocieron en la cárcel de Quatre Camins. A ella le gustó él, y por eso empezó a dejarle notas escritas en la celda. “Yo iba a su zona para verle. Me apetecía besarle, y un día lo hice. No quería ayudarle, no hay nada caritativo en mí, sólo me enamoré”. “No creo que él sea un hombre peligroso. Lo consideran frío y calculador, pero es que lleva 14 años hablando de lo mismo. Todo el mundo le pregunta por su pasado, pero a nadie parece interesarle su presente. No nos dejan olvidar”.

Según el psiquiatra que en los últimos años ha tratado a Rabadán, los grados de peligrosidad de un preso se miden del 0 al 100 y se basan en tres factores: capacidad de crear vínculos exteriores, estado de la enfermedad y consumo de tóxicos. En los tres puntos, su paciente supera de largo los índices de normalidad. No se trata, además, de un psicópata por su sentimiento de culpa y la empatía que siente por el muerto.

En la cárcel Andrés Rabadán se marcha agarrando del brazo a otro preso mayor que él que no se encuentra muy bien. El griterío de las visitas apenas permite escucharlo cuando se despide fuera de la cabina de comunicación. “Otro con gripe”, señala con gestos. Minutos antes se quejaba de que no puede apuntarse a ninguno de los talleres de cocina o informática que se organizan en la cárcel. “Quizá un taller de cocina, o de lo que sea, suena a poca cosa, pero en una cárcel son la vida. Eso sí, me obligaron a hacer un cursillo de Delitos Violentos, una especie de Alcohólicos Anónimos en los que uno confiesa su crimen. Si hubiese matado en mis cabales, hoy estaría en la calle; pero los locos estamos estigmatizados y nuestras condenas no las perdona nadie”.

*Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de abril de 2008