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¿Por qué exageran siempre los termómetros de la calle?

Muchas mediciones en ciudades están desvirtuadas por el influjo directo del sol

Todos los veranos ocurre igual: llegan las olas de calor y, como si se tratara de un souvenir más de las vacaciones en el Sur, los turistas se hacen fotos junto a unos termómetros que marcan 46ºC, 48ºC, incluso 50ºC. Son medidas alejadas en varios grados de las reales. ¿Por qué se equivocan tanto estos termómetros?

La clave está en lo que realmente miden estos dispositivos callejeros. Las mediciones meteorológicas normales buscan precisar la temperatura del aire. "El sol calienta la tierra y todo lo que hay en ella: plantas, edificios, asfalto..., y son estos elementos los que, a su vez, calientan el aire", explica el meteorólogo de la AEMET Modesto Sánchez. "El problema es que estos termómetros, como cualquier otro objeto, elevan su temperatura cuando están expuestos a la luz solar. Las temperaturas que muestran muchos de esos aparatos no son las del aire, sino las del termómetro, que ha podido estar expuesto al sol (con este calor, basta un momento) y se ha recalentado".

La AEMET certifica el calor

Los termómetros caseros o de las ciudades no sustituyen en ningún caso las mediciones oficiales. En España, la AEMET es la institución que establece cuál ha sido, realmente, la temperatura alcanzada, un dato que puede tener implicaciones económicas, por ejemplo, si el beneficiario de un seguro tiene que activar una cláusula de un contrato por los daños causados por un episodio extremo de calor.

No ayuda a la precisión que estos termómetros, en muchos casos meros soportes publicitarios, estén localizados cerca del asfalto y focos de tráfico. Pero, aunque no sirvan para el uso científico, bastaría que estuvieran en una mejor ubicación y a la sombra para que no exagerasen tanto. De hecho, la medición precisa de la temperatura no es un lujo reservado a los meteorólogos: "Es posible contar con un termómetro casero que, siempre que respete condiciones de ubicación y abrigo, se acerque más a las mediciones oficiales", señala el experto.

Gracias a Fahrenheit

Muchas de las estaciones meteorológicas actuales siguen usando el termómetro clásico, de mercurio, en una variante del que creó Daniel Fahrenheit a principios del siglo XVIII. A pesar de su sencillez, los técnicos de la AEMET vigilan que estén bien calibrados y que no se hayan deformado por el calor. Pero, aunque el termómetro siga siendo el corazón de las estaciones, precisa de lo que los técnicos denominan "abrigo meteorológico" (un abrigo que, en este caso, sirve para protegerse también del sol), que normalmente es una garita. 

Si el sol es enemigo de los termómetros de mercurio, también lo es de los modernos sensores de temperatura, como los que están instalados en las estaciones de todos los aeropuertos españoles. En estos casos, al estar ubicados en plena pista, no es posible cubrirlos con una garita y se opta por coberturas pequeñas que cuentan, paradójicamente, con un sistema de refrigeración. El coste de estos equipos suele superar los 100.000 euros por unidad y exigen un mantenimiento constante: cada dos meses hay que verificarlos para comprobar que no se han descalibrado. 

El calibrado es fundamental para mantener en forma el sistema de medición. En temperatura no existe, como en otras magnitudes como la longitud, una especie de "patrón de platino iridiado", que sirva de referencia material para todos los instrumentos. Se emplea en su lugar unos patrones de trabajo, unas sondas calibradas que testan in situ si la estación meteorológica está bien afinada. Su apariencia, a pesar de los avances tecnológicos, sigue siendo bastante tosca: una especie de caja gruesa, como si fuera un ordenador portátil muy antiguo.

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