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El prófugo de la muerte

Una madre y sus hijos reclaman 200.000 euros al Estado por la muerte del padre a manos de un desequilibrado fugado tras un permiso que sembró el pánico en Extremadura

Hace más de dos años que le arrebataron a su padre, Manuel Tejeda, pero ella aún sigue teniendo sueños con él. Unos "bonitos" y otros "horribles" en los que oye un disparo y siente el desfile de la muerte. Ayer mismo, Laura tuvo uno de los “bonitos”.  “Me sentía tan bien, con mi padre cerca, que me pellizcaba, y notaba el dolor, para saber si era verdad”, cuenta. Al despertarse y ver que era otro sueño, fue corriendo al cuarto de baño, cerró el pestillo y su madre la oyó llorar desde el salón. Su padre fue asesinado por un preso que sentía "un absoluto desprecio" por la vida ajena. El criminal se había fugado de la cárcel de Badajoz durante un permiso otorgado por el juez de vigilancia penitenciaria.

Laura, que hoy tiene 20 años, suele combatir su impotencia con gritos. Los mismos “chillidos” que balbuceó cuando, al despertarse de la siesta aquel 6 de febrero de 2014, fue al salón y se encontró, haciendo un círculo, a su madre, Antonia; a su hermano, Víctor Manuel; a todos sus tíos y a algunos vecinos. Lloraban. No creían que les hubiera podido tocar a ellos.

“Enloqueció de rabia. Dio patadas. Tuvimos que sujetarla para que no se lanzara por una ventana”, describen su madre y su hermano, con pena.

El 6 de febrero de 2014, en Badajoz fue creciendo el miedo a medida que avanzaba el día. El WhatsApp entre los vecinos ardía con alertas sobre la presencia en la ciudad de un asesino muy peligroso que acababa de matar a un hombre. Entonces, ignoraban que era la segunda muerte en 12 días del prófugo Rafael Robles García.

Entonces ella tenía 18 años. Adoraba a su padre. Y su padre a ella.

“Yo misma recibí correos sobre el asesino suelto; decían que acababa de matar a un hombre”. Antes de irse a dormir la siesta, Laura tuvo un mal augurio. Y llamó al móvil de su padre. Nadie contestó. Entonces tenía 18 años. Adoraba a su progenitor. Y él a ella. Era un buen hombre, de 57 años y apreciado en Badajoz. Trabajaba en una empresa de limpieza y le encantaba la naturaleza. Sus jefes le habían dado tres días de descanso y se  fue al campo. Cerca del Tanatorio de la capital pacense. Disfrutaba del río cuando un hombre se le acercó por detrás y, sin más, le descerrajó un tiro en la nunca.

Nunca se había dado una especie de toque de queda en Badajoz. Controles por doquier, carreteras cortadas. Algunos comercios cerraron. Y es que, solo unos días antes, Robles había asesinado de un tiro en el costado, en Cazalegas (Toledo), a un joven de 28 años que estaba cazando en el monte. El motivo, robarle el coche. Era el 30 de enero de 2014.

Rafael Robles en una imagen policial.
Rafael Robles en una imagen policial.

Rafael Robles se comportó como un monstruo en su huida de la cárcel. Aprovechó un permiso carcelario y no regresó. El permiso, de cuatro días, se lo otorgaron la Junta de Tratamiento de la prisión de Badajoz y el juez de vigilancia penitenciaria. “Muchas veces lo he pensado..., ir a ver a esas personas… y mirarles a los ojos…”, enfatiza Laura. “Solo para decirles que ellos seguro que tienen hijos y celebran sus cumpleaños... Y que a mí me quitó todo eso un desalmado que ellos dejaron libre”. Evocar el pasado la emociona y le dificulta expresar lo que lleva dentro. Los hermanos Tejeda Galindo, y la madre, han querido abrir sus sentimientos para recordar “a quien quiera oírlo” que “nada han olvidado”.

El fugitivo Rafael Robles, de 53 años, no debía estar suelto. Debía estar en la prisión de Badajoz. De esa forma no habría matado inopinadamente a dos personas en su huida a ninguna parte. Ni su mente ni su abultado historial delictivo aconsejaban ningún permiso. “Un conocido nuestro que coincidió con él en la cárcel, nos dijo que Robles le había confesado que en cuanto tuviera un permiso, se fugaría, y que él solo volvería allí con las patas por delante…”, describe Antonia, viuda de Manuel Tejada.

El permiso de cuatro días se lo otorgaron la prisión de Badajoz y el juez de vigilancia penitenciaria

No era una persona normal. "Siente un absoluto desprecio” por la vida ajena, advirtió en un auto una juez de Plasencia el 2 de febrero de 2014, cuando habían transcurrido once de sus 14 días de fuga y sus manos ya estaban manchadas de sangre. “En la cárcel también juró que cuando saliera iba a matar a una persona que había traicionado a su hijo y que por su culpa estaba en la cárcel”, cuentan los hermanos Tejeda. Víctor Manuel es experto en informática y la madre trabaja en Correos. Al quedar huérfanos de padre, el Estado les dio 196 euros mensuales a cada uno, hasta los 25 años. Víctor Manuel ya los ha superado.

-“¡Desahógate ahora!”, le pide a Laura con ahínco su hermano, durante su entrevista con EL PAÍS, en el despacho de Pedro Rodríguez, el abogado que ha elevado este asunto al Consejo del Poder Judicial para que esta familia sea resarcida con 200.000 euros por responsabilidad Patrimonial del Estado.

"¿Qué hacía una persona así en la calle; yo ni siquiera le echo ya la culpa a ese loco”, narra Laura.

"¿Qué hacía una persona así en la calle; yo ni siquiera le echo ya la culpa a ese loco... A veces he pensado en ir a la cárcel, yo sola, y presentarme allí para que alguien me explique lo que sucedió... Pero también pienso que quién soy yo para hacer eso; me echarían corriendo… lo cierto es que han pasado dos años y sigo sin saber quiénes son”, narra Laura.

Muchas veces se esconde para que ni su madre ni su pareja la vean sufrir. “Pasé bruscamente de mi infancia a la madurez, sin mi padre”, solloza. Su madre también.

El asesino Robles no sentía aprecio ni por su propia vida. Había mostrado “ideas suicidas”; tenía diagnosticado un trastorno de personalidad asociado al consumo "de todo tipo de drogas". Y cuando algo se le resistía o contrariaba, tiraba de gatillo. La Guardia Civil lo abatió a tiros 48 horas después de que él disparase en la nuca al padre de Laura en un monte cerca de Plasencia. Escondido entre árboles, Robles recibió a tiros a los agentes. Portaba tres pistolas. Nadie sabe dónde pudo conseguirlas durante su permiso carcelario.

Y fue con ellas con las que perpetró, en Plasencia, días antes de asesinar a Manuel Tejeda, una escena surrealista si no fuera porque uno de los protagonistas era un bebé de once meses. Encañonó al padre, con el bebé en la parte trasera del coche, en un garaje comunitario, y le obligó a llevarle a la comarca extremeña del Jerte. Corría el 22 de enero de 2014, segundo día de permiso carcelario. No tuvo ningún reparo en disparar repetidas veces sobre la luna trasera y la carrocería del coche, con el niño dentro, cuando el padre, en un descuido, pisó a fondo el acelerador y logró escapar de allí (ilesos) en medio del tiroteo.

Con el coche del muchacho al que había matado en Cazalegas, viajó hasta Badajoz. Le vieron merodear por la zona del tanatario de la capital pacense. Y tres testigos le identificaron como el individuo que sonreía mientras caminaba de espaldas al fuego de un coche que acababa de incendiar. Era el coche de Víctor González, el joven de Cazalegas, el primer muerto de su enloquecida huida. Robles no atendía a razones. Quería cambiar de coche. Y en su mente debió pensar que la Guardia Civil le seguía los pasos. No tenía nada contra ninguna de sus víctimas, solo quería sus coches. Mataba por la espalda.

El asesino Robles no sentía aprecio ni por su propia vida. Había mostrado “ideas suicidas”

La familia Tejeda ha querido exponer a EL PAÍS su caso para pedir que "las autoridades" extremen el cuidado antes de dar un permiso a un “desalmado que bien muerto está: acaban de condecorar al guardia que lo mató, y le felicito”, se desfoga Antonia, la viuda.

Robles tenía antecedentes por homicidio. En enero 2001, disparó a un hombre tras una discusión de tráfico, en Plasencia, su ciudad de origen. “Ponte de rodillas, que te voy a matar”, le espetó. El automovilista salió corriendo y uno de los tres disparos le alcanzó la pierna derecha. Por este delito, y por otra veintena, cumplía prisión. En su escapada, se llevó con él un historial delictivo impresionante: robos muy agresivos, tráfico de drogas, agresión sexual, tenencia ilícita de armas...”Hasta terrorismo”, señala el abogado. Delitos perpetrados en una decena de provincias españolas, desde Salamanca al Puerto de Santa María (Cádiz) pasando por La Rioja y Navarra. Una máquina de hacer daño.

Robles, escondido entre los árboles, recibió a tiros a la Guardia Civil.

En su muestrario delictivo destacaba, también, un precedente por no haber regresado a la cárcel tras otro permiso, en 2011. “Una mínima lógica conduce a pensar que una persona así nunca debió salir a la calle”, destaca el abogado de la familia. Nada funcionó bien. Lo hizo mal, sostiene Rodríguez, la prisión, al dejarle libre; lo hizo mal el juzgado de vigilancia al avalar el permiso, y lo hicieron mal las fuerzas de seguridad por “tardar tres días” en introducir en sus sistemas informáticos la alerta de que merodeaba por Badajoz (el coche incendiado y la muerte de Cazalegas) un preso fugado “extremadamente peligroso”.

El Consejo del Poder judicial ha analizado este caso. Y su conclusión es que carece de facultades para castigar los errores de los jueces y que su misión no es valorar las decisiones judiciales. Si lo hiciera, argumenta, vulneraría la independencia del titular del juzgado de vigilancia de Badajoz. Es decir, se lava las manos. El Ministerio de Justicia dictaminará en última instancia si el Estado debe indemnizar a esta familia.

Han pasado ya más de dos años y la pasión de Laura por su progenitor parece lejos de apagarse. Se ha tatuado en el muslo derecho un retrato gigante de su padre (de muchas horas de trabajo); y en su brazo izquierdo, en inglés, la siguiente frase: “Mi cuerpo quizás, pero mi alma nunca te olvidará, papá”. Y su rúbrica. “Es un homenaje a mi padre, que aún tenía mucha vida por delante: puede sonar extraño, pero era mi mejor amigo”, se emociona Laura.

En Badajoz nadie reclamó el cadáver, con un tiro en la espalda, de Rafael Robles.

investigacion@elpais.es

Dos ataques sexuales con la libertad condicional

A diferencia de Rafael Robles, Basilio Luis Gurrea no mataba, pero sí violaba y robaba a sus víctimas. Cuando estaba en libertad condicional, agredió sexualmente a una mujer y violó a otra, y robo a ambas, acrecentando así su historial delictivo: acumulaba un delito de robo con violación, tres más de agresión sexual y otros 23 robos con intimidación. Por todos ellos, el tribunal le impuso 35 años de cárcel.

La sentencia de la Sección Séptima de la Audiencia de Madrid asume lo que decían de él los forenses antes de obtener la libertad condicional: “Su peligrosidad va en aumento, y ya está pensando e ideando los delitos que podrá cometer cuando salga de la cárcel”.

El tribunal lo envió a un psiquiátrico penitenciario, del que no podría salir sin su autorización, pero accedió a la libertad condicional cuando solo llevaba 13 años cumplidos. Y salió a la calle.

El 27 de febrero de 2010 acudió, previa cita, a una consulta de quiromasajes. Nada más traspasar la puerta, mostró una placa y soltó que era policía. Le dijo que iba a inspeccionar el piso en busca de droga y le pidió que le mostrase las habitaciones. Al rato, sacó una pistola y la obligó a desnudarse. La chica le rogó que no la violase y, muy asustada, le convenció para masturbarse y que él pudiera mirar. Luego la golpeó en la cara con una pistola y le robó sus pertenencias. Ese mismo día 27, solo unas horas después, concertó una cita con otra chica. Y también se hizo pasar por policía. Exhibió la pistola y le ordenó que se desvistiera. Y la violó.

La chica le ofreció una toalla para limpiarse que luego entregó a la policía a sabiendas de que de allí podría extraerse su ADN. Aunque obligó a la chica a borrar sus llamadas antes de irse, su voz concertando la cita quedó en el buzón. Fue detenido en Barcelona el 23 de octubre de 2010.

La defensa solicitó la aplicación de la eximente de enajenación mental: trastorno mixto de la personalidad, con rasgos disociales (psicopatía) y narcisistas. Pese a su carácter “depredador” y de total ausencia de empatía, distinguía el bien del mal, según los forenses.

También en este caso el Poder Judicial entiende que carece de facultades para valorar si fue correcta la decisión judicial de darle la libertad condicional a Basilio Luis Gurrea. 

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