Elecciones generales

Nunca hemos sido los guapos del barrio

Ciudadanos es producto de un desencanto y un hastío existencial

Albert Rivera, líder de Ciudadanos, con periodistas y compañeros de partido en el autobús electoral.
Albert Rivera, líder de Ciudadanos, con periodistas y compañeros de partido en el autobús electoral.Bernardo Pérez

Un viejo reportero —ese animal mitológico— decía que la mejor manera de seguir a un candidato era literalmente. Por tanto, cuando el candidato hablaba en el primer acto del día, él se iba a beber un vino al bar y luego pasaba la mañana preguntando por él. Con las respuestas elaboraba perfiles completísimos en los que el político no aparecía, pero sí la imagen que el pueblo tenía de él. De este modo, cuando Rivera pronuncia por décima vez la palabra “regeneración”, entro en un bar a tomar una cerveza y un serranito confiando en que, al volver, Rivera no esté, y pueda empezar a seguirlo tranquilamente.

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Hay suerte a medias: se ha ido pero no muy lejos. De camino se comprueba que Salamanca le ha puesto el GPS a Rivera, también electoralmente, y que su trabajo en Cataluña está muy considerado. “Gente valiente como él”, “no me creo que haya estado anoche en el debate y hoy en mi ciudad” y “van muy deprisa, corre, está a dos calles” son otras de las sensaciones dejadas en ausencia del candidato Rivera.

“Búscate un hombre que te quiera. Aunque me duela más que a ti, ya tengo hecha la maleta”, canta al micrófono un técnico de sonido en el acto de Ciudadanos.

Ese speaker improvisado podría ganarse la vida tranquilamente cantando en el infierno. Como lo sospecha, vuelve a la carga: se trata de una prueba de resistencia de Ciudadanos a su votante más entregado. La canción es de El Arrebato y se supone que un guiño al suceso dramático ocurrido la noche del lunes, cuando Rivera llegó al debate con canciones de El Arrebato en la furgoneta a todo volumen y en las rodillas cartelitos con tuits, noticias y portadas.

Una vez que se comprueba que el sonido funciona, el candidato aparece en la calle Libreros. Ha venido en una furgoneta de cristales tintados. Camisa blanca, dockers castaños, zapatos a juego, sonrisa enorme; Rivera viene vestido de yerno. Una señora se abalanza sobre él porque le parece que tiene aspecto de cansado: por un momento parece que le va a tirar un bocadillo a la cabeza.

Rivera volvió el martes a Salamanca, el lugar en el que hace 15 años ganó la liga universitaria de debate haciendo pareja con un compañero al que no soportaba. De alguna manera, en Salamanca se levanta el mito de Rivera en el atril; ahora se acerca a otro micrófono y aparecen decenas de teléfonos móviles a su alrededor. Es el momento de tomar distancia y dejar de observarlo a él para observar a su público.

Ciudadanos ha entrado con armas en la juventud del PP: le ha robado los huevos a las gallinas. Son producto de un desencanto pijo, una especie de hastío existencial como el de aquel jeque que un día se presentó en el ¡Hola! posando en palacio, rodeado de enormes cojines bordados, para decir que estaba pensando en pegarse un tiro. En condiciones normales ese votante veinteañero de Ciudadanos se dirigiría al PP o al PSOE más ambiguo, pero le han colocado en medio a un chaval como ellos, preparado, con dockers, que habla de regeneración y tiene una oratoria brillante.

—¡Si el PP quiere cambiar las cosas puede contar conmigo!, exclama.

Se produce un griterío y hasta cierto sofoco. Es entonces cuando caigo en lo que pasa. Solo hay que cambiar la frase y dejar exactamente la misma reacción entre el público:

—¡Nunca hemos sido los guapos del barrio! ¡Siempre hemos sido una cosa normal!

Los chicos, las chicas cocodrilo, el verano, los Hombres G. “Pero ya te digo no sé lo que pasa / que todos los días me escriben mil cartas”. Es el público de entonces, las madres que llevan a sus hijas al concierto de Rivera para que sepan qué se sentía en los noventa con Suéltate el pelo.

El equipo de Rivera ha terminado en el mesón Cervantes para reclamar carne mechada y tinto en una comida con sobremesa. La seguridad se extrema hasta el delirio: prohibido el acceso de los periodistas al restaurante. Si quieren comer allí, en la terraza, no pueden acudir al baño porque de camino podrían ver el reservado de Rivera, como si le hubiesen servido un lince ibérico con patatas panadera. Un corresponsal no aguanta más e intenta llegar hasta un retrete: una agente pretende requisarle el móvil. Finalmente, se aclara el entuerto: Ciudadanos permite mear al pueblo.

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