Cinco cuerdas y muchos cabos sueltos

Tras nueve días del juicio de Asunta se han zanjado incógnitas pero se han abierto otras

Rosario Porto en primer plano en el juicio; y su marido, Alfoso Basterra, detrás con su abogada.
Rosario Porto en primer plano en el juicio; y su marido, Alfoso Basterra, detrás con su abogada.OSCAR CORRAL

En los alrededores del juzgado de Santiago, olvidado en la cuneta, hay desde hace varios días un cordel naranja prácticamente idéntico a los que exhibe el fiscal del ‘caso Asunta’ en las pantallas del juicio. Junto al cadáver de la menor, en la madrugada del 22 de septiembre de 2013, en un abandono propio de un novato que ha trabajado en la oscuridad de la noche, se hallaron tres fragmentos. Y en el caserón familiar de Teo, el ayuntamiento limítrofe con Santiago donde se produjeron los hechos, una bobina empezada y otro trozo suelto, de menos de un metro de largo, revuelto en una papelera con pañuelos de papel aún húmedos y el envoltorio de una mascarilla 3M. Las cuerdas son uno de los más serios indicios contra Rosario Porto, la madre de la niña de 12 años que apareció muerta en una pista forestal hoy convertida en mausoleo. Aparte, la principal arma de la acusación es el lorazepam, ese ansiolítico con el que se drogó a la niña antes de asfixiarla y que, según los análisis del pelo, Asunta había estado tomando durante varios meses. Quizás los peritos, que empezarán a desfilar a finales de la semana que viene ante el jurado popular, puedan explicar por qué el juez instructor concluyó que la chiquilla ingirió el fármaco camuflado en un revuelto de champiñones que había preparado su padre, Alfonso Basterra, mientras ella aguardaba a ser llamada a la mesa viendo Los Simpson con Porto. Pero en los nueve días de juicio que han transcurrido, lo que parece es que hay bastantes cabos sueltos.

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La cuerda naranja, conocida también como cordel para pacas, es “de uso muy común en el campo gallego”, admitió el lunes pasado el primer guardia civil que sospechó de la acusada cuando, pasadas las cinco de la mañana, los padres de la menor entraron con los agentes en el chalé familiar, donde se cree que fue asesinada la pequeña. La madre se precipitó hacia la papelera, y el teniente Murias entendió que quería deshacerse de la evidencia. Basterra, mientras tanto, se justificaba: “Es de los jardineros”. Aunque el jardinero, esta semana, ha dicho que jamás lo usó.

Pero el laboratorio nunca pudo concluir si el corte de aquellos fragmentos coincidía, y la investigación sobre posibles fabricantes se quedó en media docena de llamadas a empresas y una visita a una tienda que no despejaron dudas. De hecho, al día siguiente del levantamiento del cadáver, cerca de las otras cuerdas los agentes hallaron un fragmento igual, pero un poco más descolorido, que no tenía nada que ver con el crimen.

Nuevas incógnitas

Los testigos que han declarado esta semana han zanjado varias incógnitas pero han abierto nuevas brechas. El vecino de la pista forestal volvió a insistir en que, para él, el cuerpo de Asunta no estaba allí todavía cuando pasó a las doce de una noche de luna llena. Los padres, a esa hora, ya habían presentado denuncia por la desaparición de su hija y estaban con la policía. El hombre que, camino de un burdel, se topó con el cadáver, afirma que el brazo de Asunta había sido cambiado de postura el rato que se ausentó, pasada la una. Pero la Guardia Civil ha reconocido que nunca se exploró la posibilidad de un tercer implicado.

Y además, la testigo que aseguró haber visto a Basterra y su hija en la calle aquella tarde toma un tique de compra como referencia para calcular la hora, y esa hora es imposible porque entonces la niña estaba siendo retratada por una cámara, montada en el Mercedes con su madre. La Guardia Civil nunca pudo comprobar si el reloj de la máquina registradora estaba adelantado. Y Basterra siempre ha dicho que pasó la tarde cocinando en casa. Las cámaras urbanas, sin embargo, demuestran que Porto mintió cuando dijo que había consumido aquella tarde entre idas y venidas para hacer recados que, como se comprobó, nunca hizo.

"Su depresión no suponía riesgo para terceros", dijo de Porto la psiquiatra que la atendió en 2009. Pero un informe del sanatorio en el que esta ejercía tiene una frase apuntada por otro doctor: "La hija, en estos momentos, le molesta".

Una trabajadora del juzgado contó que el magistrado autorizó la incineración al segundo día supuestamente sin consultar con los forenses. Además, el testimonio prestado por médicos y farmacéuticas resulta contradictorio con ese esquema que blande la acusación en el que se refleja claramente cómo Asunta sufría episodios de mareos y somnolencia coincidiendo con compras de Orfidal (lorazepam), por parte de su padre. Eso sí, las profesoras de música de la pequeña han vuelto a llorar esta semana al recordar que no fueron capaces de ver lo que presuntamente estaba pasando. La niña andaba como “sonámbula”, no se tenía en pie, y contaba que llevaba dos días durmiendo porque su madre le daba “unos polvos blancos” que sabían “fatal”. Basterra y Porto las tranquilizaban, aseguraban que Asunta sufría rinitis y que el antihistamínico no le sentaba del todo bien. La madrina y la cuidadora de la niña jamás la vieron con alergia. Pero la pediatra cuenta que algo de eso, la víctima sí tenía.

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