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Alonso, en todas las miradas

El ministro de Sanidad reúne el perfil que buscan dirigentes del PP

Sostiene el veterano diputado del PP Eugenio Nasarre que a estas alturas de legislatura el Gobierno y el PP dependen más de los errores de los demás que de los aciertos propios, porque ya hay escaso margen de rectificación a cuatro meses de las elecciones. Dentro de ese margen está el intento por humanizar al Ejecutivo y a su presidente y por ofrecer una cara más amable. Y en ese empeño casi todas las miradas se dirigen hacia Alfonso Alonso (Vitoria, 1967).

En el final de la segunda legislatura de José María Aznar, entre protestas sociales y una huelga general contra el llamado decretazo, el entonces presidente buscó un giro social de su Gobierno nombrando a Eduardo Zaplana como ministro de Trabajo para que desmontara la norma contestada en la calle, para que cerrara acuerdos con los sindicatos y para que firmara la paz social. Y lo hizo.

Ahora con mucha más premura de tiempo, en el partido y el Gobierno se ve a Alonso como posible cara de ese giro de último momento. No hay margen para aprobar nuevas iniciativas, pero sí para hacer política y “vender” medidas sociales. Alonso fue alcalde de Vitoria entre 1999 y 2007 y de esa época se recuerdan iniciativas entonces innovadoras para el PP como el primer registro municipal de parejas de hecho. De entonces viene su imagen centrista, dialogante y amable.

Luego se convirtió en parte del equipo de Soraya Saénz de Santamaría cuando ésta era portavoz del Grupo Popular en la oposición al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Pasó a ser lo que se conoce como un “sorayo”, es decir, uno de los políticos aupados a la sombra de la ahora número dos del Gobierno y, sobre todo, protegidos por ella. De hecho, en esta legislatura, Alonso fue designado portavoz parlamentario, con relaciones privilegiadas con Vicepresidencia y como una especie de ministro sin cartera que ejecutaba la escasa dosis de política que el PP ha hecho desde 2011. Ha realizado intervenciones muy duras contra la oposición en el Congreso por ejemplo a propósito de Gürtel y, sin embargo, curiosamente, se le recuerda esa cara dialogante y centrista.

Cuando el pasado mes de diciembre Ana Mato dimitió como ministra de Sanidad, Rajoy le nombró para el cargo, precisamente, por todas esas características: apoyado por la vicepresidenta, imagen moderada y dialogante y capacidad para comunicar en positivo. El presidente le hizo el encargo de vender agenda social, de invertir la impresión de recorte y austeridad y sacar adelante iniciativas de ayuda a la familia, a la infancia o de fin del copago farmacéutico, entre otras. Para llevarlo a cabo, logró ponerse de perfil ante iniciativas polémicas como la del aborto que tantos ratos de zozobra ha dado al Gobierno en esta legislatura, haciendo que fuera el Grupo Popular el que la protagonizara.

En estos años su gran asignatura pendiente ha sido la del partido y, más concretamente, la de la organización en el País Vasco cuyo control nunca ha conseguido. De hecho, ya ha renunciado a ese poder territorial tras perder varias batallas.

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