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LA BATALLA POR LA MEMORIA VASCA (2)

La izquierda abertzale, ante el reto de su propio reciclaje mental

El independentismo radical tiene pendiente la liberación de los presos de ETA

Concentración de la Asociación Víctimas del Terrorismo, en 2013. Ampliar foto
Concentración de la Asociación Víctimas del Terrorismo, en 2013.

¿Ha ganado ETA, como proclama el dirigente Tasio Erkizia? “ETA ha perdido la batalla militar, pero está ganando la batalla política”, sostiene el sociólogo nacionalista Javier Elzo. Aunque la izquierda abertzale ha salido bien librada: sin desdibujarse ni romperse, del comprometido trance del fin a la violencia, tiene pendiente la liberación de los presos de ETA, problema que trata de trasladar a la sociedad vasca, y su propio reciclaje mental.

El mal consentido estuvo presente en las poblaciones pequeñas

El profesor Martín Alonso Zarza considera que el tratamiento de la memoria no puede obviar la presencia de sectores inciviles que practican las estrategias de exoneración del terrorismo, la relativización de la verdad de la víctima, la negación de la maldad radical, la oclusión a la justicia y la retórica de la confusión a partir de una nivelación de responsabilidades. En su libro El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática recoge la siguiente reflexión del filósofo constitucionalista alemán Karl Loewenstein: “Aplicar los criterios de admisión democrática a quienes no creen en la tolerancia pluralista es una actitud contraproducente y suicida”. No fue esa la decisión del Tribunal Constitucional que validó las listas electorales del antiguo brazo político de ETA sin exigirles arrepentimiento y sin que la organización terrorista desapareciera ni entregara las armas.

La soledad de las víctimas

Joseba Arregui piensa que la legalización en estas circunstancias de la izquierda abertzale ha hecho que “el proyecto político que causó los asesinatos de ETA aparezca legitimado institucionalmente” y que se reafirme la soledad de los asesinados y la desnudez de los perseguidos. “ETA deja de matar y la gran preocupación del PNV son los presos de ETA. El PNV y Bildu acuerdan convocar un referendo de autodeterminación. Como si ETA no hubiera matado precisamente por eso”, se escandaliza el antiguo consejero del Gobierno vasco. Hay una batalla abierta por el relato porque lo que está en juego es la hegemonía cultural y política futura, pero quienes parecen pesar menos en la disputa no son los propagandistas, sino los historiadores que han investigado la materia a conciencia. De hecho, el secretario general para la Paz y la Convivencia, Jonan Fernández, adscrito a la Lehendakaritza (Presidencia), ha arrinconado el informe encargado a los académicos del Instituto Foronda, Raúl López, Antonio Rivera, Luis Castells y José Antonio Pérez porque juzga que “estigmatiza de forma genérica” a la sociedad vasca cuando refleja el escaso apoyo a las víctimas.

En su capítulo de conclusiones, estos profesores de Historia Contemporánea señalan que en Euskadi “ha existido una cultura que celebraba, justificaba o comprendía el asesinato del ‘otro’ y saludaba al perpetrador como un héroe o un mártir”. Sostienen que “cualquier política pública debe descalificar a los perpetradores” de estos crímenes políticos dirigidos a imponer un determinado proyecto de poder y “evitar su rehabilitación ante la opinión pública”. Niegan también que estas acciones violentas puedan relativizarse invocando a violaciones de ley —hay una veintena de sentencias condenatorias por torturas—, cometidas por algunos funcionarios del Estado. El secretario general para la Paz y la Convivencia afirma que la sociedad vasca se ha movilizado como ninguna otra a favor de los derechos humanos. Cabe preguntarse qué hacer, entonces, con las hemerotecas que dan cuenta de la soledad infinita que envolvió a las víctimas del terrorismo al menos hasta entrados los 90 y aún después; dónde clasificar los innumerables casos de crueldad y perversión llevados a cabo en el ejercicio de la banalización del mal ante la inhibición y la pasividad social.

El antiguo alcalde de Etxarri-Aranaz (Navarra), Jesús Ulayar, fue asesinado junto a la pared de su casa en 1979 en presencia de uno de sus hijos, que contaba 13 años. Esa pared está cubierta habitualmente de pintadas a favor de ETA, pintadas intocables para el Ayuntamiento y la población que se reponen en cuanto la familia las borra. Los autores del crimen, que arrojaron sobre la tumba de su víctima el comunicado de reivindicación de ETA, fueron nombrados hijos predilectos del pueblo y homenajeados a su salida de la cárcel. Según el catedrático de Filosofía Moral y Política, Aurelio Arteta, el “mal consentido” es un “rasgo distintivo del legado criminal en Euskadi”.

El poeta Robert Browning, la filósofa Susan Neiman y el propio Alexandr Solzhenitsin ya alertaron sobre la fragilidad de los humanos corrientes, de su capacidad de cometer las mayores atrocidades si el contexto social es propicio. ¿Hay que recordar las encuestas que mostraban que tener un vecino de ETA o un amenazado por ETA despertaban similar rechazo? El mal consentido estuvo particularmente presente en las poblaciones pequeñas donde se recreó una atmósfera ominosa de aparente unanimidad que hizo de la disidencia una tentación prohibitiva.

Arregui sostiene que se reafirma la soledad de los asesinados

Concluir que la sociedad vasca se ha caracterizado por su defensa de los derechos humanos y atribuirle el desistimiento de ETA implica sumar a las, por lo general, testimoniales, escasas y silenciosas movilizaciones por las víctimas, las constantes, abigarradas, tronantes, belicosas o multitudinarias por los presos de ETA, pantalla movilizadora permanente de la organización terrorista. ¿Se ha decidido que la memoria del terror es mala para la salud social de Euskadi? “Hay una inexplicable renuncia del Gobierno Vasco e incluso del PSE-PSOE a hacer pedagogía en este asunto, teniendo, además, como tienen el proyecto de Instituto de la Memoria que consensuaron en su día. Me resulta incomprensible esta renuncia a gestionar y liderar la cuestión. Echo en falta una actitud más agresiva ideológicamente hacia las tesis de la izquierda abertzale”, afirma Txema Urkijo, miembro, en su día, de la coordinadora pacifista Gesto por la Paz. Asesor del Ejecutivo autonómico, Urkijo fue defenestrado hace un mes por incompatibilidad con el secretario general para la Paz y la Convivencia.

Ahorrarse la autocrítica

Admitido que la diversidad de memorias y relatos responde a la lógica de la situación y resulta enriquecedora, el problema es que la historia no puede ser el resultado de un consenso moral imposible de pactar con quienes niegan la amoralidad básica de su comportamiento y tratan de ahorrarse la autocrítica y reconsideración de sus postulados. ¿El nacionalismo institucional prefiere un relato poco denso que reparta las culpas? Salvo los cuatro años del Gobierno socialista de Patxi López, el PNV ha gobernado ininterrumpidamente Euskadi desde la Transición política. En su último informe, el Gobierno vasco invita a una autocrítica general aunque pone el acento en el universo de ETA. Según la filósofa judía Hannah Arendt, el reparto general de la culpa contribuye en estos casos a la exoneración de los responsables: el todos culpables se convierte en nadie es culpable.

Ya se sabe que quien no recuerda el pasado se condena a repetirlo

Metidos en la autocrítica, ¿no debería el nacionalismo acabar con la recurrente interpretación de que la Guerra Civil fue una agresión de los españoles a los vascos, no tendría que cuestionarse su actitud de deslegi-timación sistemática de la democracia española, sus tesis sobre la naturaleza del “conflicto” y del “empate infinito” que empujaban a negociar políticamente con la organización terrorista, su abandono de las víctimas, su tardía reacción frente a la estrategia de ETA, el pacto de Lizarra?

A juicio del historiador Gaizka Fernández Soldevilla, hay cuatro salidas a la disyuntiva vasca de qué hacer con su pasado. “La primera es establecer que el terrorismo etarra es consecuencia directa del nacionalismo vasco; la segunda es ceder a la tentación de pasar la página cuanto antes sin haberla leído; la tercera es asumir la narrativa de que los invasores (españoles) y los invadidos (vascos) llevan siglos sosteniendo una interminable guerra étnica de la que ETA sería la última manifestación. La cuarta alternativa”, subraya este historiador, “es hacer un eventualmente doloroso, pero cauterizador examen crítico de nuestro pasado reciente”. Eso les permitiría a los vascos comprender qué les ha pasado y vacunarles contra la reedición de la violencia sectaria. Ya se sabe que quien no recuerda el pasado se condena a repetirlo.