Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Los desafíos del futuro Rey

La transparencia y empujar el debate de la reforma constitucional, retos de Felipe VI

Los Príncipes en un acto en la Academia General del Aire este junio.
Los Príncipes en un acto en la Academia General del Aire este junio. EFE

Más allá de los desafíos concretos que resalta el mundillo político (soberanismo catalán, etcétera), el problema de fondo de don Felipe consiste en conectar con las generaciones de personas que culpan a las instituciones del desbarajuste económico y político de España.

Para corregir ese efecto, don Felipe cuenta no solo con esa preparación de la que se hacen lenguas cuantos le conocen, sino con el arma de la edad. A sus 46 años, solo cuatro más que la media de los habitantes de España, tendrá que demostrar que se acerca igualmente a la media de las preocupaciones ciudadanas, el paro, la precariedad, la falta de expectativas para los jóvenes, la corrupción, la sanidad, la educación, sin limitarse a los círculos de las élites políticas y empresariales.

La debilidad de los principales partidos acentúa el peligro de descargar sobre el futuro rey la responsabilidad de arreglar las goteras de la democracia. Es muy positivo que conozca la lengua catalana y haya anudado discretamente una serie de relaciones en Cataluña, porque eso puede facilitar un clima favorable al diálogo. Pero todo depende de si los políticos están dispuestos a un pacto federal o se empeñan en sostener el statu quo hasta que una de las partes se rinda. De don Felipe se espera que mantenga la unidad social y territorial de España, pero eso será muy difícil si los líderes emanados de las urnas continúan enrocados, aguardando a que el Rey circule por el tablero en solitario.

El jefe del Estado, tal como está configurado en la Constitución, carece prácticamente de poderes. Su margen consiste en arbitrar y moderar. Hay quien ve ventajas en ello: un monarca parlamentario tiene más posibilidades de mantenerse por encima de las confrontaciones partidistas y territoriales que el jefe de Estado de una República, según los argumentos de Roberto Blanco, catedrático de Constitucional, expresados en la revista Claves. Republicano de convicción, este experto sostiene que “cualquier presidente de república imaginable lo sería de partido y, por tanto, de una parte del país frente a las otras”. Es una razón de peso para que muchos pragmáticos respeten la Monarquía como forma política del Estado.

La espina más grande de la Corona es la situación en que se encuentra el edificio democrático, construido a finales de los años setenta y durante los años ochenta, cuyo mantenimiento deja mucho que desear. Si los resultados del férreo control de los principales partidos hubieran sido buenos, el edificio aguantaría, por más goteras que presente. Pero esto no es el caso de un país en el que millones de personas se han ido al paro en cinco años, cientos de miles han sido expulsadas de sus casas y las clases medias han visto bruscamente interrumpida su prosperidad económica, mientras proliferaban la corrupción y el despilfarro del dinero público. Mucha gente ha empezado a dudar de todo, incluidas sus instituciones.

Como observa el historiador Paul Preston, la erosión de la imagen de la familia real también es consecuencia de la crisis económica. La situación resulta muy contradictoria, porque nadie puede dudar de que el nuevo reinado se va a iniciar en una situación económica, social y política mucho mejor que aquella en que don Juan Carlos comenzó su trabajo. En aquel tiempo se reprimía el ejercicio de todas las libertades y solo estaba permitido el partido único, de forma que se torturaba y encarcelaba a la gente por formar parte de cualquier otro, tanto si era cierto como si se trataba de simples sospechas de la policía de la época. Tampoco la riqueza de los españoles tiene un remoto parecido con la de 1975, pese a su reducción en los últimos años. España es un país completamente integrado en Europa, frente al aislamiento en que se encontraba entonces. Ni siquiera existe el terrorismo de ETA, que a finales de los años setenta y principios de los ochenta mataba sin parar, y no dejó de hacerlo hasta 2010.

El Príncipe junto al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy; la ministra de Fomento, Ana Pastor, y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas durante el viaje inaugural del AVE Barcelona-Girona-Figueres.
El Príncipe junto al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy; la ministra de Fomento, Ana Pastor, y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas durante el viaje inaugural del AVE Barcelona-Girona-Figueres. efe

Ahora abundan la indignación y el desencanto, no se nota aún la recuperación económica, existe una brecha social muy amplia; las tensiones territoriales se despliegan, los principales partidos se muestran como máquinas que no paran en mientes a la hora de financiarse como sea y de sostenerse como empresas de empleo político… pero la situación objetiva del país ofrece una plataforma mucho más positiva que la del final de los años setenta. Es menos costoso repararla que derribarla y reconstruirla desde cero.

Las reformas corresponden a la sociedad y a sus representantes, que pueden aprovechar la oportunidad del relevo en la jefatura del Estado o dejarla pasar y enfangarse en la crisis política. Como dice José Ignacio Torreblanca, en su blog Café Steiner, “el Príncipe debería guardarse del papel de superhéroe que le quieren adjudicar”. Están de más los que, para guarecerse de los republicanos militantes, pretenden que el nuevo rey se cale el casco, tome lanza y adarga y se apreste a combatir por ellos.

Aun así, hay unos cuantos desafíos que sí dependen del monarca. El primero, garantizar la transparencia y austeridad de la Casa del Rey. Y el segundo, empujar en lo posible el debate de la reforma de la Constitución. Entre otras razones, porque es la oportunidad de cambiar de una vez la anacrónica preferencia del varón sobre la mujer en la jefatura del Estado. (Por cierto, ¿a qué viene el empeño gubernamental de que la princesa de Asturias reciba instrucción militar? ¿Es que no se puede mandar las Fuerzas Armadas de una democracia sin ese requisito?). El rey también puede influir para hacer posible un pacto capaz de resolver el largo conflicto de Cataluña y del País Vasco con el resto de España, si bien eso depende de él mucho menos que de las fuerzas políticas.

Las expectativas de encontrarse ante algo de enorme calado solo están creadas por los que buscan convertirle en el “hombre providencial”. Hay quien compara absurdamente el momento presente con la Transición impulsada por don Juan Carlos, cuando disponía de todos los poderes heredados de Franco, incluso el de destituir al jefe del Gobierno y nombrar a otro; como efectivamente lo hizo al relevar a Carlos Arias, franquista, conservador y dubitativo, por Adolfo Suárez, que se metió decididamente en la sala de máquinas de la Transición.

Nada de eso está ahora al alcance del futuro rey. Ni dispone de poderes efectivos, ni debe contar tanto con los tradicionales apoyos políticos de la Monarquía. Tiene margen para ejercer la tarea arbitral en un Estado de partidos, ¿pero cuáles? La crisis electoral de los principales, PP y PSOE, y la potencialidad de las que reivindican la República son datos ineludibles en la hoja de ruta del nuevo rey.

Más información