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La Delegada vuelve a la carga

Cristina Cifuentes pide el alta voluntaria tras su gravísimo accidente de moto

La batalla por las candidaturas del PP en Madrid no es ajena a las prisas

Cristina Cifuentes, el pasado 12 de diciembre.

Ventilados los discursos, los entusiastas militantes del Partido Popular de Alcalá de Henares se abalanzan sobre la homenajeada en su copa de Navidad del pasado miércoles en el añejo restaurante Oliver’s, un clásico de bodas, bautizos y comuniones de la ciudad. La concurrencia, desde el alcalde hasta las señoronas de peluquería y los jóvenes de flequillo al bies, se la comen a besos, palmadas en la espalda y abrazos de los que crujen las costillas. Lo último que le conviene a Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno en Madrid, proclamada “Popular del Año” en la fiesta, y recién incorporada al puesto tras el accidente de moto que casi le cuesta la vida el pasado 20 de agosto. Ya las tiene rotas.

Siete, por varios sitios, además de la escápula y el coxis, fracturas que solo sueldan con tiempo y paciencia. Sufre, además, las secuelas de un neumotórax, dos tubos torácicos, una traqueotomía, un derrame pleural de 2,5 litros y sendos hematomas en el corazón y el pulmón derecho. Le duele el cuerpo desde que se levanta hasta que se acuesta. Para soportarlo, lleva adherido al omóplato un parche de morfina. Acarrea en el bolso pastillas de rescate, por si el zarpazo arrecia, pero se las está autorretirando porque está tan acostumbrada a aguantarlo que, en la escala del dolor que los médicos estipulan de 0 a 10, lo que para ella antes era un 9, ahora es un 4. Aún así, los achuchones de los compañeros de partido le deben de estar fastidiando lo suyo. Pese a ello, sonríe a boca llena. Se hace la última foto con el último pesado. Ha vuelto a la arena.

Hace días, pidió a los médicos el alta voluntaria y se reincorporó oficialmente al trabajo. Le ha dicho a los suyos que no es una descerebrada. Que regresa por responsabilidad. Por sentido del deber. Porque son tiempos complicados y están pasando cosas. Porque la nueva subdelegada del Gobierno, María del Mar Angulo, a la que nombró ella misma estando de baja en octubre, está recién aterrizada y no va a dejarla sola con el marrón del comienzo. Porque nadie es imprescindible, pero algunos más que otros. No oculta, sin embargo, que desea estar exactamente ahí. En su sitio. En primera línea. Porque cree que el trabajo forma parte de su curación. Porque así piensa menos en el dolor. Pero quizá, también, porque para algunos políticos, la ambición es un estimulante más potente que los analgésicos que le hacen tolerable el tormento.

Así que aquí está, ocho horas después de la velada de Alcalá, en un desayuno informativo del ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz —Dios padre, le llaman algunos subordinados, por su profunda devoción católica— en un lujoso hotel madrileño. Cifuentes, republicana, defensora del matrimonio gay y que por ella no hubiera tocado la ley de plazos del aborto, comparte mesa con la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, los ministros Gallardón y Báñez, la secretaria Cospedal y otros notabilísimos de su partido. Faltan Ana Botella e Ignacio González, alcaldesa y presidente madrileños. Pero nadie parece echarles de menos. Primorosamente maquillada, con una raya verde subrayando sus ojos claros, oscuros en las fotos antiguas, una delgadísima Cifuentes —ha perdido ocho kilos y dos tallas— escucha al ponente. El ministro se ha olvidado de ella en la salutación a las autoridades. Pero luego la resarce con un largo aparte fusilado por los fotógrafos y respetado religiosamente por la selecta concurrencia. Parece que los cuchillos vuelan en todas partes, aunque sean los de alpaca fina del hotel Villamagna. La delegada está de nuevo en su salsa.

En el hospital creyó morir. Luego, quiso morir. Finalmente decidió no morir allí

En realidad, nunca se fue del todo, salvo los 12 días que permaneció en coma, y los otros tantos que pasó en la UVI del Hospital La Paz, de Madrid, a donde fue trasladada después de que su ciclomotor fuera embestido por un BMW mientras circulaba por el carril bus de La Castellana. En ese tiempo y ese lugar, que ha descrito a sus íntimos como la antesala del infierno, primero temió morir, después deseó morir para acabar con su sufrimiento, y, por fin, un día, decidió que no iba a morir allí y se puso a ello. Con disciplina castrense. Su padre, general de Artillería de 83 años, estaría orgulloso si el Alzheimer se lo permitiera. Ya en planta, empezó a regresar a la vida. Y a la política.

Dos días después de recibir el alta, el 25 de septiembre, ya estaba en la Delegación, —se distribuyó foto al efecto— para supervisar el operativo de seguridad de la manifestación Jaque al Rey. Una supuesta amenaza al orden público que al final quedó en nada, entre otras cosas porque la lluvia que arreció sobre Madrid mermó la asistencia a unas 1.000 personas, bastantes menos que los policías que Cifuentes envió a vigilarles pertrechados hasta las cejas.

“Prefiero pasarme que no llegar, y tener que recurrir a las cargas. Una carga es para mí un fracaso”, ha dicho en alguna ocasión la delegada más criticada por el uso de la fuerza contra las movilizaciones ciudadanas. Y aporta datos: de las 2.509 manifestaciones en las que ha intervenido la Unidad de Intervención Policial desde enero de 2012, solo en 6 se ha usado material antidisturbios. Jaque al Rey no fue una de ellas.

Ya entonces, en aquella primera y prematura vuelta a la arena, le dijo a la familia que no era una descerebrada. Que debía y quería estar allí. Por responsabilidad, por sentido del deber. Pero puede que también para demostrar que estaba viva a algunos que la daban por muerta políticamente. Ya dijo Konrad Adenauer que hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido.

Tras el fiasco de los Juegos y Eurovegas, todas sus opciones siguen intactas

Política vieja a sus 49 años, y casi de dedicación exclusiva desde que, en 1979, ingresara en Alianza Popular —menos los cinco años que fue directora de un colegio mayor de la Complutense donde las pupilas la llamaban Barbie—, Cifuentes sabe que quien no está, no cuenta. Y ahora, en Madrid, hay demasiado en juego como para estar esperando a que se suelden los huesos en casa. Con la popularidad de la alcaldesa Botella y el presidente González por los suelos tras los fiascos de los Juegos Olímpicos y Eurovegas, la delegada conserva sus opciones intactas a cualquier puesto en cualquier lista. Ella no gobierna. Ella no ha dicho una palabra más alta que otra sobre Rajoy. Aunque discrepa, ella acata las mayorías.

“Bienvenida de vuelta, Cristina, te necesitamos más que nunca, con las calles llenas de vándalos”, saludaba Javier Bello, alcalde de Alcalá de Henares a Cifuentes el miércoles. En su respuesta, la delegada agradeció las flores pero de vándalos no dijo palabra. Criticada por algunos por su mano dura fuera y dentro de la Delegación —hay quien la acusa de despreciar a algunos funcionarios en beneficio de su círculo de confianza—, en la distancia corta la delegada exhibe una notable cintura con el prójimo y consigo misma.

Vilipendiada en las redes sociales, guarda en dos carpetas insultos irreproducibles por si alguna vez los denuncia, pero también una galería de fakes con los que, en privado, se ríe a carcajadas. Esa cintura, y ese humor, le ha granjeado amigos en su partido y en la oposición. A tomar un café con alguno se dirigía el 20 de agosto, cuando el BMW se la llevó por delante. Pero ha vuelto a la carga.

La moto con la que se escapaba sola por la ciudad ya no la espera en el paso de carruajes de la Delegación. Le ha prometido a sus hijos no volver a usarla. También les ha dicho a sus amigas que se le ha quitado la ansiedad. Que valora las cosas pequeñas. Ese café en una terraza que, admite, no tiene tiempo de tomarse. Hay, sin embargo, cierto brillo en los ojos y cierta fragilidad en una figura que antes fue robusta, que habla de una Cifuentes distinta. “Cuidaos, al salir de casa no sabemos si regresaremos”. Así se despidió de los populares alcalaínos.

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