El impacto oculto del conflicto en Sudán del Sur

El coordinador de Emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el país africano cuenta cómo los picos de violencia en el estado de Jonglei impiden el acceso a la atención médica básica

Un paciente del hospital de Médicos Sin Fronteras en Bentiu espera para ser operado.
Un paciente del hospital de Médicos Sin Fronteras en Bentiu espera para ser operado.Caterina Spissu / Caterina Spissu/MSF
Jean-Nicolas Dangelser
Jonglei (Sudán del Sur) - 24 Oct 2020 - 00:10 CEST

Esta semana, Jany* volvió a pasar por quirófano. Tras recibir un disparo en la pierna durante la última ola de violencia que azotó el estado de Jonglei a finales de julio y después de dos meses y medio de recuperación en el hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Bentiu, parecía que estaba listo para que le retiraran el fijador externo que llevaba en una pierna. Lamentablemente, ya en quirófano se vio que la herida no estaba bien curada y no era posible retirarlo todavía.

Jany es uno de los 32 pacientes que MSF logró evacuar durante los primeros días de agosto, en el último pico de combates encarnizados en las áreas administrativas de Jonglei y Gran Pibor hasta el momento. Las graves inundaciones, que han desplazado a cientos de miles de personas en todo el país, también están afectando esta zona y han evitado, de momento, nuevos ataques de represalia.

Llega la llamada de auxilio

“45 heridos en menos de 24 horas e informes de cientos más en camino”. Esta es la información que recibimos en Juba, la capital de Sudán del Sur, el 3 de agosto de 2020, y así empezó nuestra respuesta al último pico de violencia. Era el comienzo de mi tercer mes en el país. Como Coordinador de Emergencias, estaba allí para apoyar la respuesta a la covid-19 y manejar la sobrecarga de trabajo causada por la escasez de suministros y personal debido a las restricciones por el coronavirus.

La llamada vino de un teléfono satelital. Era el equipo de MSF en Lankien, que a su vez había recibido la información de otro equipo en Pieri, una localidad en el estado de Jonglei, en el noreste del país, donde tenemos un centro de atención primaria de salud.

De hecho, llevábamos semanas siguiendo de cerca la situación en el estado de Jonglei, en el área de Gran Pibor. En mayo, otro ataque a Piere ya había dejado cientos de heridos y varios muertos, incluido un miembro de nuestro personal. Ahora, un gran número de jóvenes armados se había movilizado para tomar represalias.

El 1 de agosto, aprovechando que el buen tiempo nos dio una ventana de oportunidad, enviamos un avión con suministros médicos a Piere. Además, dos trabajadores adicionales apoyaron al equipo allí hasta que tuvieron que coger el avión de vuelta. Sabíamos que ese apoyo era vital para mantener abiertos todos los servicios de salud esenciales para la comunidad que se enfrentaba a un período difícil.

Se necesita más apoyo

Dos días después de poder llevar los suministros, decenas de heridos llegaron a la clínica. Nuestro equipo trabajó día y noche para tratarlos. En solo tres días, el personal de Pieri asistió a 73 personas heridas, más de 100 en la semana.

En Juba, recibíamos actualizaciones periódicas. Decidimos enviar un pequeño equipo para apoyar a nuestros colegas sobre el terreno lo antes posible. El personal en Pieri estaba exhausto, tratando a decenas de heridos en estado crítico, y sometidos a una gran presión debido a la situación de seguridad.

Como la pista de aterrizaje en Pieri llevaba días inundada, contactamos con varias organizaciones en el área para organizar un helicóptero para la mañana siguiente.

Dos días después de poder llevar los suministros, decenas de heridos llegaron a la clínica. Nuestro equipo trabajó día y noche para tratarlos

Aterrizamos en la pista embarrada de Pieri, donde ya nos esperaban varios de nuestros colegas. A su alrededor, cientos de mujeres, niños, ancianos y hombres armados de la comunidad local que habían regresado a casa de los combates. Sabían que veníamos y que intentaríamos evacuar a los heridos más graves.

Desde la pista de aterrizaje, nos dirigimos directamente a la clínica para evaluar a los heridos. Se podía sentir la urgencia de la situación. Podríamos evacuar a algunos de ellos con el helicóptero al hospital de MSF en el Centro de Protección de Civiles de las Naciones Unidas en Bentiu, donde nuestra organización tiene un equipo quirúrgico. Pero tendríamos que tomar decisiones rápidamente.

Tratar al mayor número de heridos críticos posible

Cuando llegamos a la clínica, nuestro equipo sobre el terreno ya había agrupado a los pacientes más críticos en el primer tukul, una especie de cabaña. Seis pacientes con heridas de bala yacían en el suelo con las vendas empapadas de sangre.

Durante la evaluación médica rápida, algunos de los pacientes tosían. Enseguida pensamos en la covid-19, un desafío adicional a la ya de por sí complicada evacuación. Ya hemos tenido personal que ha tenido que estar en cuarentena al confirmarse que un paciente era positivo.

Solo pudimos hacer una ronda de evacuaciones médicas ese día, porque el helicóptero tarda tres horas y media entre Pieri y Bentiu. Las medidas de distanciamiento físico para prevenir la covid-19 son prácticamente imposibles en un helicóptero, especialmente cuando estamos tratando de evacuar al máximo número de pacientes críticos posible. Mitigamos los riesgos al máximo con mascarillas y equipos de protección para todos. Los otros pacientes críticos que permanecían en la clínica tuvieron que esperar hasta la mañana siguiente.

En las siguientes 72 horas, nuestro equipo realizó cinco evacuaciones para un total de 36 pacientes. Esto descongestionó la clínica Pieri, mejorando el acceso a los servicios médicos para el resto de la comunidad local. Para los pacientes evacuados significó pasar de ser atendidos en una clínica en un tukul de barro a un hospital con quirófano, cirujano y anestesistas.

Volver a la normalidad

Los primeros días fueron frenéticos. Cientos de jóvenes armados de la comunidad local regresaban a la zona después de los combates, trayendo consigo miles de reses que habían capturado durante los ataques. Celebraban su llegada con disparos día y noche.

Al cabo de una semana, la situación comenzó a volver a la normalidad. La gente volvió al trabajo, los sonidos de disparos cesaron. A medida que la efervescencia se desvaneció, aprovechamos la oportunidad para visitar las aldeas alrededor de Pieri para evaluar las condiciones de vida de las personas y su acceso a la atención médica después de los ataques anteriores en mayo.

Es temporada de lluvias, lo que significa caminar con agua y el barro, a veces hasta la rodilla. Las condiciones de vida para la población son extremas.

Tras huir de los ataques de mayo, algunas personas regresaron al área para cultivar la tierra solo unos días después. Otros habían regresado solo uno o dos días antes de nuestra visita, sintiéndose más seguros con el regreso de los jóvenes armados locales.

Todas las personas con las que hablamos compartían la misma preocupación: miedo a los ataques de represalia que podrían ocurrir en un par de meses con el final de la temporada de lluvias, si no antes.

El impacto de la violencia va más allá de los heridos de bala

Aunque nunca vimos los “cientos de heridos más” anunciados en los primeros informes, algunos de los jóvenes nunca regresaron a Pieri. Tal vez murieron a causa de las heridas o enfermedades como la malaria por el camino, o se desviaron a otros lugares de la zona.

Picos de violencia como esta se han repetido en Jonglei y Gran Pibor durante 2020, con efectos devastadores en la comunidad que deja de tener acceso a la atención médica, los alimentos, la vivienda, los medios de subsistencia y la educación. Además, el tratamiento de los heridos dificulta la respuesta a enfermedades agudas y crónicas.

* El nombre del paciente ha sido cambiado para proteger su anonimato.

Jean-Nicolas Dangelser es coordinador de Emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Sudán del Sur.

La sección En Primera Línea es un espacio en Planeta Futuro en el que miembros de ONG, organizaciones e instituciones internacionales, que trabajan en terreno, narran sus experiencias personales con relación al impacto de su actividad. Siempre están escritos en primera persona y la responsabilidad del contenido es de los autores.

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