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Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Desastre climático en Brasil

Las trágicas inundaciones en el Estado de Río Grande do Sul demuestran el poder devastador del calentamiento global

Una farmacia inundada en Porto Alegre, la capital del estado brasileño de Rio Grande do Sul.
Una farmacia inundada en Porto Alegre, la capital del estado brasileño de Rio Grande do Sul.Andre Penner (AP)
El País

Las lluvias no han dado tregua al sur de Brasil en las últimas dos semanas y el temporal, que ha causado estragos sin precedente en un país de tamaño continental en el que las catástrofes naturales son frecuentes, no amaina. Ningún desastre reciente ha tenido, sin embargo, la magnitud de este. Las inundaciones, que comenzaron el 30 de abril, han devastado ya el Estado de Río Grande do Sul, en la frontera con Uruguay y Argentina. Como bien apuntó el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, el temporal y sus terribles consecuencias son “un aviso para el mundo: debemos tener en cuenta que la Tierra nos está pasando factura”.

Solo unos pocos municipios han podido escapar a uno de los desastres climáticos más grave de la historia en tierras acostumbradas a encadenar sequías y lluvias torrenciales porque en ellas chocan regularmente las corrientes de aire tropicales y las polares. Río Grande do Sul es, de hecho, territorio propicio para sufrir los efectos del cambio climático, como demuestra que en ocho meses ese estado sureño y rico haya sufrido tres inundaciones y un ciclón tras varios años de preocupante falta de lluvias.

Buena parte de su territorio sigue anegado, incluida la capital, Porto Alegre, donde los diques de contención no han resistido. A los 147 muertos y 125 desaparecidos registrados hasta ayer, se suman los colosales daños materiales y los miles de familias que lo han perdido todo. Dos millones de personas —casi uno de cada cinco de los habitantes de la ciudad— han resultado afectadas por la muestra más reciente de la furia de la naturaleza. Los inmensos daños a su economía —la quinta de Brasil y productora del 70% del arroz, esencial en la dieta nacional— son todavía difíciles de calcular.

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El grueso de los esfuerzos sigue centrado aún en el rescate de las víctimas, en conseguir que los damnificados tengan agua, comida, mantas, un techo y ayuda psicológica y en restaurar el suministro de agua y electricidad. Las autoridades, con el Gobierno federal a la cabeza, han anunciado ya importantes ayudas económicas para particulares y empresas. Los brasileños, siempre solidarios, se han volcado a la hora de enviar donaciones a sus compatriotas gauchos.

Sin embargo, en cuanto baje el agua, será imprescindible analizar las causas, depurar responsabilidades y diseñar e implantar medidas para evitar que el próximo evento climático extremo cause semejante devastación. Especialistas en cambio climático y gestión de riesgos ya han señalado que las casi 500 normas ambientales modificadas por el gobernador del Estado, Eduardo Leite, y la ausencia de infraestructuras capaces de resistir han contribuido a agravar la catástrofe.

Brasil y Río Grande do Sul deberían entender este dramático golpe de la naturaleza como una oportunidad para tomar conciencia de la urgencia que exige la lucha contra el calentamiento global y de la imperiosa necesidad de que la reconstrucción se guíe por el respeto al medio ambiente.

El presidente Lula tiene el deber de actuar en sintonía con su discurso y adoptar una política ambiental más ambiciosa. De entrada, es imperativo que el Congreso desista en su empeño de debilitar la legislación de protección medioambiental si no quiere que un desastre como el que vive el país estos días vuelva en el futuro a convertirse en una enorme tragedia.

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