Los viajes literarios de Ana García Bergua

La escritora mexicana publica ‘Leer en los aviones’, una colección de relatos breves con el movimiento y el absurdo como hilo conductor

La escritora mexicana Ana García Bergua en la entrega XXI Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz durante la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en 2013.FOTO: FERNANDO CARRANZA GARCIA /CUARTOSCURO.COM
La escritora mexicana Ana García Bergua en la entrega XXI Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz durante la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en 2013.FOTO: FERNANDO CARRANZA GARCIA /CUARTOSCURO.COMFernando Carranza (Cuartoscuro)

Casi hasta el hartazgo se ha escuchado aquella tesis del escritor argentino Ricardo Piglia acerca de que un cuento en realidad cuenta dos. No significa que no tenga razón: según Piglia, el arte de este género, en su forma clásica, consiste en tener la habilidad de cifrar una segunda historia dentro de los intersticios de la primera, la visible en el texto. El cuento tendrá éxito en tanto el segundo relato salte a la superficie al final para sorprender al lector. ¿Qué pasa entonces cuando la segunda historia se expresa tan solo con levantar la mirada al finalizar la lectura, cuando es la realidad la que desenmascara lo recién leído? Algo de eso ocurre en los publicados por Ana García Bergua bajo el título Leer en los aviones (Era, 2021). Cada uno de los 18 relatos que componen este libro mantiene una trama que más bien son dos, o incluso más, dentro y fuera del texto.

García Bergua (México, 1960), ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz por la novela La bomba de San José, en FIL de Guadalajara 2013, consigue con Leer en los aviones recordar a los lectores las múltiples formas de leer un cuento o, mejor dicho, de entenderlo. La temática del desplazamiento contenida en estos relatos es apenas el pretexto que lleva al lector hacia otro tipo de viajes en donde lo que menos importa es el destino. Desde las primeras líneas, los textos incitan a quien pasa los ojos por la página a comunicarse con los personajes, a pedirles que no sean tan ingenuos, a rogarles que no suban a ese extraño a su coche o que no se detengan en un camino que no conocen. El enigma es la constante en los trayectos que se expresan no solo en los aviones: las historias suceden en autos, trenes, ferries, camiones, largas caminatas; incluso dentro de un elevador. ¿Por qué un avión y no un tren o cualquier transporte público? “Es una metáfora de la lectura. En un avión uno está suspendido en el aire, en la maravilla o en la tristeza o en lo que representa aquel viaje, pero no puedes ir a ningún lado, no puedes huir. Y al mismo tiempo la lectura es como una salvación”, responde en entrevista para EL PAÍS Ana García Bergua.

Llegar de un punto a otro se dice fácil. Basta con pensar en la paradoja de Zenón para darse cuenta del verdadero problema: antes de llegar a cualquier lugar, hay un punto intermedio; entre el medio y el inicio hay otro, y le sigue otro entre esos dos, seguido por uno más entre ambos y así hasta lo infinito. De tal forma que el viajante no llega o llega siendo otro a eso que quería. Es lo que pasa, por ejemplo, en el cuento ‘Hotel Mármara’. El deseo de dos amantes se ve sujeto a la pauta de sus propios pensamientos, misma que los detiene y los obliga al cambio sin siquiera estar cerca del destino. O lo que es peor: el objetivo es lo que se mueve. Esto ocurre en el cuento ‘Don de lenguas’ —acaso el más breve de la colección— en el que los habitantes de una ciudad llamada Tesla, so pretexto de complacer a los turistas en sus respectivas lenguas, comienzan a estudiar idiomas de todas partes del mundo a un grado obsesivo y minucioso. Los residentes compiten de forma malsana y empiezan a acosar a los viajantes pidiendo de ellos aprobación. Llega un momento en el que el turismo, el motivo que originó todo, queda de lado pues los locales hablan mejor las lenguas que los nativos de otros países. Tal es el grado que ahora los ciudadanos de Tesla salen al mundo con ánimo de suplantarlos.

Este cuento tiene grandes alusiones al presente, a la necesidad de correr sin saber a dónde. De destacar sin saber por qué. “Hoy se quiere saber todo y hacer todo. Hay una sed de realización y a la vez tantas dificultades para lograr lo más cotidiano, lo más inmediato”, dice García Bergua, quien, durante años, ha impartido talleres de escritura y apunta muy bien este sinsentido en el ámbito literario. “Muchos escriben para inscribir proyectos, no por una necesidad interior; se escribe pensando qué le gustará al FONCA; con qué tema se podría uno ganar un premio y creo que eso está ligado con la crisis y con lo difícil que es la vida para los jóvenes ahora”. Se expone entre las nuevas generaciones una carencia de ética escritural, como la que refirió alguna vez el poeta Yaxkin Melchy a propósito de la banalización de la imagen del escritor, del culto exacerbado a la personalidad. “Lo que a mí me da pena es que se sacrifica la variedad individual de expresar cosas distintas. Los temas se vuelven uniformes y ya todo mundo escribe de la violencia; las mujeres escriben de las mujeres. Parece que todo es parte de las luchas sociales y se pierde el sentido de la literatura y del arte en general. Se está perdiendo libertad por entrar en modas o por ser comercial. Respecto al culto a la personalidad, creo que solo es peligroso en la política”, comenta la también autora de La tormenta hindú y otras historias, que le diera el Premio Bellas Artes de narrativa del Estado de Colima en 2015.

En México, todos los caminos van a Comala. Una narración titulada ‘El viento de los fantasmas’, otro de los textos más destacados de esta obra, inevitablemente lleva al lector hasta ahí. Aunque el pueblo de este cuento se llama Heredia. Aquí sus habitantes conviven con sus fantasmas; para ellos, algo por demás cotidiano. También es inevitable pensar en la posibilidad de que los personajes vivos de esta historia sean en realidad los muertos. “No son fantasmas trascendentales como los de Rulfo, sino que son fantasmas estorbosos, que hacen lo que hacían antes, como cuando estaban vivos. Y entonces la gente ya no sabe ni qué sentimientos tener. Y es que se tiende a pensar que si uno se muere y es un fantasma, pues se va a vengar de los agravios, va a cumplir pasiones. Siempre estamos en el nivel del romanticismo. Pero yo pienso que los fantasmas, quizá por inercia, quieren seguir haciendo lo que hacían siempre. Y quizá de ahí salió la idea de estos fantasmas que son la antítesis de Rulfo. Muchos vivimos entre fantasmas también”, afirma la escritora.

Hija del exiliado español Emilio García Riera, la autora no toca en este libro de viajes —que no diario— el tema migratorio. Precisamente por no subirse a ese tren editorial que empieza a marchar a propósito de esta crisis. “¿Por qué no hice un relato de migrantes?”, se pregunta. “Quizá porque soy hija de emigrantes que venían de una guerra y creo que son historias que de alguna manera uno ya conoce. No digo que no sea grave todo lo que sucede, pero prefiero apostar por otros temas: por las minucias del cotidiano. En esta época de tanta corrección política uno llega a sentirse necesitado de justificar por qué escribe lo que escribe”, matiza. En ese sentido Ana García Bergua es una rara avis en la literatura que no encuentra otra manera de escribir —diría ella— que no sea siguiendo sus propios instintos y la voluntad creativa que tiene dentro. “Yo a veces con mis libros me siento ‘El llanero solitario’, porque mientras todos están hablando de esto y de lo otro, aparece esta loca hablando de transportes. Pero bueno…”

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Sobre la firma

José Carlos Oliva López

Es responsable de audiencias y SEO en la edición americana y mexicana del diario EL PAÍS; además colabora con artículos de literatura latinoamericana. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM y cuenta con una diplomatura en creación literaria por el Instituto Nacional de Bellas Artes de México.

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