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Chipre, una isla que intenta conocerse para superar la división

Cafés, festivales y paseos organizados por asociaciones buscan vías de comunicación y reconciliación entre dos sociedades, la turca y la grecochipriota

Un puesto de la ONU dentro de la zona de amortiguación en Nicosia, Chipre, el 20 de julio de 2024.NurPhoto (NurPhoto via Getty Images)

La primera vez que el turcochipriota Mehmetcan Soyluoglu se dio cuenta de que las cosas no tenían por qué ser como hasta entonces le habían contado en su Chipre natal fue en 2003. Tenía 11 años y, con sus padres, hizo una larga cola para cruzar al lado griego nada más abrirse los puntos de cruce entre la Nicosia bajo dominación turca donde vivía —y sigue viviendo— y la grecochipriota. Quería saber si el helado sabía distinto en el otro lado de la ciudad. Pero el vendedor se negaba a aceptar el dinero de su padre. “¡Qué vergüenza!”, le afeó otro grecochipriota, que acabó pagando el helado del pequeño Mehmetcan.

“Fue la primera vez que me di cuenta de que no se trata de grecos y turcochipriotas, sino de las decisiones que toma la gente”, explica este arqueólogo de 33 años convencido de que la reconciliación y, quizás un día, la reunificación de las dos sociedades divididas desde 1974 es posible. Por eso colabora con la Casa para la Cooperación, una asociación creada en 2011 como un “puente entre comunidades divididas, recuerdos y visiones”. Su sede está en la zona de nadie controlada por cascos azules de la ONU entre los puestos de control griego y turcochipriota del primer paso entre las dos partes de la isla (de 1,3 millones de habitantes) abierto en 2003, el checkpoint del palacio de Ledra, justo por donde cruzó Mehmetcan hace ahora algo más de dos décadas.

Un sábado al mes, organiza paseos guiados entre las dos zonas de la capital chipriota, explicando las interconexiones y complejidades de una ciudad y un conflicto que tiene raíces más profundas que el más de medio siglo de partición física de la isla ―la República de Chipre en el sur, grecochipriota, miembro de la UE; y la autoproclamada República Turca del Norte de Chipre, solo reconocida por Ankara―. La Casa de la Cooperación también regenta un concurrido café, The Home Café, que se ha convertido en un popular punto de encuentro entre personas de uno y otro lado que quieren conocerse mejor y hacer cosas que los unan, en vez de seguir divididos por una frontera que, subraya Mehmetcan, más que física es “mental”.

A Andreas, un psicólogo grecochipriota que nació en la isla ya dividida hace 44 años, le llevó algo más que a Mehmetcan darse cuenta de que los vecinos del otro lado de la línea que corta abruptamente con vallas, muros y concertinas múltiples calles de la última capital europea dividida no eran, como le habían enseñado en la escuela, “el enemigo”. Empezó a conocer y a apreciar a “los otros”, los turcochipriotas, durante sus estudios universitarios en Londres. No fue fácil. “Es doloroso y difícil cambiar de opinión, supuso cuestionar lo que era mi identidad hasta entonces”, explica sentado junto con su amigo Mijalis, también grecochipriota, en una terraza del café Hoi Poloi en el lado turco de la ciudad vieja de Nicosia, que se ha convertido en otro de los puntos de encuentro de esa parte de la sociedad chipriota que busca un camino para la reconciliación.

Ambos asistieron en abril a Peace Talks, el primer festival “intercomunitario” de comedia diseñado para “unir a las personas a través del humor, la narración de historias y las experiencias culturales compartidas en ambos lados”. Para ello, no dudan en cruzar cada vez que quieren ir al otro lado los puntos de control, turco y griego, en los que hay que presentar la identificación. Algo que, para muchos, sin embargo, todavía es demasiado difícil o hasta imposible.

“La división es como una herida abierta que lleva 52 años sin cerrarse. Y las heridas abiertas tienden a infectarse”, dice Pavlos, un taxista sexagenario a quien la profunda desconfianza en Turquía le hace mirar con recelo hasta hoy cualquier intento de reunificación con la autoproclamada República Turca del Norte de Chipre (RTNC), que ocupa el tercio norte de la isla , después de la invasión turca en 1974 en respuesta a un golpe de Estado respaldado por la junta militar de Grecia. Su mujer creció en el lado turcochipriota que, pese a la reapertura en 2003, no ha vuelto a pisar. Pavlos solo lo hace por trabajo, cuando un cliente le pide ir a Famagusta, un paraíso turístico hasta 1974 convertido hoy en una ciudad fantasma. “Como chipriota, tener que enseñar mi documentación para cruzar es un insulto”, dice.

En el referéndum de reunificación de 2004, Pavlos, que como varios de los entrevistados para este reportaje prefiere no dar su apellido, votó no, como hizo más del 75% de los grecochipriotas, frente al 65% que apoyó el en la parte turca. Un nuevo —y hasta ahora último— intento de retomar conversaciones, iniciado en 2015 bajo auspicio nuevamente de la ONU, fracasó dos años después.

“¿Pero qué preferimos, aislarnos completamente? Con esa mentalidad, nos perdemos mucho”, analiza Mijalis mientras su mirada recorre el Hoi Poloi en busca de alguno de los amigos turcochipriotas con quienes queda regularmente. Un poco más lejos, bajo los arcos de Büyuk Han, un magnífico caravasar construido en 1572, poco después de la captura de Chipre por los turcos otomanos —la historia de conquistas se repite y entrecruza continuamente en esta isla—, una generación de turcos y grecochipriotas mayores también se da cita cada sábado por la mañana para tomar un café y charlar desde 2004. El nombre que les dieron peyorativamente y que ellos acabaron asumiendo con orgullo, el traitors club (el club de los traidores), lo dice todo.

“La tensión es sobre todo a nivel político; a nivel social, no tanto, no hay más que ver cuántos cruzan cada día la línea”, sostiene la antropóloga social grecochipriota Evi Eftychiou. Como Andreas y Mijalis, esta profesora universitaria nació casi una década después de la partición. En el colegio, cuenta, “solo nos enseñaron a odiar a los otros”. Tampoco en casa se hablaba de los sucesos de 1960 y 70 que abocaron a la división de la isla. “Nadie me enseñó que había otro lado de la historia”, lamenta mientras recorre junto con una veintena de participantes, en su mayoría chipriotas, el paseo guiado por Mehmetcan, similar al que ella realiza con sus estudiantes para mostrarles que hay otra lectura de la historia de la isla.

“La mejor manera de resolver la cuestión chipriota es que la gente hable, no los políticos. Cuando hablamos, nos damos cuenta de que es posible entenderse”, afirma Mehmetcan. “Hemos estado separados los unos de los otros y, cuando no sabes algo, tiendes a temerlo”, acota Nina Malian, una chipriota de origen armenio que, a lo largo del paseo y de la charla posterior con este diario, recordará una y otra vez que la complejidad de la isla no es solo una cuestión entre griegos y turcos, que hay otras comunidades —la armenia, la maronita— con sus propios desafíos de integración en una isla donde a menudo son los grandes olvidados.

La polarización política y el aumento del populismo nacionalista en toda Europa también están afectando a Chipre y dificultando, una vez más, estos tímidos intentos sociales de reconciliación; coinciden ambos. Una pena, suspira Nina bajo el todavía suave sol de primavera, en una isla con tantas posibilidades. “Si la gente de Chipre se definiera sencillamente como chipriotas y celebrara la riqueza de nuestra cultura, porque somos muy diversos y nuestra historia no es sencilla, pero sí muy rica, esta isla podría ser un paraíso. Lo tenemos todo para serlo, pero a día de hoy es una utopía”, reconoce rodeada de vallas y concertinas que recuerdan lo lejos aún que queda ese sueño.

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