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La excepción japonesa al terremoto político de las democracias avanzadas

Frente al desgaste de los partidos antaño hegemónicos en Occidente, la debilidad de la oposición facilita un prolongado periodo de gobierno del líder conservador Shinzo Abe

El primer ministro de Japón, Shinzo Abe, durante un discurso el pasado 17 de marzo.
El primer ministro de Japón, Shinzo Abe, durante un discurso el pasado 17 de marzo. AFP

Las cuatro paredes de la principal sala de reuniones de los dirigentes del Partido Liberal Democrático de Japón (PLD) en su sede de Tokio lucen adornadas con retratos fotográficos de todos sus líderes. El partido ha ostentado el poder en el país de forma casi ininterrumpida desde el año 1955, y con liderazgos generalmente muy breves, así que las paredes están ya casi llenas de imágenes. Sin embargo hace ya más de seis años que no hace falta colgar una. Shinzo Abe, actual primer ministro, ha logrado estabilizar la situación y se encamina a convertirse en el mandatario japonés con el periodo de gobierno más prolongado. Un hito llamativo en una época en la que casi todas las democracias liberales avanzadas viven una grave erosión de los partidos históricamente dominantes.

La crisis de 2008, las expectativas incumplidas, la sensación de que el futuro puede ser peor que el pasado han pasado factura a partidos gobernantes en muchos lares. Japón, que lleva sumergido desde los años noventa en una situación marcada por un largo periodo de deflación y crecimiento anémico, tenía algunos de los elementos para que se activara un terremoto político. Pero varias circunstancias han hecho que, al menos de momento, no hay ni se espera sacudida en el tablero.

La personalidad del propio Abe, de 64 años, es parte de la explicación. El político —que en la estantería de su despacho en la sede del partido asigna un espacio muy privilegiado a obras de Winston Churchill— ha sin duda demostrado una actitud de mando fuera de lo ordinario. “Recuerdo que solían decir de Bill Clinton que era de teflón. Pues Abe también es de teflón”, resume, en su despacho, Mikitaka Masuyama, vicepresidente del Instituto Nacional para los Estudios Políticos. “Aprendió mucho de su primera experiencia gubernamental en 2007. Sin duda tiene cualidades de liderazgo, aunque su manera de ejercerlo también genera rechazo. Muchos ciudadanos lo perciben como demasiado autoritario”, agrega.

Pero quizá el factor más importante de esta prolongada etapa de estabilidad sea la incapacidad de la oposición de perfilarse como una alternativa creíble. Su experiencia de gobierno tras la histórica victoria de 2009 del Partido Democrático de Japón no fue brillante —martirizada además por el desastre de Fukushima en 2011— y a finales de 2012 los electores devolvieron el poder al PLD. Desde entonces el PDJ se ha disgregado, y ningún partido opositor tiene un tamaño considerable.

La implosión de la oposición

Hace casi diez años, en agosto de 2009, Japón vivió un terremoto político inusitado. El opositor Partido Democrático de Japón (PDJ) ganó las elecciones generales de forma avasalladora, asegurándose 308 de los 480 escaños de la Cámara Baja. Era la segunda vez que el Partido Liberal Demócrata (PLD) perdía desde el año 1955, pero la primera con una derrota de semejante magnitud. El deseo de cambio en la sociedad japonesa era evidente.

La experiencia de gobierno del PDJ fue, sin embargo, muy accidentada. Ejerció el poder ejecutivo solo hasta diciembre de 2012. En ese lapso, se sucedieron en el poder tres primeros ministros (Yukio Hatoyama, Naoto Kan y Yoshihiko Noda). La experiencia de gobierno fue marcada por el triple desastre de 2011 (terremoto, tsunami y accidente nuclear), cuya gestión fue considerada negativa por los japoneses y todavía hoy, en conversaciones informales así como en los sondeos, se detectan las consecuencias de esa época.

Desde entonces, los rivales del PLD se han debilitado en una serie de escisiones y combates fratricidas que los han dejado ahora al borde de la irrelevancia. Solo el Partido Constitucional Democrático, una escisión de centroizquierda del PDJ, alcanza un 10% de intención de voto. Otras formaciones navegan en niveles de aprobación insignificantes. Aún así, cabe destacar que la tasa de aprobación del Gabinete de Shinzo Abe ha pasado del 57,9% en febrero de 2017 al 45,7% en el febrero pasado, según una media de sondeos. Las encuestas, además, apuntan a una amplia cuota de indecisos entre los electores.

“El PDL mantiene un apoyo sustancial en los sondeos, está por encima del 30%”, explica Masuyama. “Los demás en cambio apenas llegan al 10%. En ese sentido, no hay apoyo para una oposición fuerte, pero eso no significa automáticamente que hay un apoyo fuerte para el PDL. De hecho, si se miran los resultados electorales, el número de votos recibidos en los comicios de 2012, 2014 y 2017 es menor del que recibieron en 2009, cuando perdieron malamente. Muchos no están satisfechos con su gobierno. Pero la oposición, básicamente, no está haciendo nada, no ofrece una alternativa viable. Me temo que ahora no están en condiciones de reunificarse. La gente no está muy satisfecha con los conservadores; pero resulta que no hay alternativa. Los dirigentes opositores se aferran a sus ideas pacifistas o a la crítica frontal al Gobierno, pero no hay nuevas ideas”, dice el politólogo, en una entrevista concedida en el marco de un viaje financiado por el Gobierno japonés.

Keiji Furuya, diputado del PLD que en el pasado fue ministro y mantuvo posiciones estratégicas en su partido, defiende el balance de su formación en esta prolongada etapa de Gobierno. “Hemos establecido objetivos claros para salir del estancamiento económico, y cada año logramos cumplir con dichos objetivos”, alega. “Estamos saliendo del impacto de la burbuja y de la deflación. En estos seis años ha habido crecimiento del PIB, la tasa de desempleo se ha reducido al 2%, el índice bursátil se ha mejorado y se ha incrementado notablemente el número de turistas extranjeros”, esgrime en su despacho en un moderno edificio adyacente a la histórica sede de la Dieta.

Tras su victoria de 2012 Shinzo Abe puso en marcha una política definida como de las tres flechas (estímulo monetario, fiscal y reformas estructurales). El balance tiene sin duda activos, pero no puede considerarse del todo satisfactorio cuando el crecimiento económico en el sexenio de Abe ha promediado un 1,2% anual según datos del FMI.

Furuya lamenta la excesiva fragilidad de la oposición. “Se ha descompuesto. Han cambiado de nombre. Dan la impresión al pueblo japonés de que no se puede depositar la confianza en ninguno de ellos. En las sesiones de la dieta mantienen una oposición solo de rechazo, pero no constructiva. No veo que tengan una voluntad de asumir la responsabilidad de ser un partido de gobierno, no veo que tengan capacidad para ello”.

En efecto la división es patente y la capacidad constructiva se halla mermada. Este diario ha pedido entrevistas a representante del Partido Constitucional Democrático (PCD), el principal de la oposición, pero no obtuvo respuesta.

“Es como un tipo grande que lucha contra varios niños”, resume la situación Masuyama. Aun así, los niños tienen bazas. Muchos ciudadanos mantienen un profundo rechazo ante la idea de incrementar el rol militar de Japón tal y como propugna Abe. La oposición cabalga ese tema —que por ejemplo destaca en la plataforma política del PCD—, empuja por una sociedad y un capitalismo más inclusivo, así como ha criticado con dureza algunos episodios turbios, como la actuación de unos funcionarios del ministerio de Hacienda que -según una investigación de ese mismo departamento- borraron referencias a la esposa del primer ministro en 14 documentos relacionados con una sospechosa concesión de terrenos a un grupo educativo ultraconservador objeto de graves críticas de la oposición. “Abe perdió popularidad con ese caso. Pero sobrevivió”, dice el politólogo. El teflón de momento parece invencible.

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