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Corbyn se afianza en la lucha por liderar el laborismo

El ascenso del veterano izquierdista genera un terremoto político en Reino Unido

Jeremy Corbyn, en Londres este agosto.
Jeremy Corbyn, en Londres este agosto. REUTERS

Jeremy Corbyn, veterano izquierdista de la vieja escuela, se afianza como firme candidato al liderazgo del laborismo británico y protagonista de un terremoto político que inquieta no sólo al establishment centrista de su partido, sino también al mundo financiero y a sus rivales conservadores. La pujanza de un movimiento comparado al español Podemos o al griego Syriza, aunque nacido en el seno de una de las dos grandes fuerzas que copan la opción de gobierno en Reino Unido, amenaza con trastocar el mapa político de las islas.

Un imán para jóvenes y sindicalistas

Jeremy Corbyn es un rara avis de la política británica o, en el lenguaje de los sesudos analistas, un populista. Un personaje que siempre dice lo que piensa sin atender a los réditos, aunque ahora se trate de la liza para elegir al sucesor de Ed Miliband como líder del maltrecho laborismo. Ha subrayado su discurso radical para animar a jóvenes y a sindicatos a exhibir sus frustraciones sobre esta tercera vía que procuró a Blair la victoria en tres elecciones. Su mensaje: el fin no justifica los medios.

El último sondeo difundido antes del cierre de las inscripciones de electores para que los laboristas británicos elijan a su nuevo líder, este miércoles por la tarde, confirma un panorama inimaginable pocos meses atrás: un socialista sin disimulo, denostador de la tercera vía que centró a un partido hasta entonces consagrado a los intereses de la clase trabajadora, aparece como el caballo ganador de la liza, cuyos resultados no se conocerán hasta el 12 de septiembre. Un desenlace que, de confirmarse, puede abrir una brecha de consecuencias imprevisibles en el Partido Laborista y desmontar el clásico escenario político de Reino Unido.

El propio sistema de votaciones de la militancia laborista ilustra las tensiones que atenazan a una formación todavía no recuperada de la humillación que le supuso ser vencida por los tories de forma arrolladora en las legislativas del pasado mayo. Desbordada por un alud de demandas que se tradujo en “problemas técnicos”, la página web del partido se vio forzada este miércoles a prolongar durante unas horas el registro de electores, circunstancia que dio alas a los otros tres rivales de Corbyn, todos ellos de corte centrista, para denunciar que una serie de “infiltrados” ajenos al partido intentaban garantizar su victoria.

Ningún responsable de las primarias laboristas avalaba este miércoles esa “conspiración” denunciada por el diputado Graham Stringer —y que sustentó en el alud de demandas para votar, presumiblemente de los seguidores de Corbyn—, pero la idea de que sectores extremistas han secuestrado el proceso ya ha cobrado cuerpo.

Candidatura testimonial

El responsable de la trifulca es Jeremy Corbyn, diputado laborista por la circunscripción londinense de Islington North desde 1983 (elegido en siete comicios consecutivos) y defensor de un discurso que a sus 66 años apenas ha cambiado a lo largo del tiempo, que defiende la renacionalización de sectores estratégicos, la subida de impuestos a las rentas más altas y reniega de las políticas de austeridad dictadas desde Berlín.

Primero fueron los propios dirigentes laboristas, procedentes de diversas facciones, quienes alertaron sobre el peligro de sucumbir a la fascinación de Corbyn y arriesgarse con ello a que el partido acabe condenado al ostracismo, es decir, a verse incapaz de ganar otras elecciones que, según sus cálculos, siempre se dirimen en el centro del espectro político. Pero hasta los sectores más conservadores, que hasta hace poco se frotaban las manos ante la perspectiva de un rival demasiado a la izquierda para tener perspectivas de victoria electoral, advierten ahora al partido sobre las consecuencias de erigir en líder a una suerte de político antisistema. Que Corbyn defienda la recuperación por el Estado de la gestión de sectores estratégicos para el interés nacional como la electricidad y el gas, y que haya recabado con ese discurso el 53% del voto de los militantes laboristas, según la última encuesta de YouGov, inquieta sobremanera al mundo empresarial. Un movimiento al estilo del español Podemos o el griego Syriza, aunque nacido de una fuerza tradicional, amenaza con trastocar el mapa político de las islas.

La ironía del asunto está en que Corbyn se presentó a las primarias laboristas con carácter meramente testimonial. Frente a la candidatura del más socialdemócrata de sus rivales, Andy Burnham, ministro de Sanidad en la sombra; de Yvette Cooper, figura ascendente del laborismo que puede beneficiase del voto femenino; o de la blairista sin ambages Liz Kendall, el “viejo zorro del laborismo”, Corbyn siempre tocado con una gorra azul, consiguió los avales necesarios para concurrir en el último minuto.

Algunos de los que le prestaron la firma sólo para animar los debates en el partido —pero sin intención de votarle— ya se han arrepentido: porque Corbyn va a ganar, según todos los sondeos. Y si sus seguidores, la mayoría jóvenes y sindicalistas, persisten en apoyarle con todas las consecuencias, la fractura del Partido Laborista, tal y como hoy lo conocemos, resultaría inevitable.