Extraordinaria placidez
Plácidamente vivieron bajo el nazismo millones de alemanes, que se quisieron ajenos e ignorantes del sufrimiento de sus conciudadanos marcados como judíos. Son tantos quienes lo han contado que no vale la pena recomendar lecturas a quienes prefieren la ceguera de sus viejas convicciones cultivadas durante decenios en familia. Pienso en dos escritores tan opuestos como Grass y Fest, o en el detallista Klemperer, o en Haffner. La vida natural y tranquila de unos, la persecución y la muerte silenciada de los otros. Socialistas y comunistas, claro, como en todas las dictaduras de derecha de aquella época. Pero también evangélicos como el pastor Bonhöfer o los muchachos católicos de la Rosa Blanca. En los propios campos de exterminio se daba esta dualidad, que la literatura y el cine han descrito con cruel precisión: en lo alto, un gran caserón donde alguien teclea una melodía de Mozart en el piano, los niños que juegan en el patio, una mujer hermosa que espera a su marido, el joven oficial que trabaja en las oficinas invisibles desde donde se gobierna las instalaciones, todo natural y tranquilo, de una extraordinaria placidez. Tan plácida era la vida para muchos, que un historiador, Götz Aly, ha podido explicar cómo los beneficios de una política depredadora e inhumana sirvieron para contentar a la amplísima base social del nazismo. Su libro ‘La utopía nazi. Como Hitler compró a los alemanes’ debiera dar qué pensar a muchos. No hubo guerra civil, pero sí hubo dos Alemanias, por fortuna y a pesar de la inmensa popularidad que alcanzó Hitler.
El mismo ejercicio de la imaginación apoyado por tantas y tantas novelas y películas, tantas monografías históricas, servirían para la Italia de Mussolini. Primo Levi, naturalmente. Pero también Bassani y su ‘Jardín de los Finzi Contini’. ¿No se vivía bien bajo el fascismo? ¿No era extraordinariamente plácida la vida para tantas y tantas familias alejadas del sindicalismo y de la izquierda? ¿No lo fue incluso para muchas familias italianas de religión judía que apoyaron el fascismo hasta que el fascismo apoyó el exterminio? Y de la Francia de Vichy, ¿acaso no hay horas y momentos de placidez y de tranquilidad, sobre todo antes de que la resistencia sometiera aquel régimen a su acoso? ¡Estos meses de dorado y lírico recogimiento en la Francia rural y sin costa atlántica, con su capital balnearia, lejos de la gran ciudad corrompida en manos de los alemanes!
Podría seguir por toda Europa, en estos años de sangre y acero, este viaje de los contrastes entre la buena y plácida vida de la familia, reunida en el jardín, y el dolor y la muerte que se ocultan amontonados detrás de un seto. Pero hay que pararse en los Pirineos: a partir de aquí todo es distinto y empieza la excepción que invierte todos los términos. Fue ley fundacional del régimen hermano: quienes defendieron la legalidad se convirtieron en reos de rebelión militar. Sigue hasta ahora la inversión: quienes quieren recuperar aunque sólo sea los pobres huesos del abuelo, un puñado de papeles expoliados, apenas un leve reconocimiento de que el juicio fue injusto y la muerte ignominiosa, son gentes rencorosas que desean dividirnos y regresar al pasado. Quienes defienden el mantenimiento 70 años después de las lápidas y monumentos, arcos de triunfo y monasterios, construidos en exaltación de aquel totalitarismo, lo hacen en cambio en nombre de la ciudadanía, la democracia, la reconciliación. La apropiación llega hasta el lenguaje: influidos por sus amigos de la derecha cristiana norteamericana, se disfrazan en sus sueños de resistentes antinazis para reivindicar a quienes fueron aquí los aliados del nazismo.
Estos días hay que dar las gracias a uno de ellos por haber despejado la niebla. Vivió con extraordinaria placidez aquel tiempo. ¿Cómo iba a condenarlo ahora? Sólo habría que pedirle un pequeño esfuerzo más: que siga este camino, que pida la inscripción de esa placidez extraordinaria en el ideario de su partido, que lo lleve a las elecciones.


























































