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La tolerancia multicultural, esa forma de ‘apartheid light’

Muchas de las políticas de integración se basan en la falsa esperanza de los Gobiernos de que los migrantes vuelvan a sus países de origen

La monarca Máxima de Holanda en la apertura del restaurante A Beautiful Mess, gestionado por una fundación que promueve la inserción laboral de los refugiados
La monarca Máxima de Holanda en la apertura del restaurante A Beautiful Mess, gestionado por una fundación que promueve la inserción laboral de los refugiados. En Ámsterdam, este 24 de abril.KOEN VAN WEEL (AFP/GETTY IMAGES)

¿Qué hacer con toda la cháchara sobre la integración y el multiculturalismo? En la Europa Occidental, los políticos llevan décadas ocupándose de las políticas de integración, sobre todo en el Reino Unido, Alemania, Países Bajos, Bélgica y Escandinavia. La cuestión ha sido motivo de acalorados debates desde 1980, y ha enfrentado a los que están a favor de unas políticas multiculturales que animen a las minorías a potenciar su propia identidad y cultura, con aquellos que enfatizan la necesidad de que los inmigrantes “encajen” y se adapten, y les atribuyen a ellos mismos la responsabilidad de hacerlo. Siempre se ha tratado, fundamentalmente, de un debate ideológico, que tiene más que ver con el “nosotros” que con el “ellos”, y con qué hacer con los desafíos que la inmigración plantea a la manera que las sociedades tienen de verse y definirse a sí mismas. La inmigración siempre ha sido un asunto emocional; es la manifestación más concreta de los cambios que experimentan las sociedades y el mundo. Los inmigrantes encarnan ese cambio, y si tiene lugar deprisa, inevitablemente genera resistencia entre algunos grupos de autóctonos, al menos inicialmente. Es así porque la inmigración parece desafiar no solo unas maneras establecidas de vivir, sino también la identidad de las sociedades de destino.

Esto también afecta a países que llevan la inmigración en su ADN, como EE UU, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, pues en un principio imaginaron que su nación sería blanca, protestante, europea noroccidental y, preferiblemente, anglófona. La inmigración de grupos católicos, judíos, latinoamericanos y caribeños se vio como un desafío y una amenaza para la nación. Los nativos estadounidenses, las naciones originarias de Canadá, los aborígenes de Australia y los maoríes de Nueva Zelanda llevaban mucho tiempo viviendo en esas tierras, pero también durante años no fueron reconocidos como ciudadanos de pleno derecho ni como miembros plenos de sus respectivas naciones, y de hecho es posible que ellos mismos se resistan a ser incluidos en una nación definida por sus invasores.

A pesar de haber vivido en América más tiempo que la mayoría de los inmigrantes blancos, los afroamericanos solo alcanzaron plenos derechos en 1963, y su lucha por la emancipación, de siglos de antigüedad, generó reacciones violentas en quienes siempre habían imaginado que EE UU tenía que ser una nación blanca. Lo mismo afecta aún hoy al pueblo romaní, así como a numerosas minorías raciales, culturales y lingüísticas que buscan el reconocimiento de su identidad como parte de una nación, o diferenciada de ella, en contra de una asimilación total a la cultura “dominante”.

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Así pues, la integración no tiene que ver con la inmigración en sí misma, sino con la aceptación sincera del otro como miembro pleno de la nación. Las ideologías racistas siempre han servido para negar a los grupos no mayoritarios ese estatus de igualdad, y para justificar moralmente esa negativa. Desde esa perspectiva, quizá el multiculturalismo puede concebirse mejor como un intento (tal vez bienintencionado, pero bastante erróneo) de negar la nueva realidad de haberse convertido de facto en un país de inmigración, negando en la práctica a los inmigrantes el reconocimiento de miembros plenos e iguales de la nación al rebajarlos al estatus de “minorías”.

El multiculturalismo —la ideología o creencia que propugna la bondad de que los grupos migrantes mantengan su lengua, su religión y su cultura— fue defendido por Gobiernos europeos que seguían negando la realidad de un asentamiento permanente por un tiempo demasiado largo, en la falsa esperanza de que los migrantes, algún día, regresarían a sus países de origen, razón por la cual no llegaron a abordar los problemas reales del desempleo de larga duración, el aislamiento y la segregación, que de manera creciente se iban convirtiendo en realidades acuciantes en las décadas de 1980 y 1990. La tendencia era mirar hacia otro lado, para despertar un día y darse cuenta de que los inmigrantes habían llegado “para quedarse”.

Es revelador que destacados políticos de Alemania y los Países Bajos siguieran reciclando ese mantra de “nosotros no somos un país de inmigración” hasta bien entrada la década de 1980, en una negación de la realidad sobre el terreno, y que, en el caso concreto de Alemania, el país no reformara hasta 1991 su ley de ciudadanía para facilitar a personas de etnia no alemana el proceso para convertirse en ciudadanos alemanes. Esto refleja una realidad social: que muchos europeos del norte siguen teniendo dificultades para aceptar que una persona no blanca pueda ser verdaderamente alemán, austríaco, neerlandés, belga, suizo, sueco, danés, francés o inglés. Una experiencia clásica, bastante desilusionante, para integrantes de las minorías no blancas, incluso si han nacido en ellos y hablan con fluidez la lengua nacional, es que les pregunten: “Pero, dime, ¿de dónde eres en realidad?”.

Lo que poca gente sabe en ese contexto es que muchas de las políticas típicamente consideradas “multiculturales” tienen su origen en el empeño de los Gobiernos de preparar a los trabajadores invitados, así como a sus hijos, para un retorno a su tierra de origen. La idea era que, para impedir su asimilación y asentamiento, había que alentar que mantuvieran su propia identidad, su cultura, su lengua y su religión. Por ejemplo, la financiación de clases de lengua y cultura propias para los hijos de inmigrantes turcos y marroquíes se planteó inicialmente para impedir su integración plena y, por tanto, a fin de prepararlos para su regreso a sus países natales. Hubo Gobiernos que subsidiaron organizaciones culturales y religiosas centradas en los países de origen. Ese tipo de financiación siguió dándose hasta bien entradas las décadas de 1990 y 2000, época en la que ya había quedado más que claro que la migración era un fenómeno permanente.

Mi primer empleo tras graduarme en 1997 fue en un think tank de Maastricht, en los Países Bajos, donde me impliqué en una red financiada por la UE dedicada a conectar a funcionarios que trabajaban en políticas de integración en instituciones locales en Europa Occidental. Mientras redactaba informes con títulos típicamente multiculturales del tipo ‘El papel de las organizaciones autogestionadas de migrantes y minorías étnicas en el gobierno local’, me llamó la atención que todos los participantes implicados, excepto un funcionario nacido en Pakistán y procedente de Birmingham, fueran no migrantes, de entornos blancos, y que el tono del debate en su totalidad —así como la clase de investigación que yo debía llevar a cabo— separara a los grupos en lugar de considerarlos como miembros plenos (presentes o futuros) de las naciones europeas. Uno de los informes que redacté trataba de la participación política consultiva (en lugar de plena) de migrantes y minorías en las instituciones locales. Por mejores que fueran las intenciones, que indudablemente lo eran, y con toda aquella palabrería políticamente correcta dedicada a promover, de boquilla, los principios de la tolerancia, la igualdad y el antirracismo, solo ahora me doy cuenta de lo equivocado que era todo aquello. En esencia, a los migrantes seguía tratándoselos como residentes temporales.

Así pues, lo irónico del caso es que las políticas que luego se vendían como “buenas para la integración” estaban diseñadas precisamente para impedirla. Se trata de algo que nos lleva a ver el término tolerancia bajo una luz diferente, más negativa, como expresión de una actitud bastante paternalista que separa a los grupos. Los neerlandeses se han vanagloriado a menudo de su tolerancia histórica hacia las minorías. Pero esa actitud también puede leerse como “Aceptamos vuestra presencia, podéis hacer las cosas a vuestra manera siempre y cuando no nos molestéis, pero nunca seréis de los nuestros”. Desde esa perspectiva, el multiculturalismo es una forma de tolerancia represiva o un apartheid light.

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