Algo sucede cuando nos vamos al campo

Al alejarnos de la ciudad y adentrarnos en la naturaleza, algo cambia en nosotros, escribe Samantha Walton. ‘Ideas’ adelanta un extracto de ‘Todos necesitamos la belleza’, último libro de la profesora de Literatura londinense

Una mariposa Ícaro en Muros de Nalón, Asturias, en el verano de 2020.
Una mariposa Ícaro en Muros de Nalón, Asturias, en el verano de 2020.© Juan Millás

Algo sucede cuando “vamos al campo”, algo que no se puede comprar ni vender. A lo mejor solo estamos atravesando el bosque u holgazaneando junto a un lago. A lo mejor estamos paseando hasta nuestro trabajo por un carril bici cubierto de hojas secas, o cortando a través de una carretera que rodea a la urbe, donde las semillas de rastrojos resecos se esparcen por el cemento. Si de algo nos damos cuenta es de que ha descendido nuestro ritmo cardíaco, de que la mente empieza a divagar, o de que ese dolor de cabeza que no le ha dado respiro a nuestras sienes empieza poco a poco a remitir. Cuando hablamos de cómo nos influye la naturaleza, probablemente nos referimos a momentos como estos. Momentos en que por fin nos relajamos, en que nos dejamos llevar, respiramos profundamente y desconectamos. Resulta un tanto caprichoso, y dudoso en términos históricos, utilizar la ciencia moderna para darle sentido a las creencias del pasado, pero es muy posible que la naturaleza curativa surgiera en la antigüedad a partir de sensaciones similares. Los sentidos reverdecen una vez más y la incansable adrenalina que nos ha mantenido casi al borde del pánico comienza a diluirse en la sangre.

La pregunta más simple es ¿por qué? Uno de los primeros científicos que la formularon fue el biólogo americano E. O. Wilson. Desde la década de 1950, Wilson viajó por el mundo para estudiar la vida de las plantas y de los insectos. Pese a que su cometido era recopilar información, durante aquellos viajes fue dando forma al núcleo de su “hipótesis de la biofilia”. El amor por la naturaleza en los seres humanos es algo innato, aseguraba Wilson, un producto de milenios de evolución en los que hemos vivido en estrecha relación con los elementos, las criaturas y los hábitats naturales. Nuestros instintos, nuestro físico y nuestros sentidos están perfectamente sintonizados para percibir las amenazas naturales, y para encontrar seguridad, refugio y los nutrientes que proporcionan la vida en los entornos donde esta se halla presente. Más que eso, la naturaleza es el sustrato de nuestras fantasías, que se entreveran en nuestros lenguajes, y cuyos elementos y vida animal aparecen de manera recurrente en fábulas y religiones. “La naturaleza es la clave de nuestra satisfacción estética, intelectual, cognitiva e incluso espiritual”, escribió Wilson. La biofilia expresa, por decirlo de manera sencilla, nuestro amor por la vida. No solo nuestra propia vida, sino la vida intensa, vibrante, de los organismos, especies y lugares salvajes con los que, en palabras de Wilson, sentimos una innata “e imperiosa llamada a vincularnos”.

Wilson puso nombre y un trasfondo psicoevolutivo al aprecio por la naturaleza; más tarde, desde 1990, otros científicos procedieron a desentrañar la mecánica. Gracias a la compilación de datos obtenidos a partir de muestras de sangre, de la monitorización del pulso cardíaco y de la información que aportan los pacientes, comienzan a acumularse los estudios científicos que intentan demostrar que los lugares verdes y azules, ya sean parques, bosques o zonas costeras, pueden aliviar el estrés, devolver la capacidad de atención, reducir la tensión y mejorar el estado anímico.

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Estos hallazgos resultan muy convincentes, y me han urgido a ser un poco más sincera acerca de mi propia relación con la naturaleza, especialmente cuando era más joven. Por mi parte, yo no me limitaba a representar el estereotipo del adolescente medio al adentrarme en lo que nos imaginábamos como un páramo en pleno Metroland, y más bien me veía a mí misma como una heroína gótica afligida de malditismo. Lo que sentía era lo que hoy reconozco como depresión, aunque por entonces carecía de las palabras que la definen o permiten comprenderla. Mi devoción por las caminatas bosque a través se solapaba con mi temperamento cambiante, que los traumas y las experiencias que suscitan los prejuicios de las ciudades pequeñas contribuyen a aumentar. Es solo al echar la vista atrás como puedo apreciar por completo lo vivificantes y vitales que eran aquellos tranquilos y comprensivos espacios de bosques y campos.

Todavía padezco constantes rachas de insomnio, de pensamiento autocrítico y de ansiedad, y debido a ello dependo enormemente de los entornos naturales para controlar el estrés y mantener la cordura. Ciertas rutas aseguran la calma y arrancan mis pensamientos de sus pequeños y agitados laberintos. Me he familiarizado muy íntimamente con los senderos que se inician en mi casa, en las afueras de Bristol, y se desgranan en dirección al río, y con los caminos que reptan desde mi despacho en la universidad hasta los tranquilos campos verdes donde la señal de mi móvil y la invasiva 4G no alcanzan a penetrar.

Me impresiona lo que la ciencia nos cuenta acerca de la naturaleza curativa, e instintivamente me identifico con muchos de sus hallazgos. Pero también soy escéptica acerca de algunas osadas afirmaciones realizadas por los investigadores. Es peligroso asumir que un tratamiento puede funcionar igual para todo el mundo, y que todos experimentamos la salud y la enfermedad de la misma manera. Nuestra excitación por el modo en que la luz, el color o los aromas naturales afectan a nuestro estado de ánimo nos lleva irresponsablemente a tratar a la gente poco menos que como a plantas que necesitan un arreglo: una gota de magnesio, ocho horas de sol y cinco centímetros de agua cada semana, y floreceremos tal y como tenemos prometido. ¿No será que nuestra cultura, nuestras creencias, las historias que compartimos, así como nuestros traumas personales y nuestros deseos, esculpen la manera en que sentimos y la clase de interrelaciones que aspiramos a conseguir? ¿Y qué hay de la gente con enfermedades crónicas, o persistentes, o difíciles de tratar, que pueden pasarse años probando la mezcla adecuada de medicinas y tratamientos con el único fin de aliviar los síntomas, llegar a la remisión o simplemente dar con la manera de vivir sin dolor? La naturaleza curativa a menudo se nos vende como medicina alternativa, o se la publicita como algo que nos ayudará a reducir poco a poco la medicación. Hay muchísimas y muy buenas razones para ser críticos con la industria farmacéutica y su ansia de beneficios, pero no es menos cierto que muchos medicamentos salvan vidas. El lenguaje de la “cura” puede resultarle alienante a aquellas personas que quizá nunca se vean “curadas” o quieran cortar de raíz con las prescripciones médicas.

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