Carlos de Inglaterra diseña una monarquía reducida

El heredero de Isabel II aprovecha cada crisis para menguar el tamaño de la institución. Los problemas del príncipe Andrés y la marcha de su hijo Enrique allanan el camino

Carlos de Inglaterra, con sus hijos Enrique y Guillermo, Kate Middleton y algunos niños de la familia real, en Buckingham en 2018.
Carlos de Inglaterra, con sus hijos Enrique y Guillermo, Kate Middleton y algunos niños de la familia real, en Buckingham en 2018.Anwar Hussein / WireImage

La ventaja de llevar 68 años esperando para ser rey es que el diseño de la futura monarquía se va configurando por defecto, a medida que las piezas más desencajadas se desprenden por sí solas. Los llamados “expertos” de la realeza británica —cuyas opiniones adquieren fácilmente la categoría de titular en los tabloides— llevan años asegurando que Carlos de Inglaterra planea reducir el tamaño de la institución para asemejarla a otras casas reales europeas. “Su visión es la de una monarquía en la que el núcleo lo formen él mismo, la duquesa de Cornualles (Camila Parker Bowles), y sus hijos Guillermo y Enrique con sus respectivas familias. (...) La ciudadanía es mucho más sensible al modo en que se gasta el dinero público, y eso significa más tareas oficiales con menos personas”, escribía Jamie Sanham en Royal Central, el portal digital consagrado a las vicisitudes de todas las realezas del mundo, especialmente de la Casa de Windsor.

Pero no todos los descartes han jugado a favor de los planes del príncipe de Gales. La caída en desgracia de su hermano Andrés, enredado en el escándalo del millonario pedófilo estadounidense, Jeffrey Epstein, fue interpretada por la prensa especializada como la ocasión perfecta para iniciar el proceso de adelgazamiento. El favorito de Isabel II fue despojado de raíz de cualquier tarea de representación de la familia real, y tanto su futuro inmediato como el de sus dos hijas, Beatriz y Eugenia de York, pasaron a depender de la generosidad de la reina y de su privy purse (monedero privado, la renta anual de más de 20 millones de euros que produce el ducado de Lancaster, de gestión pública) y su fortuna personal. A pesar de la decisión voluntaria de pagar ciertos impuestos por esos ingresos, la ley no obliga a la monarca a desvelar las cifras de su patrimonio. La espantada del príncipe Enrique y de su esposa, Meghan Markle, al decidir poner tierra de por medio, “dar un paso atrás en su papel de miembros principales de la familia real, y trabajar para ser económicamente independientes”, alteró los cálculos del heredero.

El Palacio de Buckingham maneja una agenda anual de aproximadamente 2.000 actos oficiales en los que algún miembro de la familia hace acto de presencia. En el Reino Unido y en el exterior. La retirada gradual de Isabel II de la escena pública ha incrementado las tareas del resto de sus descendientes (Carlos de Inglaterra asume por sí solo entre 500 y 600 eventos al año). El segundo en la línea de sucesión, el príncipe Guillermo, y su esposa Kate Middleton han aprovechado las ausencias para consolidar su imagen pública, pero difícilmente pueden ensanchar su tiempo para atender las obligaciones que suponen más de 3.000 organizaciones caritativas y filantrópicas que gozan de patrocinio real. Su hermano Enrique, despojado en sus tareas y proyectos públicos del sello Royal, lleva meses soltando amarras. El martes se dio a conocer un nuevo paso en la separación financiera y personal de los dos hermanos. Los fondos de que disponía Diana, Princess of Wales, Memorial Fund, la organización sin ánimo de lucro en recuerdo de Lady Di, fueron divididos en dos mitades poco antes de que se anunciara la nueva vida de Enrique y Meghan. Apenas registraba ya actividad, más allá de algunas donaciones esporádicas fruto del interés siempre vivo por la figura de Diana Spencer. Pero la decisión del hijo menor de desentenderse de su gestión, hasta ese momento conjunta, y destinar su parte a sus propios fines benéficos ha sido otra señal de que las tareas reales cada vez más van a ser cosa de dos: Carlos y Guillermo.

Hasta el sentido común es discutible, cuando de la familia real británica se trata. Y los comentaristas que llevan décadas ganándose la vida con los avatares de los Windsor corren el riesgo de ser más papistas que el Papa, y alimentar mitos aparentemente incuestionables como el sacrificio de permanecer en todo momento bajo la mirada pública o la renuncia al derecho a elegir cómo ser feliz, del que gozan el resto de los mortales. “La idea de una monarquía reducida tiene sus desventajas”, ha escrito Penny Junor en The Spectator, el semanario que contiene las claves de lo que significa ser conservador y ser británico. “El valor de todo el trabajo que la realeza aporta a causas ignoradas o mal financiadas por el Gobierno es incalculable. Un sello real en el membrete de cualquier carta puede ser transformador tanto del perfil como de la capacidad de recaudación de cualquier proyecto. Y si se reduce el número de miembros de la familia real en circulación, esas cifras se verán a la fuerza reducidas”.

Enrique y Meghan Markle suponían un 5% del fondo soberano con que el Tesoro británico financia las actividades oficiales de la familia real. Al rechazar las responsabilidades del cargo han obligado al heredero Carlos a adelantar su deseo de llevar a la práctica una monarquía a escala reducida.

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