Las personas mayores abren la puerta a la ciudad para todos

Una población cada vez más envejecida exige comodidades adaptadas a sus necesidades

Escaleras mecánicas en el barrio del Carmel, en Barcelona.
Escaleras mecánicas en el barrio del Carmel, en Barcelona.Massimiliano Minocri

Prácticamente uno de cada cinco españoles tiene más de 65 años. En 11 ciudades de más de 50.000 habitantes, esa cifra supera el 25%. No ha hecho más que crecer, y más que lo seguirá haciendo: en 2020, el Instituto Nacional de Estadística esperaba que para 2050 un 31,4% de los residentes en España superase los 65 años. Y la mayoría (la inmensa mayoría) vivirá en ciudades. Antes que cualquier otra cosa, esto es un triunfo. “El envejecimiento de la población y la urbanización son la culminación de un proceso exitoso de desarrollo humano en el último siglo”, celebra un informe de la Organización Mundial de la Salud. “Vivir más es el fruto de mejoras críticas en la salud pública y en los estándares de vida”. Pero enseguida alerta: “También es uno de los grandes desafíos de este siglo”.

Conforme las ciudades españolas vayan envejeciendo, también se harán necesarios servicios e infraestructuras pensados y adaptados para esa población. “La infraestructura social comunitaria es el más fundamental y a la vez el más complejo sistema de apoyo a las personas mayores de una sociedad”, apunta un informe de FP Analytics para el lobby de mayores estadounidense AARP. “Puede entenderse como el tejido conectivo de una sociedad: les da acceso a los recursos necesarios y provee oportunidades para un envejecimiento saludable y activo”.

En realidad, construir infraestructuras pensando en la gente mayor en la práctica implica construir infraestructuras pensando en todo el mundo. “Los mayores no son un grupo homogéneo; la diversidad de los individuos se incrementa con la edad”, apunta el informe de la OMS. “Debería ser normal en una ciudad para todas las edades que el entorno, tanto el natural como el construido, se anticipe a encontrarse con usuarios de diferentes capacidades en lugar de diseñarse para la mítica persona “promedio” (léase joven). Una ciudad ha de ser acogedora para todos y no solo para los mayores”.

Las implicaciones son más complejas, además. “Las familias en su conjunto sufren menos estrés cuando las personas mayores tienen el apoyo comunitario y los servicios sanitarios que necesitan”, continúa el informe de la OMS. “Toda la comunidad sale ganando con la participación de la gente mayor, y la economía local se beneficia de su presencia como consumidores”.

Los españoles son muy conscientes del envejecimiento de la sociedad y de sus desafíos. Según un estudio del CIS de 2019, más de un 90% de los encuestados había oído hablar del tema. La llegada en 2020 de la covid-19 a nuestras vidas no ha hecho sino reforzar esa percepción. “La pandemia ha puesto de relieve numerosas oportunidades para hacer avanzar el sector de salud y asistencia social”, apunta un informe del University College de Londres. “Las comunidades se han acercado y se han unido para darse apoyo. Esto, a su vez, ha aumentado la conciencia de las desigualdades (incluidas áreas como la salud, el acceso a los espacios verdes y la inclusión digital)”.

Sin embargo, la Estrategia Nacional sobre el Reto Demográfico solo hace una referencia tangencial al papel de las infraestructuras para hacer de las ciudades un lugar de acogida mejor para la población más envejecida. El informe de FP Analytics divide en tres los elementos clave de esta infraestructura social: accesibilidad, participación y asistencia.

Los lugares en los que se vive

La infraestructura de accesibilidad se encuentra, sobre todo, en los espacios que utilizan para vivir y para moverse, empezando con la primera: entrar y salir de casa. A pesar de que España tiene más de un millón de ascensores, el mayor parque de Europa (y una de las mayores proporciones por habitante del mundo), siguen existiendo alrededor de 1,2 millones de edificios multiplanta sin ascensor: además, de los que sí lo tienen, entre un 30% y un 40% (según datos de la patronal ­FEEDA) no cumple las condiciones mínimas de accesibilidad.

Y las consecuencias de esas dificultades se hacen notar. “Hay en España 2,5 millones de personas con movilidad reducida, de las que 100.000 nunca o casi nunca salen de sus domicilios”, explican desde el Grupo Orona, especializado en ascensores. La rehabilitación de viviendas (dotada con 6.820 millones de euros) es uno de los puntos fuertes del Plan de Recuperación y Resiliencia, y, aunque el peso de la inversión europea busque la eficiencia energética, la accesibilidad es también uno de los objetivos.

“La teleasistencia ha de ser más que un sistema de alarmas”, explica por teléfono Eduardo Ruiz, director de desarrollo de negocio de Ilunion Sociosanitario. “Cada vez se van a utilizar más medios tecnológicos para monitorizar el estilo de vida y ver las pautas de comportamiento, lo que sumado a la inteligencia artificial ha de permitir ser proactivos y no reactivos para dar acompañamiento sin perjudicar a la privacidad”.

Sobre todo, ha de hacerse sencillo para el usuario. Uno de los grandes debates de nuestro tiempo es cómo la digitalización está dejando atrás a mucha gente mayor, que no tiene ni la capacidad ni el tiempo de adaptarse a las nuevas tecnologías: la banca es el último ejemplo. “Hay que integrarlo todo de forma que, sea una emergencia o sea otra cosa, para el usuario tiene que ser el mismo botón: nosotros somos los que tenemos que distinguir”, indica Ruiz.

La ciudad adaptada para los mayores también ha de prestar atención a los espacios para moverse. “Aunque son el 15% de los conductores, representan el 28% de los fallecidos en accidente de tráfico”, apunta Luis Bañón, profesor de Ingeniería e Infraestructuras de los Transportes de la Universidad de Alicante. “Hay que tener en cuenta que el envejecimiento implica un cambio en la capacidad de reacción, y las enfermedades de visión y de audición. Todo esto hace que el entorno urbano se perciba de otra manera. Como peatones, que son los usuarios más desprotegidos, representan el 70% de los fallecidos. Y dado que, como colectivo, son los que más tienden a desplazarse a pie, es ahí donde habría que centrar el tiro”.

Aunque Bañón apunta que, en España, hoy en día son muy escasas las estrategias de diseño e infraestructura urbanos específicas para el problema del envejecimiento, las respuestas no son muy distintas de las necesarias para una movilidad segura en general. Como apunta Julián Reina, concejal de Urbanismo, Infraestructuras y Movilidad del Ayuntamiento de Ferrol (A Coruña): “Lo que tratamos de impulsar es la transformación de los espacios públicos para todas las personas, y esto es algo que beneficia sensiblemente, seguramente más, a nuestros mayores”. Ferrol es la ciudad española de más de 50.000 habitantes con un mayor porcentaje de población mayor de 65 años.

“Hay medidas que son de cajón, pero que no siempre se aplican: ampliar las aceras, incrementar la visibilidad, que los pasos estén siempre iluminados y bien despejados”, explica Bañón. En el caso de los semáforos, no solo se trata de dar más tiempo a los peatones, también es una buena idea incluir un reloj temporizador para ayudar al viandante a saber cuánto tiempo tiene que esperar”. A las personas mayores les conviene una ciudad predecible y bien señalizada, especialmente para las cosas que temporalmente cambian sus rutas. “Las obras ya son laberínticas para cualquiera, imagínese para una persona mayor”, señala Bañón.

Pero no solo se trata de ocuparse de los peatones. Unos 1,27 millones de españoles mayores de 65 años tenían un permiso de conducir en vigor en 2020, casi el 11% del total. “Los más mayores tienden a conducir de forma más segura de lo que se suele creer”, apunta un informe de la OCDE. “Tienen menos accidentes, tanto en proporción a su número como al número de habitantes. Lo más preocupante es su fragilidad y, consecuentemente, su vulnerabilidad”. “La normativa podría tener en cuenta estas necesidades y hacer paneles más legibles y con letras más grandes”, apunta Bañón. “Pero lo realmente importante es el mantenimiento y la conservación: que las zonas peligrosas, como los cruces y las paradas de autobuses, estén bien iluminadas, que todo esté bien cuidado y visible”.

Deporte y salud

Otra de las respuestas más visibles de los poderes públicos a una población cada vez más mayor es un aumento de las instalaciones deportivas públicas que permiten hacer ejercicio a los adultos, que complementan y en algunos casos sustituyen a los viejos parques infantiles. “Hay equipamientos pensados para adultos sanos y jóvenes”, explica por teléfono Sonia Agapito, directora comercial de Industrias Agapito, uno de los mayores fabricantes de estos aparatos en España. “Los mayores necesitan aparatos específicamente diseñados para ellos, para que puedan hacer ejercicio de una forma adaptada a su condición física. Ahora estamos con diseños que desarrollen el trabajo físico y mental, para ayudar a prevenir o retrasar los efectos de enfermedades como el Alzheimer”.

Las instalaciones deportivas son solo uno de los espacios en los que una población cada vez más mayor buscará pasar el tiempo. Los estudios apuntan que la mayoría de los españoles quiere envejecer de la forma más activa e independiente posible. Centros de día, centros culturales y residencias son las distintas opciones para permitir a los mayores disfrutar de una vida saludable y socialmente plena.

Solo durante la primera mitad de 2021 se invirtieron 4.000 millones de euros en el sector de las residencias, según un estudio de la consultora Savills. El mercado es tremendamente variado dependiendo de la edad y el grado de dependencia, pero, como explica Roberto Campos, director general de Avintia Inmobiliaria, “en todos los casos la humanización va a ser un factor común y fundamental. El modelo está cambiando con respecto al tradicional, con unidades de convivencia, pequeñas y más asimiladas a un entorno de hogar y no institucionalizado”.

El mercado también está pidiendo tener en cuenta las necesidades de aquellos que envejecen estando toda la vida solos. “De hecho, creo que son conscientes de su necesidad de autonomía antes, saben que tienen que buscarse una solución de forma prevista y es más fácil llegar a ellos”, apunta Campos. “La demanda también está potenciando diferentes modelos de negocio: el build to rent (viviendas construidas para ser alquiladas): de menor tamaño y en las que las personas conservan su total independencia, con el diseño de zonas comunes específicas que favorezca la relación entre los vecinos”.

Buenas prácticas en el resto del mundo

La Organización Mundial de la Salud tiene una Guía de ciudades acogedoras para la gente mayor (Global Age Friendly Cities, en inglés) en la que se incluyen diferentes aspectos de la vida urbana que las ciudades deberían tener en cuenta a la hora de diseñar, ­reformar y mantener sus espacios públicos. 
En los espacios exteriores, cosas como la limpieza y el nivel de ruido son fundamentales, pero también lo son los espacios verdes, los lugares para descansar y los aseos públicos. Muchas ciudades, con la ambición de impedir que haya gente viviendo en la calle, han adoptado una política de reducción o incluso eliminación de esta clase de espacios; cada vez más ciudadanos van a requerirlos de nuevo.
Cosas tan sencillas como las aceras, que sean suficientemente anchas para que quepa una silla de ruedas, que no deslicen y que tenga bordillos accesibles, son cosas que hacen la diferencia en la calidad de vida.
El transporte público es una de las herramientas más importantes para una vejez activa. Más que el precio (aunque muchas ciudades ofrecen el transporte con fuertes descuentos o incluso gratuitamente para los mayores), lo que interesa a los ciudadanos de edad es un servicio frecuente, predecible y que los lleve a donde necesitan ir sin complicaciones, con conductores que tengan en cuenta sus necesidades a la hora de hacer su trabajo: en ciudades como Río de Janeiro, las personas mayores prefieren el taxi al autobús porque temen caerse. En algunas ciudades como Portage la Prairie (Canadá), la comunidad se organiza para facilitar el transporte de las personas mayores a donde necesitan ir. 
Ofrecer actividades de ocio orientadas específicamente a la gente mayor tiene sus dificultades. En algunos países, la necesidad de asegurar a los participantes obliga a tasas de inscripción excesivamente altas para los presupuestos de los pensionistas. Las actividades educativas suelen ser muy populares. 

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