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El limbo vasco del islote castellano de Treviño: “Yo soy de Vitoria, solo tienes que mirar el mapa y ver dónde está el condado”

La Diputación de Álava amenaza a la de Burgos con cortar en el futuro el convenio de administración de servicios a una zona burgalesa en suelo alavés

Un vecino de Treviño (Burgos) señala una pintada en euskera que reza "¡Treviño es Álava!".FERNANDO DOMINGO-ALDAMA

Las pintadas en las puertas y las pegatinas en las farolas revelan el sentir popular: “Lehen orain eta beti Araba bai!” o “Trebiñu Araba Da”. Es decir, “primero, ahora y siempre ¡Álava, sí!” o “Treviño es Álava”. Hay ikurriñas y mensajes reivindicativos en euskera, el callejero usa esa lengua cooficial y el castellano y hasta el contenedor de Cáritas lleva un mensaje en vasco. Pero es Burgos. El histórico condado de Treviño (1.500 habitantes en 48 núcleos) pertenece a esta provincia castellana, y por tanto pertenece a la Junta de Castilla y León, pero late por Álava. Su gestión depende de conciertos entre la Diputación alavesa (PNV) y la burgalesa (PP), juntas y revueltas según la época y ahora en tensión porque la de Álava amenaza con cortar los convenios en 2029, cuando vence el actual. Burgos intenta calmar las aguas y reivindica sus prestaciones mientras en Treviño miran para Vitoria, se despiden con “agur” y piden zuritos en los bares.

La calle Mayor, o Nagusia kalea, plasma las dos almas: una Caja Rural de Burgos y una Kutxabank, cara a cara. La gasolinera-bar retiene a parroquianos y conductores al son de Ramoncín y su Vamos muy bien, título cuyos parroquianos no corroboran sobre el encaje de Treviño. En la puerta, un cartel del mago Antxon. Carlos Berganzo, de 68 años, tira de geografía: “Yo soy de Vitoria, solo tienes que mirar el mapa y ver dónde está el condado”. Muchos de los vecinos viven en esa ciudad, a 15 kilómetros, y matriculan en sus colegios a los niños o trabajan y compran allí pese a su residencia burgalesa. El gran conflicto es por la Sanidad: tienen un centro médico con doctor 24 horas, pero en caso de problema grave les toca ir a Miranda de Ebro, relativamente cercano, pero si es muy serio les puede tocar el Hospital de Burgos, denuncian, a más de una hora de coche, con el centro vitoriano de Txagurritxu a un brinco. Los treviseñes señalan en la localidad Pancorbo, con su mítico viaducto, como frontera imaginaria: varios afirman “¡Después de Pancorbo, nada!”, tanto en el interés de la Diputación como por esos “politiquillos que cambian de chaqueta” cuando lo cruzan apunta uno de los entrevistados.

Los resultados electorales acreditan también esa desafección hacia Burgos. En las autonómicas de 2022 solo votó el 36%; en las locales y generales de 2023, el 62% y 58%. El habitual entendimiento entre las dos diputaciones se ha resquebrajado al asegurar la alavesa que no piensa renovar los convenios cuando venza el actual en 2029. El presidente de la burgalesa, Borja Suárez (PP), lo afea, pues cada institución ejecuta sus competencias en “dos territorios con mucho tráfico de personas y servicios”. “Un vasco también se beneficia de prestaciones de Castilla y León, pasa en muchos lugares fronterizos”, apostilla, recordando que el Estatuto autonómico plasma que para que un enclave pueda anexionarse a otra región deben aprobarlo dos tercios de los Ayuntamientos implicados, ser refrendado por informes provinciales y de la Junta y por la mayoría de los residentes de las zonas potencialmente segregadas antes de ratificarse en el Congreso. “No entendemos al nacionalismo vasco, Treviño nunca ha sido vasco desde su fundación en el siglo XIII, somos territorios hermanos con relaciones normales”, asegura.

El diputado general de Álava, Ramiro González (PNV), arguye que asumen “residencias, dependencia, igualdad, cultura, patrimonio o infraestructuras” porque “los merecen los vecinos y se prestan de forma temporal” hasta “resolver esta anomalía” y critica que “para Burgos es muy cómodo, ¿cuántas obras pagan en Araba? El desequilibrio es patente”. El diputado pide una “solución definitiva” e insiste en que la prórroga actual sea “la última” antes de “un proceso democrático donde Treviño decida si Burgos o Araba”. El alcalde de Treviño, Adolfo Estavillo, de un partido local, pide “prudencia” en un tema “politizado” para exprimirlo fuera de los pocos votos treviñeses. “Vivimos con normalidad si nadie incendia, hay convenios en las zonas limítrofes, es de sentido común en colegios o sanidad. Las soluciones deben ser mediante diálogo, sin imposiciones de política convulsa”, apela, desgranando que “la gente quiere incorporarse a Álava, el 80% de nuestra población es alavesa”.

El Ayuntamiento ratifica ese doble sentir con un sinfín de carteles en euskera o castellano mientras la presencia de la Junta se nota en lonas reivindicando inversiones autonómicas y en la bandera que ondea. Zara García, de 41 años y mirandesa, resume lo que escucha: “Los veo vascos, dicen agur, piden zuritos y en Navidad las luces ponen Zorionak [“Felicidades”]”. Luciano Garay, de 74, escucha la radio en euskera y destaca que ese sentir vitoriano corresponde a que muchos han nacido allí y, pese a instalarse en Treviño, mantienen vínculos. Varias señoras salen de un centro cívico con el rótulo en ambas lenguas. Una acata: “Si Treviño es Burgos, pues soy de Burgos”. Otra rebate: “¡Yo hablo por mí, soy de Álava! Estamos rodeados, es una isla forzada”. Pilar Bóveda, de 72 años, reside en el cercano La Puebla, de alcalde del PNV, y lamenta su experiencia: “Se estaba muriendo mi hermano y me tocaba bajar al Hospital de Burgos… si habría [sic] un referéndum, casi seguro ganaba Vitoria”. Una más: “¡No es que no quiera ser de Burgos, pero es un coñazo!”.

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