Ser corresponsal de EL PAÍS en Valencia hace 50 años
En el primer número del periódico la información valenciana estuvo representada por la política antifranquista

En el primer número del periódico, que salió un martes, después de varios ensayos con números cero, la información valenciana estuvo representada por la política antifranquista. Tres formaciones, o más bien plataformas políticas, engrasaban motores para situarse en la línea de salida en sectores ideológicos adscritos a los populares, democracia cristiana y partidos socialista y comunista. En los primeros Emilio Attard quería rentabilizar la herencia de Luis Lucia y Gil Robles, entre los cristianos Vicente Ruiz Monrabal apuntaba hacia el centro y en la izquierda Manuel Broseta y Josep Lluis Albinyana buscaban alianzas entre la Junta Democrática y el Consell Democràtic y nuevos liderazgos.
La oportunidad de la crónica que escribí para el estreno informativo venía reforzada por el titular que desde Bruselas Ramón Vilaró facilitó a la primera portada: sin la creación y consolidación de los partidos políticos, los países europeos no iban a aceptar la incorporación de España. Así lo recordaba Juan Luis Cebrián en la comida que tuvimos en Madrid los pioneros de EL PAÍS el pasado martes, con motivo del 50 aniversario del periódico: reclamar y defender la democracia fue y sigue siendo nuestra marca de identidad profesional. Cuando salió ya se habían anunciado elecciones generales en primavera de 1977.
Una amplia red de corresponsales de provincias, adscritos en la sección de regiones, Daniel Gavela al frente, Camilo Valdecantos y Juan Francisco Janeiro en la comunicación diaria, dimos con enorme ilusión nuestros primeros pasos informativos. Unos vinculados a la redacción de alguna cabecera local, otros, como fue mi caso, ejerciendo de llanero solitario. La primera sede que busqué para dar cierta visibilidad a la corresponsalía se encontraba en unos despachos de la calle Jorge Juan, en el primer ensanche modernista de Valencia. El espacio quise compartirlo con otros compañeros del diario Avui, de Barcelona, y la revista social Marginados, para repartir costes y generar apoyos profesionales.
Tiempo después nos trasladamos al corazón del centro histórico, en la calle Portal de Valldigna, acceso urbano abierto en lo que fue la muralla árabe. Al disponer de más espacio incorporé al corresponsal de Mundo Obrero y a un diseñador de publicaciones ecologistas y nacionalistas. Todos éramos jóvenes periodistas, titulados y no titulados, que nos estábamos abriendo camino como corresponsales de medios de Madrid y Barcelona, sin arraigo en la poco estimulante prensa de la ciudad. Éramos corresponsales de provincias, luego de regiones y luego de autonomías y nacionalidades. El paulatino desarrollo constitucional (¿federal?) del 78 acompañó nuestro crecimiento profesional.
Ser corresponsal en el País Valencià representaba una demanda informativa. Aunque no alcanzamos en 1936 la aprobación de un estatuto de autonomía en Madrid, sí que existió un borrador. Por eso en el debate constitucional no quisimos circular fuera de la vía del 151. La actualidad valenciana despertaba interés. Los medios de información de Madrid y Barcelona que se apuntaron al futuro político se quitaron el traje de confundir Madrid con España y empezaron a reclamar presencia de una periferia sin la que no se podía desarrollar la Constitución democrática. Ya en el 1972 inicié la corresponsalía con el semanario Triunfo, portavoz de la oposición franquista y avanguardia en esta visión informativa. Los corresponsales primamos la proyección profesional sobre la estabilidad laboral. Ser corresponsal significaba a menudo asumir la precariedad mientras fuera posible a cambio de una gran proyección nacional.

Transmitíamos la información dictando por teléfono a la compañera de cabinas (¡gracias Nancy Abel por atender tantas llamadas, gracias Rosi Rodriguez por mediar!) que la tecleaba en formato redacción. El corresponsal pasaba horas colgado al teléfono para dar salida a su trabajo. Identificaba más voces que caras. Cuando tomaba varias semanas de vacaciones había que dejar un suplente: Bel Carrasco fue la primera, de Valencia pasó a la redacción de Madrid y luego de Barcelona; Miguel Ángel Villena llegó a ser delegado en Valencia y tiempo después aterrizó en la redacción de Madrid; Emili Piera etc. A todos ellos les dejé sobre la mesa El libro de estilo, de obligado cumplimiento para aprender el buen periodismo que se practica en EL PAÍSs. En las provincias el periodico encontró una buena cantera de profesionales. Responsables de la redacción periférica y descentralizada han llegado hasta la responsabilidad de dirección. Cordiales saludos, Jesús Ceberio.
En ocasiones éramos reclamados para reforzar otras zonas geográficas. En el verano de 1978 me mandaron a Tarragona para cubrir la tragedia del camping Los Alfaques con los compañeros de Barcelona. Según pasaban las horas iniciales la cifra de muertos alcanzó la terrible cifra de 215 fallecidos. Allí me trasladé conduciendo un Seat 127 comprado a plazos con los primeros ingresos de la corresponsalía para atender previsibles desplazamientos.
En el reciente encuentro madrileño de la primera redacción de El PAÍS me sentí muy representado por el periodista valenciano de Vila-real (Castellón) Julian García Candau, redactor jefe los primeros tiempos de Deportes (Manuel Muñoz, Asunción Valdés… valencianos, también estaban compartiendo mesa y mantel), cuando leyó una lista de nombres, incluida la víctima del terrorismo de ultraderecha, para subrayar que trabajamos en el comienzo como un colectivo profesional entusiasta, bien cohesionado, -y agrego- guiado por una dirección periodística que supo frenar las pretensiones involucionistas que surgieron en parte de la empresa.
Las condiciones económicas de la corresponsalía eran de a tanto la pieza publicada. De modo que sólo cuando la demanda informativa de Madrid crecía la remuneración aumentaba. La tragedia de la rotura de la presa de Tous (octubre 1982), en la cuenca del Júcar, fue, paradójicamente, origen de mi mayor remuneración en los casi diez años que ejercí la corresponsalía. Luego me pasé al periodismo radiofónico.

Recuerdo una última página del diario dedicada al empresario Luis Suñer pisando el agua y el barro del Xúquer que habían destrozado su planta de Avidesa. Por casualidad, le encontré en la puerta de su factoría de Alzira, le hice una fotografía con una mala cámara prestada (Carles Francesc y Jesús Ciscar, nuestros fotógrafos estaban en otros puntos informativos) y allí mismo le entrevisté: “Hemos perdido todos nuestros papeles”. Meses antes había sido secuestrado por ETA, y años atrás fue el español que más cotizó a Hacienda. La tragedia le había dejado sin papeles y sin saber el dinero que disponía para su reconstrucción.
En febrero de 1981 estrenamos nueva oficina en la calle Moratín, muy cerca de la plaza del Ayuntamiento. Por fin se abrió la delegación valenciana con Manuel Muñoz al frente (en la primera redacción del 76 ejerció de corresponsal en Murcia) y Greta Brink en las tareas administrativas. En la cobertura informativa de la “pantanada” de Tous dejé de ejercer de llanero solitario y me sentí arropado por una incipiente redacción que en 1986 dio lugar a la primera edición valenciana, con un cuadernillo diario de cuatro páginas. En la fiesta de presentación del proyecto en octubre del 85 en el Monasterio de El Puig, los máximos representantes de la empresa José Ortega Spottorno, Jesús Polanco y el valenciano Álvaro Noguera actuaron como anfitriones del crecimiento de un periódico que nació con el compromiso de garantizar un periodismo independiente, crítico, solidario y democrático, respaldado por una buena información regional.


























































