Gabriel Rufián, el presente y el pasado
El portavoz de ERC ha sabido interpretar bien que el debate que intenta levantar no es sólo cosa de organizaciones políticas

Finalmente, el encuentro entre Gabriel Rufián y Emilio Delgado en Madrid ya se ha celebrado. Como es notorio, ha sido la noticia de las últimas semanas, al menos para todas aquellas personas que, situadas en posiciones políticas progresistas, tienen cierta preocupación por la situación del espacio político a las izquierdas del PSOE. Corren ríos de tinta y mensajes de X más o menos encendidos o racionales en torno a los mensajes vehiculados, a las caras conocidas de la galaxia de las izquierdas hispánicas en su conjunto que acudieron o no, un poco siguiendo los diálogos de la famosa película Caro Diario, cuando el protagonista —un irresistible, a la vez insoportable Nanni Moretti (también director de la película y tótem de la desnortada izquierda italiana)—, se preguntaba: ¿se me nota más si voy, o si no voy?
De todo esto se está hablando en estas horas. Sin embargo, aquí se quiere llevar a cabo una reflexión que no atañe al cómo fue el acto ni a sus consecuencias, sino a la decisión del jefe de filas de los republicanos en Madrid de celebrarlo, y a la de aquellos que ya, muchos días antes, dijeron que no irían bajo ningún pretexto.
La decisión de encabezar una iniciativa como la que ha planteado Gabriel Rufián, incluso mucho más allá de los resultados que pueda tener, responde a su capacidad —demostrada— de estar en el presente. Ya nadie recuerda su voto negativo a la reforma laboral que hubiera podido hacer naufragar durante décadas cualquier hipótesis de izquierdas en este país. Pero Rufián ha sabido interpretar bien que el debate que intenta levantar no es sólo cosa de organizaciones, sino que interpela aquellos segmentos de sociedad (reales, encarnados) que, desde posiciones aparentemente lejanas, en los matices ideológicos y también en los emplazamientos geográficos, están preocupados por lo que viene y, a la vez, quieren seguir en la senda de ensanchamiento de derechos y de democracia emprendidos ahora ya casi una década. Por ello un gesto en cierta manera disruptivo, pero leído como honesto, ha generado tanta expectación.
Paradójicamente, esta capacidad de leer el presente se da la mano con la historia más auténtica del partido que lo ha hecho diputado. Esquerra Republicana anduvo de la mano de las izquierdas españolas en las coyunturas decisivas. Estuvo en el Pacto de San Sebastián, y durante los años de la Segunda República —en etapa de paz y cuando fue atacada por los sublevados—, siete ministros de ERC (para más inri, la mayoría de ellos, precisamente en la cartera de Trabajo) estuvieron integrados en los gobiernos estatales. Por ello, resulta francamente desconcertante la posición del partido, o, al menos de aquellos que ahora lo dirigen. Tantas veces han reivindicado las herencias de las siglas de ERC y ahora se desentienden substancialmente del debate, despachándolo como un asunto “de otro país”. La desconexión de algunos, en este caso no sólo de la situación política actual, sino de la historia de su propio partido, se comenta sola. La pregunta legítima es si sus electores piensan lo mismo.
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