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Cuando trabajar en Barcelona ya no te garantiza llegar a fin de mes: “Si mi padre no me ayudara me quedaría a cero nada más cobrar”

Los expertos cifran en 1.638 euros el salario para vivir dignamente en la capital catalana, pero son muchos los trabajadores que no alcanzan esta cifra

La cesta de la compra se ha encarecido más de 56 euros en el último años.
La cesta de la compra se ha encarecido más de 56 euros en el último años.Albert Garcia
Alfonso L. Congostrina

Ha estado un año lavando a mano porque “se rompió la lavadora”. Tiene nevera porque se la dieron “unos amigos”. “Siempre voy al límite”, admite Txell. Esta vecina de 41 años del barrio de Fort Pienc de Barcelona, en el distrito del Eixample -epicentro histórico de las clases medias barcelonesas- trabaja como diseñadora gráfica seis horas al día. Por ello cobra 1.150 euros al mes y se siente afortunada al haber podido alquilar lo que denomina como “zulo barato” por 730 euros al mes. El resto del sueldo da para muy pocas alegrías y va tirando como puede. “Llevo tantos años angustiada que ya me he acostumbrado”, admite. Su padre le presta 200 euros al mes. Cuando esto no ocurre, “nada más cobrar, cuando llegan las facturas, me quedo a cero”. El caso de Txell dista de ser una excepción. Es la creciente normalidad de muchos barceloneses, que cada vez tienen más complicado vivir dignamente en la ciudad pese a tener un trabajo.

La semana pasada el Área Metropolitana de Barcelona (AMB) hizo público su estudio anual, que marca el Salario de Referencia Metropolitano (SRM) o, lo que es lo mismo, “la remuneración suficiente para que una persona que trabaja, y su familia, puedan vivir dignamente”. En 2023 una persona debía cobrar un mínimo de 1.516,73 euros para vivir con dignidad en el área metropolitana (en 2022 el SRM fue de 1.447,49). Vivir en la ciudad de Barcelona es todavía más complicado ya que, según el estudio, cada persona necesita un salario de 1.638,56 euros, muy lejos de los 1.150 que cobra Txell cada mes.

Desde 2016 ha aumentado un 44,6% el dinero necesario para vivir en área metropolitana debido al aumento de los precios de la alimentación y los costes del hogar. La vivienda supone un gasto del 34% de los ingresos. Si al alquiler o hipoteca se suma el gasto de los suministros supone ya un 45% de los ingresos de los ciudadanos del área metropolitana. Por otro lado, la cesta de la compra se ha encarecido en 56,38 euros al mes de media y representa el 23% del salario de referencia. El informe concluye que el 45% de los hogares de Barcelona (el 43% en toda el área metropolitana) “se encuentran por debajo del presupuesto” necesario para cubrir las necesidades básicas.

El indicador del SRM se calcula, año tras año, confeccionando un presupuesto en el que se cuantifican las necesidades básicas necesarias para alcanzar una vida digna. Ese presupuesto se divide entre los integrantes de los hogares en los que trabaja algún miembro de la familia. La media concluye que el mínimo que necesita una persona para la supervivencia es de 1.516, 73 euros pero dependiendo de la tipología de familia puede ser mucho más elevado. Por ejemplo, una familia monoparental (padre o madre con hijos) necesita, al menos, 2.628,07 euros para mantener los estándares marcados por el estudio. Por ese motivo, el documento concluye que el 69% de las familias monoparentales del área metropolitana sobreviven con presupuestos que no cubren las necesidades básicas de todos los miembros de la familia. En la capital catalana la cifra es incluso peor y son el 73% de las familias monoparentales las que no alcanzan el presupuesto acordado por la AMB.

Olga González es la responsable de acción social de la Fundació Habitatge Social de Càritas. “No me cuadran los datos de la AMB”, dice. “El precio del alquiler medio en Barcelona es de 1.080 euros. Si el salario mínimo es de 1.516 euros y la vivienda representa un gasto del 34%, el alquiler debería ser de 515 euros y, por ese dinero, solo puedes alquilar una habitación”, recalca González. “A día de hoy, que una persona pueda acceder al mercado libre de la vivienda es inviable a no ser que duplique el salario que marca la AMB. Además, las condiciones son cada vez peores. Para alquilar un piso piden fianzas de cinco, seis o hasta siete meses, contratos indefinidos… A las personas solas con trabajo solo les queda compartir piso”, lamenta.

En un piso de la Fundació Habitatge vive Basilio, de 55 años, junto con su hijo de 21. El joven sigue estudiando y Basilio trabaja en la construcción. “Cobro 2.000 euros y me tengo que marchar pronto de este piso. El problema es que no consigo alquilar. Estoy esperando a que mi hijo acabe de estudiar y entre los dos podamos hacer algo”, cuenta.

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Monica es italiana, tiene 34 años y una hija de 12. Vive en Ciutat Vella, en un piso de alquiler minúsculo, de 30 metros cuadrados, por el que paga 600 euros cada mes. Desde hace dos años trabaja como auxiliar administrativa y cobra 1.300 euros. El padre de su hija le paga cada mes 400 euros. En total acumula 1.700 euros, un poco más que el SMR. “Lo de vivir dignamente no sé hasta qué punto. El ocio hace años que se acabó para mí y cada mes hay algún contratiempo. Muchas veces no sé ni de dónde sacar el dinero”, lamenta. En peor situación se encuentra Gabriela, una ecuatoriana de 40 años, madre soltera de un hijo de 10. Gabriela cobra 900 euros limpiando casas y paga 570 por un piso en la Via Júlia: “El contrato de alquiler se me acaba pronto y no sé qué tengo que hacer porque no existe nada a 30 kilómetros a la redonda de Barcelona”.

Albert Cónsola es técnico de políticas sociales de la AMB y uno de los impulsores del estudio de SRM. “Año tras año hay un incremento en el precio de la vivienda y esa es la piedra angular de la mayoría de las desigualdades”, denuncia. Tras la pandemia hubo un aumento de precios y “medidas como la reducción del IVA o la bonificación del transporte público no están sirviendo para contrarrestar” la desigualdad. “Comprobamos que el aumento del coste de la vida provoca que haya un perfil de rentas más bajas que sufran un efecto de expulsión y busquen viviendas en segundas, terceras y cuartas coronas metropolitanas. Eso hace aumentar los precios de los pisos en Badalona, en L’Hospitalet… y se perpetúa así un efecto dominó”, concluye.

Lluís Bosch tiene 78 años y vive en el centro de Barcelona junto a su esposa. Reciben dos pensiones altas y sobrepasan el SRM. Pese a ello, Bosch mantiene que su poder adquisitivo ha menguado: “La vivienda es un saco sin fondo e ir a comprar se está convirtiendo en un lujo”, explica.

Txell admite que nunca podrá pagar una hipoteca. “Cuando tenía 20 años compartía piso con desconocidos”, recuerda. “Y acababa encerrada en mi habitación, igual que los compañeros en la suya. Siempre he trabajado como teleoperadora, en un almacén, de captadora de ONG, de diseñadora gráfica… Jamás habría pensado que, trabajando, podía llegar a la situación en la que estoy. Antes, el que trabajaba tenía techo y comida y nadie contemplaba la pobreza de alguien con empleo; ya no”, zanja.

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