Opinión
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Cargados de razón

Esquerra Republicana sigue en sus trece, sin asomo autocrítico, y solo quiere adaptar el ritmo temporal y la táctica para adueñarse del “mientras tanto”

Oriol Junqueras y Marta Rovira, en octubre de 2017 en el Parlament.
Oriol Junqueras y Marta Rovira, en octubre de 2017 en el Parlament.ALBERT GARCIA

Max Weber criticaba el “mezquino vicio de querer tener siempre razón”. Lo hacía en una conferencia famosa, que una vez publicada se tituló La política como vocación. Quien así se ha enviciado tendrá enormes dificultades para entender la realidad, especialmente cuando los hechos se van imponiendo despiadadamente sobre sus deseos. También las tendrá para ponerse en el lugar del otro y reconocer que tiene también sus razones legítimas, ejercicio imprescindible para los que quieren conocer los errores cometidos, dicen apostar por el diálogo político o se muestran preocupados por el ensanchamiento de la base de sus propuestas políticas.

Weber aplicaba este “mezquino vicio” a los vencedores de una guerra, que “pretenden que han vencido porque tenían la razón de su parte”, como si una especie de verdad trascendente se expresara en la sentencia dictada por la destreza militar de cada uno. No es mezquindad sino pura y simple estupidez y, por ello quizás peor, el caso inverso del vencido que profetiza con tozudez y aplomo su próxima y segura victoria porque tiene la razón de su parte, en vez de examinar a fondo las causas que condujeron a su derrota.

Este es el caso de Oriol Junqueras y Marta Rovira, expresado con pasmosa claridad en un corto panfleto titulado Tornarem a vèncer. I com ho tornarem a fer. Nada que puede acercarse a un análisis racional de las circunstancias que han conducido al actual bloqueo de la política catalana se apunta en sus páginas, más propias de un devocionario de la religión de la independencia que de un ensayo ideológico y político.

Ninguna rectificación se deduce de sus argumentos. La superficialidad de sus consideraciones es la propia de los conjuros y los sortilegios, escritos sin relación con el conocimiento de la realidad, sino únicamente para confirmar sus creencias y sentimientos. La radicalidad republicana y rupturista que refulge en el título y en todos sus capítulos tiene una función muy terrenal, como es asegurar a sus seguidores y también a sus socios y, sin embargo, enemigos de Junts per Catalunya, de la fidelidad a los legados de aquellos días abusivamente calificados de históricos del otoño estelado.

No hay en todo el librito profundización alguna sobre la idea de democracia que supere la infantil simbolización imbatible que representan las urnas. Junqueras y Rovira reconocen que no consideraron la mitad de los catalanes que no se identifican con la independencia, a los que, por cierto, siguen considerando poco menos como criptofranquistas, derechistas y poco demócratas. Pero no tienen remordimiento alguno por la aprobación precipitada y con nocturnidad, los días 6 y 7 de setiembre, de las leyes de desconexión que permitieron el desaguisado. Tampoco les motiva el persistente incumplimiento, por parte de Junqueras, de las garantías para la celebración de referéndums establecidas por la Comisión de Venecia del Consejo de Europa.

Cuando se está tan cargado de razón, no hay lugar para reconocer razón alguna a quienes disienten, y este es el caso de la pareja de ERC. La realidad es que el republicanismo del que hacen gala tiene poco de republicano. Muchas imputaciones que dirigen a sus adversarios describen sus actitudes decisionistas y populistas con más precisión de lo que piensan. Ninguna autocrítica merece la división excluyente impuesta por el independentismo con su invención de un unionismo cuyos derechos de autor les pertenece de pleno derecho. Ningún lugar reservan en su idea de democracia a la participación y a la deliberación pública y abierta a todos los ciudadanos. Cuando empezó esta historia, en 2012, ya estaba todo el camino trazado —pacto fiscal, primero; derecho a decidir, después; referéndum e independencia—, nombrado un directorio reconocido del procés y solo era cuestión de obtener y forzar la adhesión de los disconformes hasta obtener las mayorías necesarias en vez de plantear el gran debate catalán y catalanista que hubiera exigido un horizonte que se pretendía constituyente.

La democracia junqueriana no es republicana ni es liberal. Leyes de desconexión en mano, más bien tiene relentes autoritarios. Y la propuesta que ahora se formula es una mera repetición del ideario derrotado, con el añadido de que ahora hay que tomárselo con calma hasta conseguir ampliar el porcentaje de quienes están a favor de la independencia y, lo que es más importante, sacar mientras tanto provecho de la actual institucionalidad autonómica. En castizo, ERC le dice a la antigua CDC: quítate tú que mientras tanto me pongo yo. La pelea es por la gestión de este “mientras tanto” que puede durar más que el legado de octubre.

Finalmente, la Esquerra junquerista cubre con los aparatosos oropeles de una falsa estrategia independentista las pequeñas y materialistas ambiciones de poder, a obtener gracias a la buena sintonía con Podemos y a los acuerdos con el PSOE. Lo hace con la misma desvergüenza que Puigdemont hace todo lo contrario y extrema su tacticismo radical, intratable, de permanente “confrontación con el Estado”, para no perder su hegemonía todavía pendiente de un hilo dentro del independentismo e intentar salvar los muebles trasladados a Waterloo con el exilio.