mercè 2020

El virus no puede con la música, pero sí con la alegría

Maria del Mar Bonet, Za! y la producción de Raynald Colom con Vozes pautan la primera jornada musical de la Mercè

Concierto de Za! en el MACBA.
Concierto de Za! en el MACBA.JUAN BARBOSA

El último concierto del primer día de fiestas fue solemne. En el Teatre Grec, una Maria del Mar Bonet vestida de noche ofreció una actuación muy especial en la que contó con la complicidad de artistas como Toti Soler, Miquel Gil o Juan Valderrama. Con el público sentado como si las gradas fuesen un enorme juego de damas, en el que se disponía como para ser comido, Maria del Mar comenzó con su cuarteto interpretando piezas como Joan d’on vens, Aigo, o Penyora, de Lluís Llach. Noche con temperatura otoñal para un concierto cálido con el Mediterráneo como telón de fondo.

Antes, durante la jornada, calles vacías en el centro, como un domingo desolado. Apenas transeúntes por las Ramblas pasado ya el mediodía, ni tan siquiera la alegría del vermut en las terrazas. Dos tiendas de souvenirs abiertas parecían una muestra de insensata tozudez, mientras que comercios ya definitivamente cerrados en la calle Elisabets se antojaban heridas en un tejido comercial lacerado. Aunque no lo parecía era el primer día de fiestas y la ciudad, abatida, guardaba y protegía sus celebraciones en rincones como la plaza Joan Corominas, uno de los escenarios tradicionales del BAM, donde largas colas recordaban los protocolos de nuestros días. Sí, la música sobrevive, pero la alegría de la fiesta ha sido otra de las víctimas colaterales de la pandemia.

Suerte que en la plaza actuaban Za! y La TransMegaCobla, o lo que es lo mismo, la unión del dúo de guitarra y batería que es Za! junto a tres vientos de cobla (flabiol, tible y fiscornio) y dos voces, las de Tarta Ralena. Un vestuario delirante e imaginativo propio de unas Mil y Una Noches en tripi, y deseos de ofrecer un espectáculo en el que acabaron participando desde las llaves de casa de la asistencia hasta sus gritos orquestados y sus mismos cuerpos, que se contonearon sin violentar la distancia social. Una idea excelente para implicar al público en una actuación de música física, la gran perdedora en auditorios en los que nadie se puede mover. Es más, la idea funcionó también para los niños que a aquella hora descubrían que la música es algo más de lo que suelen escuchar. Vigor y humor, solos de flabiol y Demis Roussos, retazos de La Santa Espina y Entre Dos Aguas bajo un sol que entonces se sumaba a la fiesta. En una hora se desparramó en Corominas, 380 sillas, un caudal de alegría delimitada en un rincón de la ciudad, por lo demás mustia en su intento de celebrar a su patrona.

Hablando de patronas, ya en la tarde, Santa Eulalia nos volvió a recordar su despecho por haber perdido el patronazgo de la ciudad, y amagó con enviar lluvia. No lo hizo. En el parque Güell Raynald Colom y la orquesta de Vozes, una iniciativa social para que jóvenes que no viven en chalets puedan acercarse a la práctica musical, interpretaban el Sketches Of Spain de Miles Davis sobre los arreglos de Gil Evans. El acceso al parque era desolador. La calle Larrard, antes de todo un Orinoco de turistas, con sus chancletas, sus helados y su griterío políglota, lucía desierta. Las pocas tiendas de souvenirs más vacías que el espacio exterior y en las puertas, más solos que un centinela, los vendedores guardaban la nada mientras hablaban en urdu por teléfono, ahora único idioma extranjero en la calle. Sólo la trompeta de Raynald Colom, completando el ensayo, acompañaba en la soledad de una calle que ha perdido el pulso y un sentido que bien visto igual conducía al exceso.

Ahora bien, el espacio del concierto era una maravilla. Estaba sobre la sala hipóstila, con Barcelona a los pies, y todos los edificios altos de la ciudad como si fuesen parte de un gigantesco lego limitado por el mar. Daban ganas de imitar a Miles Davis y dar la espalda al escenario, él lo hacía con el público, y escuchar su música sin mirar a los intérpretes, sólo atendiendo a la estampa de la ciudad en el atardecer. El concierto, una excelente producción de la Mercè, repasó el disco con la base del trío de Colom (trompeta, batería y contrabajo) y la orquesta, arrancando con el Adagio del Concierto de Aranjuez que abre el disco. Raynald Colom, un trompetista sinuoso como Gaudí, comandó un concierto que fue un regalo y que atrajo a un público de diferente perfil que el de la mañana en Coromines. Como muestra un botón, uno de los asistentes comentó que no estaba allí desde las Jornadas Libertarias. Fuera, de nuevo, la ciudad seguía apagada.


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