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El mundo que asoma con el coronavirus

La crisis sanitaria muestra las vulnerabilidades de la globalización y la dificultad de tomar decisiones en condiciones de incertidumbre. La emergencia refuerza el papel del Estado frente a la teorías neoliberales

A woman, wearing a face mask, walks past a sign guiding people to the entrance of a corona testing station at the Vivantes Wenckebach hospital in Berlin on March 13, 2020. - German Chancellor Angela Merkel called on organisers of non essential events gathering hundreds of people to cancel them to help slow the spread of coronavirus. The regional governments of Germany's 16 states will decide if they want to shutter school gates according to the local situation, Merkel said on March 13, 2020, adding that an option could be to bring forward April's Easter school holidays. (Photo by Odd ANDERSEN / AFP)
A woman, wearing a face mask, walks past a sign guiding people to the entrance of a corona testing station at the Vivantes Wenckebach hospital in Berlin on March 13, 2020. - German Chancellor Angela Merkel called on organisers of non essential events gathering hundreds of people to cancel them to help slow the spread of coronavirus. The regional governments of Germany's 16 states will decide if they want to shutter school gates according to the local situation, Merkel said on March 13, 2020, adding that an option could be to bring forward April's Easter school holidays. (Photo by Odd ANDERSEN / AFP)ODD ANDERSEN (AFP)

Hay momentos que tienen efectos disruptivos. Son fenómenos capaces de hacer emerger realidades latentes y cambiar el paradigma de las cosas. La crisis del coronavirus va a hacer aflorar las grandes vulnerabilidades del mundo globalizado. En menos de dos meses podemos pasar de una emergencia sanitaria a una emergencia económica que nos lleve a una nueva recesión. Para salvar la vida de miles de personas hay que parar la economía, lo que a su vez, si acaba en recesión, generará nuevas víctimas. De otro orden, pero víctimas también. La crisis del coronavirus reúne tres ingredientes que complican su gestión: cambio brusco de paradigma, situación de incertidumbre extrema y alta complejidad. Se puede llegar a paralizar la economía por una amenaza cuyo alcance ni siquiera podemos cuantificar. Sabemos que hemos de tomar medidas pero no sabemos en qué punto y en qué momento los efectos de las medidas para frenar el coronavirus pueden ser peores que el daño que se trata de evitar.

No es fácil gestionar la incertidumbre en una realidad compleja y variable que obliga a decidir en base a hipótesis y cálculos de probabilidad. La socialización del miedo nos lleva a situarnos en el peor escenario posible, a lo que hay que añadir otro gran vector de nuestro tiempo: la imperiosa necesidad de anticiparnos. Todo ello se traduce en una presión enorme sobre quienes han de tomar las decisiones. Los políticos se sienten sometidos a un duro escrutinio público. El riesgo es que la lucha partidista conduzca a una espiral en la que las decisiones se tomen no en función de las necesidades objetivas, sino para protegerse ante posibles acusaciones futuras. Pablo Casado hizo ya un amago de usar la crisis para desgastar al Gobierno, acusándole de llegar tarde. Ha tenido que rectificar, pero la tentación sigue ahí.

La crisis del coronavirus pone en cuestión algunos aspectos de la globalización que se consideraban irreversibles. Fenómenos que se habían presentado como inevitables y ventajosos, como la deslocalización de la producción, se convierten de repente en un factor de debilidad. En las últimas semanas hemos visto que la ruptura de un punto de la cadena de suministros puede parar la producción en lugares remotos. La interdependencia económica se ha revelado como un factor de vulnerabilidad.

Hasta ahora se consideraba necesario tener reservas estratégicas de determinados productos, por ejemplo gas o petróleo. Hace tiempo que forma también parte de la preocupación de los gobernantes la necesidad de producir en el propio país determinados componentes estratégicos, especialmente algunos relacionados con las tecnologías de la comunicación. Pero en ese cálculo nadie habría puesto hace unos meses la producción de mascarillas o de aparatos de ventilación asistida. La libertad de circulación y comercio se tambalea incluso en un espacio sin fronteras como es la UE.

En la abrumadora sucesión de noticias de estos días ha pasado desapercibido un incidente diplomático entre Alemania y sus vecinas Austria y Suiza que lo demuestra. Después de que se agotaran las mascarillas y el personal sanitario alemán recibiera instrucciones para utilizar la misma durante ocho horas en lugar de cambiarla cada dos, el gobierno de Angela Merkel prohibió la exportación de equipamiento sanitario de protección. Un cargamento de 240.000 mascarillas con destino a Suiza fue interceptado antes de llegar a la frontera. Otro tanto ocurrió con aparatos de respiración asistida que se dirigían a Austria. Ambos países protestaron ante el Gobierno de Merkel. El ministro de Sanidad alemán prometió revisar las restricciones, pero recordó que las leyes del mercado no garantizan que las mascarillas lleguen a quienes más las necesitan. Interesante.

Los defensores del neoliberalismo sufrirán estos días al ver cómo la realidad refuta su teoría de que cuanto menos Estado mejor. Situaciones complejas como esta ponen de manifiesto que el Estado es más necesario que nunca. De hecho, es la única garantía de que se imponga el interés colectivo. Incluso cuando los gobernantes no creen en el Estado. Lo ha demostrado el insólito caso de Reino Unido. En una decisión de altísimo riesgo, el primer ministro Boris Johnson decidió ignorar las recomendaciones de la OMS y no hacer nada por evitar los contagios. Sus expertos consideraban que la expansión del virus era inevitable y decidió que era mejor dejar que la epidemia siguiera su curso para que la población se inmunizara aun sabiendo que “muchas familias perderán a sus seres queridos antes de tiempo”. El utilitarismo en su expresión más descarnada. Para Johnson, proteger la economía era más importante que proteger a sus ciudadanos. Tuvo que rectificar cuando se dio cuenta de que la sociedad británica, comenzando por la Casa Real y siguiendo por las federaciones deportivas, ignoraba la posición del gobierno y se autoimponían medidas de restricción y confinamiento. Ejercer la autoridad es hoy mucho más complejo.

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