La montaña rusa del voto gallego

Vigo, la primera ciudad de Galicia, es el paradigma del sufragio mutante

Una mujer vota en un colegio electoral este domingo en Galicia.
Una mujer vota en un colegio electoral este domingo en Galicia.carlos Castro/Europa Press (Europa Press)

Hay una definición de Galicia contenida en el título de un libro del psiquiatra Santiago Lamas: Galicia borrosa. Alude a una comunidad sumergida en la bruma y que parece no querer saber mucho de lo de fuera, reacia a los cambios. Aunque el triunfo de Alberto Núñez Feijóo por cuarta vez consecutiva parezca evidenciar que nada se ha movido, lo cierto es que la niebla de los resultados oculta un electorado que de una convocatoria a otra protagoniza un verdadero trasiego de votos. Y bastante planificado. Vigo, la primera ciudad de Galicia, es el paradigma.

Resultó que los indecisos de estas elecciones eran los potenciales electores del BNG buceando en las encuestas hasta darle la vuelta al mapa de la representación política en Galicia. Los 19 diputados que liderará Ana Pontón en el Parlamento gallego se han formado plaza a plaza en infinidad de ayuntamientos en los que el BNG ha recuperado un gran caudal de votos fugados en su día a En Marea, la alianza de Podemos, Esquerda Unida, confluencias locales y grupos nacionalistas. La captura del BNG ha sido de tal calibre que ha desplazado de un plumazo al PSdeG a la tercera posición en numerosos municipios para situarse en el podio tras el PP. Algo impensable hace apenas unos meses.


Porque, aunque el triunfo de Feijóo lo haya dejado todo atrás, lo cierto es que en las elecciones generales de abril de 2019 el PSOE ganó por primera vez en Galicia. Y en las municipales del mes siguiente se hizo con las alcaldías de seis de las siete ciudades principales. En las segundas generales de noviembre, el BNG logró retornar al Congreso de los Diputados tras conquistar el 8,38% de los votos. Ocho meses después, casi ha triplicado ese porcentaje.

En Vigo, en la misma jornada del 26-M de 2019 en la que coincidieron las municipales y las europeas, los electores modificaron escrupulosamente sus votos hasta el punto de entregar al PSOE (en realidad, a su alcalde, Abel Caballero) una exorbitante mayoría con un 67,6% de respaldo. En la otra urna, la de las elecciones europeas, el apoyo a los socialistas se quedó en el 44,7%. En esas municipales, el batacazo del PP en Vigo fue monumental: 13,69%. El domingo, Feijóo alcanzó en la ciudad el 32,51%. En ese mismo periodo entre los comicios locales y los autonómicos, el BNG ha pasado del 5,6% al 23,39%.

“Hay que diferenciar entre voto flotante y dual”, señala el politólogo Arturo González, director de Quadernas Consultoría. Los cambios en el bloque de la izquierda, con la recuperación por el BNG de lo que le habían arrebatado las Mareas, es consecuencia, señala González, de un voto flotante. “Al electorado de izquierda no le afecta psicológicamente el cambio de voto entre partidos del mismo espectro”, argumenta para explicar la naturalidad de la mudanza que ha dejado en la cuneta a Galicia en Común, la nueva marca de Podemos y sus aliados. El BNG, opina el experto, se llevó ese votante con “una campaña impecable” centrada en una candidata empática y resolutiva.

El voto a Feijóo, sin embargo, es más dual. Como le ocurre también al alcalde vigués, el líder del PP gallego logra pescar gran cantidad en caladeros ajenos. Las encuestas ya anunciaban que es en ese sufragio cambiante donde mejor se maneja el presidente de la Xunta: el partido preferido de los electores era el PSOE, pero le daban el triunfo al PP. Feijóo basó su campaña en mimetizarse con Galicia, esconder las siglas del PP y situarse en una posición moderada. “Los electores de centro ven con buenos ojos a Feijóo, y si en las generales votaron al PSOE o a Pedro Sánchez y no al PP, fue para ahuyentar a la ultraderecha”, explica González. Ahora ha sido el líder del PP gallego quien ha hecho el malabarismo de “aglutinar votos del PSOE y de Vox”.







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