La sofisticación salvaje de la Costa Oeste: isla de Vancouver (Canadá). Más grande que Bélgica, la isla de Vancouver se siente como un pequeño país cubierto de bosques. Este rincón de la Columbia Británica, con sus imponentes entornos naturales, sus picos nevados y sus cascadas, puede parecer un lugar sacado de la ficción. A lo largo de sus costas norte y oeste, bañadas por las olas, no hay ninguna carretera en centenares de kilómetros y solo se puede llegar en barco o hidroavión. Y frente a esas inmensas soledades, en el sur se muestra su cara más refinada: castillos neogóticos, jardines de estilo inglés en la ciudad de Victoria o pequeños pueblos que se aferran a las rocas de la costa y un interior verde salpicado de campos de cultivo y bodegas. 
Imprescindibles: el sendero de la isla de Vancouver, una ruta épica de 770 kilómetros que conecta Victoria con Cape Scott; Tofino, la pequeña e indiscutible capital canadiense del surf; o el castillo de Craigdarroch, una mansión en Victoria con torreones y un interior palaciego que parece haber sido teletransportada desde las Tierras Altas de Escocia. También se adentra en la reserva parque nacional Pacific Rim, con playas espectaculares y bosques envueltos en brumas que son una perfecta escapada a la naturaleza.
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Cubiertas de bosques envueltos en la niebla, rincones presididos por tótems mágicos, naturaleza en estado puro, historias de piratas y hasta una isla convertida en la prisión más siniestra del mundo… hoy muchos de estos rincones norteamericanos son destinos turísticos exóticos, más o menos desconocidos, donde descubrir el encanto de la insularidad