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19 aficionados nos revelan cuál fue el partido de fútbol que les cambió la vida

¿Brasil contra Italia en el 82? ¿La final de la Liga de Campeones de 2014 en Lisboa? ¿La de Wembley en 1992? ¿O esa Copa Intercontinental que le ganó Boca Juniors al Real Madrid? Mientras lo piensas, te contamos los encuentros que jamás olvidaremos nosotros

Brasil contra en Italia en el Mundial de España 82. Tal vez el mejor partido de la historia del fútbol.
Brasil contra en Italia en el Mundial de España 82. Tal vez el mejor partido de la historia del fútbol. Getty

Hubiésemos preferido quedar en un bar para ver el partido, o mejor todavía, en un bar cerca del campo era ir juntos hasta el estadio a ver el partido. Pero no puede ser. Por eso hemos llamado a amigos y colaboradores de la revista y les hemos preguntado cuál es el encuentro de fútbol que más les ha emocionado, del que guardan espaciales recuerdos. Pueden ser buenos. Malos. Incluso neutrales, que no neutros. Aquí hay épicas derrotas, victorias inolvidables, pérdidas de inocencia y pérdidas de los papeles. Aquí hay un poco de todo lo que da el fútbol. Desde recordar ir al Bernabéu cuando aún había gradas con aficionados de pie hasta descubrir la magia de este deporte gracias a un tipo portugués llamado Chalana. Visitas al estadio del eterno rival, ascensos frustrados, penaltis que no acaban nunca, penaltis que jamás debieron empezar. Aquí van todas nuestras historias. Y tú, ¿cuál fue el partido que jamas olvidarás?

Ganar de pie (por última vez)

Primera División, jornada 30. Real Madrid-Deportivo de La Coruña (3 de junio de 1995. Santiago Bernabéu, Madrid)

106.000 personas. Ese era el aforo del Santiago Bernabéu en 1995, cuando aún se podía ir a ver el fútbol de pie sin abono, armado tan solo con tu carné de socio y, encima, los porteros hacían la vista gorda con facilidad en la entrada (en El Plantío, en Burgos, te dejaban llevar la bota de vino, no digo más). Cuando un par de años después se instalaron asientos en todo el estadio, dicha capacidad disminuyó a los 74.000 espectadores, imagínese.

El caso es que, pese a tener un abono con asiento junto a mi padre, en cuanto podía me escapaba a alguno de los fondos con mis amigos, no había mejor plan. Por eso aquella noche del 3 de junio en la que debíamos sentenciar el título de Liga frente al Superdépor, volví a dejar tirado a mi santo padre. Cánticos, diversión, alguna cerveza furtiva, inconsciencia y sobre todo muchos nervios acumulados, veníamos de sendos gatillazos en Tenerife y por una vez lo de que el miedo se palpaba en el ambiente no era una exageración. Hasta que llegó el minuto 85 y Amavisca se alió con Bam Bam Zamorano, quiénes si no, para poner el definitivo 2-1 en el marcador más a fuerza de voluntad que talento, como había sucedido durante todo el año. Seguro que volví a visitar aquellas gradas sin asientos, pero mi cerebro ha borrado esos recuerdos. Para mí aquel día murió una manera de vivir el fútbol, pero lo hizo de la mejor manera posible. Rodrigo Varona

Chalana, un hombre solo contra el destino de toda una nación.
Chalana, un hombre solo contra el destino de toda una nación. Getty

La noche que Dios se disfrazó de Fernando Chalana

Eurocopa 1984, semifinal: Francia-Portugal (23 de junio de 1984. Stade Vélodrome, Marsella)

Un partido demencial, disputado al límite por dos equipos que derrocharon talento, sudaron sangre y nunca bajaron los brazos. Así fue la primera semifinal de la Eurocopa de 1984. Se enfrentaban la Francia exquisita de Michel Platini y el irreductible Portugal de Fernando Chalana. Para el observador neutral pero siempre ávido de fútbol que era yo por entonces, se trataba de ver hasta qué punto podían resistir los portugueses a una Francia muy superior sobre el papel y que además jugaba en casa. Recuerdo una primera parte que siguió el guion previsto, el gol de falta del lateral bordelés Jean-François Domergue, la media hora de fútbol coral y de etiqueta con la que Platini y compañía abrumaron a una Portugal que llegó a estar no ya contra las cuerdas, sino con la nariz sangrando en la lona.

Recuerdo, como en un poema épico que se pierde en las brumas de la infancia, la irrupción ya en la segunda parte de Fernando Chalana, ese loco bajito, extremo del Benfica, a sus 25 años en estado de gracia. Un irreductible luso que rompió a jugar con una fe y un entusiasmo encomiables, corriendo como un gamo, regateando hasta a su sombra, sin rendirse a la adversidad hasta conseguir inclinar el partido hacia la portería francesa. Marcó Rui Jordao, el partido fue a la prórroga y es en esa media hora extra disputada con el último resuello cuando de verdad eclosionó el gran fútbol, cuando se desataron el vértigo, la pasión y la locura. Segundo gol de Jordao, recital infinito del incombustible Chalana, con sus pies eléctricos y su mostacho ondeando al viento como una bandera portuguesa.

Al final, la épica cambió de bando y Francia remontó hasta el 3 a 2 definitivo con un par de goles postreros, el segundo, del mariscal Platini a pase de Jean Tigana, su mejor soldado. Un desenlace que entonces me pareció cruel, porque a esas alturas mi corazón estaba ya con Chalana, pero que hoy entiendo como justo. Porque aquella Francia y aquel Platini genial rodeado de artesanos y poetas eran un monumento al fútbol. Jugaban como los ángeles, salvaron al juego del sopor en aquellos siderúrgicos años ochenta y merecían citarse con la gloria. A los que fuimos portugueses por un día siempre nos quedará el bigote de Chalana. Miquel Echarri

Con la Liga a en otra parte

Primera División, jornada 38. F.C. Barcelona-Sevilla (14 de mayo de 1994. Camp Nou, Barcelona)

Aunque probablemente mi partido más eufórico fuera la final de Wembley 92 (compré el VHS y, de tanto verlo, logré que el gol de Koeman apareciera rayado, igualito que cierta escena de Instinto Básico, también grabada en esa época), el partido que más recuerdo es el que decidió la Liga 93-94. El Superdepor ha ido casi toda el campeonato en cabeza. Pero la competición se decide en un último partido. En el Camp Nou, el Barça debe ganar al Sevilla. Si esto sucede, el Depor deberá ganar al Valencia en la suya. Pues sí, sucede. Pitan penalti, Riazor corea ¡Campeones! y Arsenio, el hombre que mejor ha combinado chupa deportiva y zapatos, le dice a su asistente: hay que meterlo. Djukic debe decidir con pena máxima el destino de todo ese público que casi se pone de espaldas en la grada.

Yo, de raíces gallegas y padre deportivista, estoy en el Camp Nou en ese momento. Un amigo ha logrado unas entradas para el palco, primera y última vez en mi vida. Tenemos 13 años y saltamos como cosacos beodos rodeados de trajes y corbatas negras. Falla el penalti, nos subimos a los asientos y los desfondamos. Cuando salgo del estadio, digo la primera gran mentira de mi vida a mi padre. Paro en una cabina, descuelgo y le suelto seis palabras: "Te juro que no me alegré". Esa noche ponemos, un gesto algo sádico, Estudio Estadio y la cámara ofrece un plano general de gran parte del palco del Camp nou. Se ven claramente dos sillas desfondadas. Miro a mi padre pero no se ha dado cuenta. El día que más celebré por las calles y el día que más culpable me sentí en casa. Miqui Otero

Peor fue lo de Djukic

Primera División, jornada 38. Deportivo de La Coruña-Valencia CF (14 de mayo de 1994. Riazor, A Coruña)

Soy más de las Rías Baixas que el Albariño y más del Dépor que María Pita. Responsabilidades a mi tío, sacerdote, socialdemócrata, preso político y precursor del gallego en la Iglesia. El antricristo coruñés del Franquismo, vaya. Recuerdo Riazor antes que las filloas y no olvido a Djukic desde el 1994. Ese penalti contra el Valencia me rompió el corazón pero ese señor serbio me hizo inmune a casi todo. Esa tristeza tan desgarradora marcó mi umbral del dolor. Desde entonces, la angustia es relativa. A cada desengaño amoroso, repetía: "l día de lo de Djukic fue peor". El día del Prestige: "Lo de Djukic fue peor" y así sucesivamente. Solo ha habido algo peor a lo de Djukik: el día que Djukic fichó por el Valencia. Ese día perdí la inocencia y abracé la violencia. Si en los noventa hubiese AVE Vigo-Comunitat Valenciana, Djukic tal vez nunca hubiese entrenado al Sporting de Gijón. Es más, si hubiese ahora mismo AVE Vigo- Gijón, me acercaba a Asturias. Malditas conexiones ferroviarias... Rebeca Queimaliños

Ser del Atleti jamás ha sido fácil.
Ser del Atleti jamás ha sido fácil.

Bendita afición

Segunda División, jornada 42: Getafe-Atlético de Madrid (17 de junio de 2001. Coliséum Alfonso Pérez, Getafe)

A los aficionados del Atleti nos salen siempre situaciones dramáticas cuando pensamos en nuestros momentos más memorables como futboleros. Derrotas trágicas. Nos gusta vivir al límite, caer a la lona y luego levantarnos. Mi mejor partido de la historia sigue ese relato. Fue en 2001. Estábamos en Segunda, el Calderón más lleno que en Primera. Un comienzo de temporada desastroso. ¡Los últimos de Segunda! E iniciamos la remontada, partido a partido. Hasta que llegamos a la última jornada con posibilidades de ascender. Debíamos ganar en Getafe y que Betis o Tenerife no venciesen sus partidos. Nosotros cumplimos, pero Betis y Tenerife no fallaron. Otro año en Segunda. Nada más finalizar el partido en Getafe (lleno de rojiblancos) se hizo un silencio que nunca había vivido en un lugar con miles de personas. El silencio se rompió con llantos. Solo sollozos de gente sentada en el cemento, las manos en la cara. En el Fondo Norte, en la grada, en el Fondo Sur… Los lloros se fueron apagando lentamente. Y surgió el canto, el coro, la pasión: “¡Atleti, Atleti, Atleti!”. Los jugadores, en el campo, hundidos, aplaudían a la afición con un mar de lágrimas circulando por sus rostros. El Atleti: vivir al límite, caer a la lona, levantarse. El mejor partido de mi vida. Carlos Marcos

La resurrección de Rossi

Mundial 1982, segunda ronda. Brasil-Italia (5 de julio de 1982. Estadio de Sarrià, Barcelona)

Para mí, el fútbol nació en 1982. Uno podía ir por la vida tranquilamente sin saber de la pelotita hasta ese verano, cuando el Mundial de España todo lo cambió. ¡Si hasta los bancos regalaban (has leído bien, regalaban) libros sobre el Mundial! Y uno los miraba y los remiraba, y se aprendía los imposibles nombres de las estrellas, sobre todo de las de looks más pintorescos: los rizos pelirrojos del polaco Zbigniew Kazimierz Boniek, el aspecto de batería de los Kinks del inglés Kevin Keegan… Pero ningún otro equipo tenía a tantos y tan icónicos como Brasil, el del extravagante doctor Sócrates de los penaltis de tacón y la cinta en el pelo (ese complemento arruinado de por vida por Mark Knopfler), el del guaperas de Zico, apodado el Pelé blanco (por los que no eran ni familia de Pelé ni de color, suponemos).

A los niños no les gusta perder, y la deslumbrante Brasil iba a ganar… o eso parecía. Tuvo que ser en Sarrià, claro, un estadio tan sobrado de pasiones como acostumbrado a las derrotas donde hincaran la rodilla. La elegante aristocracia verdeamarela se las vería en el hogar del Real Club Deportivo Español con Italia, una panda de plebeyos patibularios. Y es una descripción, no una ofensa: a su estrella, Paolo Rossi, le habían metido dos años de suspensión por amaño de partidos. Al virtuoso Brasil le bastaba el empate para pasar a semifinales. A la rácana Italia, solo la victoria, difícil si tenemos en cuenta que Rossi llevaba todo el Mundial más seco que el ojo de Willy el Tuerto y solo habían ganado un encuentro hasta entonces. Era el partido definitivo del fútbol contra el antifútbol.

Pitido inicial. Los defensas de antes pegaban mucho más que los de ahora (¡lo que le llegó a meter Gentile a Zico esa tarde!), pero tácticamente dejaban mucho que desear. Balón a la espalda de la defensa y gol de Rossi. Minuto 5. Siete minutos después, Sócrates empata con una tragada espectacular de Dino Zoff, el legendario portero de la Juve. El llamado a ser el mejor centrocampista del campeonato, Toninho Cerezo, hace lo que no puede hacer el mejor centrocampista del campeonato: da un pase en horizontal, la rebaña Rossi y 2-1. Minuto 25. Zico está histérico: no contento con sus tobillos, Gentile se ha entretenido también con su torso y le desgarra la camiseta (¡vaya uñas, don Claudio!). Falcao, la estrella de la Roma, el brasileño que mejor conoce a los italianos, pone pausa y empata el partido desde fuera del área en el 68. Parece el fin, pero no en vano los italianos son los inventores de la commedia dell'arte… Minuto 74: saca un córner Conti, empalma Tardelli y Rossi, que pasaba por allí mientras la defensa brasileña estaba de paseo con la garota de Ipanema, la envía a la red y a Brasil, la considerada mejor Brasil de la historia, a un fracaso histórico. Hoy, Sarrià no existe. Pero nadie olvidará la pasión que se vivió en sus gradas ese día. Ni tampoco que el fútbol son 11 contra 11… y hay muchas maneras de ganar. Rubén Romero

Zamora marca el gol que le da la liga a la Real. Esta frase sigo sonando celestial.
Zamora marca el gol que le da la liga a la Real. Esta frase sigo sonando celestial.

Milagro en Gijón

Primera División, jornada 36. Sporting de Gijón-Real Sociedad (26 de abril de 1981. Estadio de El Molinón)

Siempre hay una segunda oportunidad, hasta para un equipo ascensor que en La Liga anterior había logrado mantenerse invicto durante 34 jornadas y acabó ahogándose en la orilla, perdiendo inexplicablemente ante un Sevilla primado en la penúltima jornada y dejando así que le superara el Real Madrid de Juanito, Pirri y Del Bosque en una competición en la que las victorias aún valían dos puntos. Aún hay muchos en San Sebastián que dicen que esa era la Liga que haber ganado la Real, despreciando lo que vendría después. Porque la alineación más repetida de memoria de la historia txuriurdiñ volvió a encontrarse en la última jornada de la siguiente temporada con una nueva oportunidad histórica tras un curso bastante menos brillante que el anterior pero igualmente efectivo.

No alcanzó el liderato hasta la jornada 31, y en El Molinón le bastaba con un empate para arrebatarle el título al equipo de Chamartín. Sin teles en directo, pero con las radios echando humo, los donostiarras se enfrentaron a un Sporting que no se jugaba nada. Y la cosa no pudo empezar mejor. En el minuto siete, Maceda le hizo un penalti claro a López Ufarte, que transformó con clase Kortabarria. El título parecía encarrilado. Sin embargo, Mesa, histórico del club asturiano, dio la vuelta al partido con dos goles, uno justo antes del descanso y otro a la vuelta del vestuario. El Real Madrid, mientras tanto, se paseaba a la misma por el estadio de Zorrilla ganando al Real Valladolid por un cómodo 1-3. Guipúzcoa entera se hundía angustiada bajo el pesimismo: otro año igual.

La segunda parte pareció confirmar los peores presagios. El Sporting contenía sin grandes agobios a la Real de Alberto Ormaetxea. Sus ataques quedadan siempre enterrados en el barro cada vez más blando de El Molinón. Hasta que llegó el descuento (en mi casa ya habíamos apagado la radio). Un despeje de la defensa asturiana recogido en el centro del campo por Olaizola. Un pase a la banda izquierda a Alonso (el padre de Xabi Alonso) despejado de puños por el guardameta Castro. Un balón que cae al central Gorriz convertido en delantero, que remata fatal. Un churro que aprovecha Zamora al borde del área pequeña Un gol que se cantó tan alto en las calles y los patios de luces que nos hizo a encender la radio. Al año siguiente, la Real volvió a ganar la Liga, pero no fue lo mismo. Lo de El Molinón solo se vive una vez. Aitor Marín

Donde los demás vemos el final del partido, Sergio Ramos siempre ve algo más.
Donde los demás vemos el final del partido, Sergio Ramos siempre ve algo más. Getty

Sergio Ramos siempre llega a tiempo

Liga de Campeones 2014, final: Real Madrid-Atlético de Madrid en Lisboa (24 de mayo 2014. Estadio da Luz, Lisboa)

No me van a dar el premio a la originalidad al elegir este partido, pero no por ello deja de ser épico. Fue imposible pedir un guion mejor. El encuentro iba por el minuto 93 y el Real Madrid perdía 1-0 contra su eterno rival en la final de la Champions. Levábamos 12 años sin ganar la Copa de Europa y a esas altura de la película, ya estábamos en el descuento, todo parecía indicar que íbamos a tener que sumar un año más. Pero no. Cuando incluso los más optimistas empezaban a asumir que no había nada que hacer, y los rojiblancos iban ya camino de Neptuno, Sergio Ramos marcó un gol que dejó sin voz a una afición incrédula y sobreexcitada que estuvo aullando sin descanso varios minutos. El final estuvo a la altura de ese minuto legendario: el Madrid metió tres goles más en una prorroga que dominó y terminó la noche con una décima Champions que se había echo de rogar más de una década. Sara Navas

Un gol que hizo olvidar otros cuatro

Primera División, jornada 18. F.C. Barcelona-Real Madrid (8 de enero de 1994. Camp Nou, Barcelona)

Ese día yo estaba en mi localidad del gol sur del Camp Nou. Me había hecho socio del Barça en 1987, justo después de lo de Sevilla. La épica del perdedor, supongo.

Jugábamos contra el Madrid, Cruyff mandaba en el club y Romario, el delantero centro más vago de la historia (un día se negó a darme un autógrafo hasta que le quitara la capucha al boli Bic; él no iba a hacerlo), le dislocó las dos piernas y la cintura a un defensa del Madrid llamado Rafa Alkorta.

Unos días antes, Alkorta había dicho –en más palabras– que Romario no era para tanto. Por eso recuerdo el pase de Guardiola, los dos toques de Romario, y el balón, que ya ni vi entrar, porque estaba demasiado ocupado gastando la repetición del gol en mi cerebro. Rebobinándolo, poniendo el pause, rebobinándolo de nuevo. Aquella noche ganamos cinco a cero, pero volviendo a casa con mis amigos, nadie se acordaba del resultado. Gabri, un colega mío, hombre de pocas palabras, lo resumió de forma sumarísima: “Pero qué hijo de la gran puta”. Toni Garcia

Hayjugadores de aquel Real Madrid que aún se depsiertan por la noche y miran debajo de la cama a ver si está ahí Riquelme.
Hayjugadores de aquel Real Madrid que aún se depsiertan por la noche y miran debajo de la cama a ver si está ahí Riquelme. Getty

Riquelme contra los Galácticos

Copa Intercontinental 2000. Real Madrid-Boca Juniors (28 de noviembre de 2000. Estadio Nacional de Tokio, Japón)

Aquella mañana el bus que me llevaba a mí y a toda la clase de cuarto grado al centro deportivo donde dábamos clases de actividad física salía a las ocho de la mañana desde la puerta de la escuela. Ese día lo esperábamos todos: nos enfrentábamos contra la otro clase en un partido que cada martes era una final entre chicos de diez años. Mi vieja me dejó ir más tarde. Ese día me llevaba ella, dijo. A las siete de la mañana en Argentina arrancaba Boca-Real Madrid, la final de la Copa Intercontinental de 2000 que se disputaba en Tokio. Teníamos a Riquelme, el único jugador con la categoría de los Galácticos. Ellos, a Figo, que se paraba como puntero derecho. Lo marcó Aníbal Matellán, que jugó el mejor partido de su vida. A los seis minutos íbamos ganando 2-0, con dos de Martín Palermo, el delantero más disparatado de nuestra historia. El máximo goleador de Boca Juniors.

Llegué al colegio a las nueve, ya desayunado. Mi clase era la letra F y nos enfrentamos aquella mañana, por el honor, contra los muchachos del E. Jugué como un campeón del mundo. Román ya había sacado a pasear a Makelele. Muchos dicen que aún lo sigue buscando. Pablo Vander

Cuando era él mismo, nadie podía siquiera soñar con ser como Paul Gascoigne.
Cuando era él mismo, nadie podía siquiera soñar con ser como Paul Gascoigne. Getty

Y Gascoigne se pidió otra ronda

Eurocopa 1996. Fase de grupos. Escocia-Inglaterra (15 de junio de 1996. Estadio de Wembley)

No era Inglaterra un equipo especialmente dotado. Un par de talentosos centrocampistas (más Steve McManaman que Darren Anderton), un gran delantero centro (Alan Shearer) y una serie de rocódromos con más probabilidades de abrirse la cabeza que de dar un pase al pie: Tony Adams, Stuart Pearce, Paul Ince, los Neville, un portero con bigote. Qué tiempos. Luego estaba este hombre, esta mezcla entre un Zico de Newcastle y Ozzy Osbourne, que dos semanas antes había sido llamado por The Sun “patán borracho sin orgullo”. Paul Gascoigne cumplía 29 años, pero ya lucía casi como un exfutbolista gordo, bebedor y con poca circulación por la azotea. Gazza aparecía en portada, junto a McManaman y Teddy Sheringham, en un bar de Hong Kong con la camisa rota, beodos perdidos todos, subidos a una silla de dentista en la que les aplicaban botellas de tequila y whisky como un surtidor de gasolina.

Inglaterra había empatado el partido inaugural ante Suiza, así que el segundo contra Escocia era susto o muerte. Después de una primera parte anglosajonamente horrible, Shearer marcó en el minuto 53 y lo celebró como hacía él, como si se le escapara el taxi. David Seaman le paró un penalti a penúltima hora a Gary McAllister. Y la siguiente jugada es por la que todos recordamos el partido y hasta el torneo: Anderton se vistió de Glenn Hoddle para asistir a Gascoigne, que desde el vértice del área hizo un sombrero orientado con la zurda que Colin Hendry solo pudo ver por la tele, y al caer (y tardó) empalmó con la derecha, fuerte y colocado, el balón a gol. La euforia fue descomunal, no se sabía si por la victoria ya asegurada, por el golazo que se acababa de ver o por la resurrección de Lázaro en vivo y en directo.

Esa sensación duró un segundo, lo que tardó Gazza en señalar los aparentemente inofensivos botellines de agua del portero escocés para que le fueran rociados como el alcohol en el bar de Hong Kong. Fue la foto del torneo del hombre del torneo. Pese a su imperdonable no-gol de oro (¿recuerda el invento?) en semifinales contra Alemania, o precisamente por eso también, por la rebeldía y la irreverencia y la derrota, no hubo nada más pop en junio de 1996 que Paul Gascoigne. Josu Lapresa

Con diez se juega mejor

Primera División, jornada 31. F.C. Barcelona-Real Madrid (2 de abril de 2016. Camp Nou, Barcelona)

Hacia poco que me había mudado a Barcelona y no estaba entre mis planes ir al Camp Nou a ver ningún partido. Ni siquiera recuerdo seguir aquella temporada con especial atención. Disfruto del fútbol y soy del Madrid porque toda mi familia lo es, pero salvo que se trate de un partidazo o tenga posibilidad de ir a verlo al estadio, suelo elegir otra forma de pasar el rato. Ese día ocurrieron las dos: un clásico de Liga en el campo del rival para el que mi compañera de piso colchonera había conseguido hacerse con dos entradas gracias al abono de uno de sus hermanos, que decidió, claramente con más criterio que ella, seguir al equipo blanco.

Mentiría si digo que recuerdo gran cosa de lo que ocurrió en aquel partido. Lo cierto es que he tenido que pedir ayuda a Google y a mi amiga para situarlo en la fecha adecuada. Ni siquiera tenía en mente que el Madrid acabó jugando con diez después de que le sacaran una roja a Ramos en el minuto 83. Tampoco que nos fuimos al descanso empatados ni que a la vuelta Piqué fue el que marcó el primer gol. De lo que estoy segura es de que no iba vestida de blanco. Tengo la superstición de que cuando uso este color y hay partido, perdemos. Y ese día, ganamos.

Era un día gris y frío de primavera. Imposible de olvidar cuando tus entradas son para aquel lugar remoto, situado en lo más alto de la grada, rodeado con una malla y con paneles de metacrilato, donde sientan a los aficionados más peligrosos del equipo contrario para evitar problemas. Allí estábamos, nosotras y los más hooligans del Real Madrid rezando por que no se pusiera a llover porque no había techo que nos protegiera. A lo lejos veíamos el clásico en versión miniatura. Recuerdo la emoción del primer gol (de Benzema en el 62’). Habría firmado por irme de allí con un empate, pero Cristiano Ronaldo hizo de las suyas y nos dio la victoria.

Una vez acabado el juego, nos tocó esperar. Había que dejar salir al estadio entero antes que nosotros. Un grupo de antidisturbios vino a buscarnos cuando el resto de la grada estaba vacía. Nos escoltaron hasta la calle. Solo he vuelto una vez más al Camp Nou. Fue en la ida de la Supercopa de 2017. Tampoco fui de blanco, el Madrid también acabó jugando con diez jugadores, y ganamos. La única diferencia, es que ese día lo vi en uno de los palcos. Manuela Sanoja

Si Woody Allen ve esta imagen de los jugadores del Bayern de Múnich le da un síncope.
Si Woody Allen ve esta imagen de los jugadores del Bayern de Múnich le da un síncope. Getty

Tan cerca, tan lejos

Liga de Campeones 2001, final. Valencia C.F.-Bayern de Múnich (23 de mayo de 2001. Estadio Giuseppe Meazza, Milán)

Cuando tu equipo de fútbol no es el Madrid o el Barcelona, es muy posible que los momentos verdaderamente definitorios, que los hitos de tu archivo sentimental, contengan un buen puñado de tormento y alguna que otra alegría. El culmen de dolor y gloria de mi vida como valencianista es la final de la Champions League 2000-2001 contra el Bayern de Múnich. Ser del Valencia C.F. es un continuo transitar por una sinuosa carretera de alta montaña, con fabulosas vistas panorámicas, pero también un peligro constante y real de despeñamiento. Mi generación, que ha sido suficientemente afortunada como para vivir títulos y grandes noches tras décadas anteriores de travesía por el desierto, vive y morirá con la cicatriz de juventud que es ver cómo se escapaba a centímetros de distancia la mayor distinción posible para un equipo de fútbol europeo no en una, sino en dos ocasiones. Desde el gol tempranero de Mendieta hasta el penalti fallado por Pellegrino (la pena máxima), aquella final tiene todos los ingredientes para ser un pináculo de la tragedia griega y una obra maestra de la nostalgia fatalista: nunca volveremos a ser jóvenes y el fútbol y la vida 20 años dentro del siglo XXI ya no tienen nada que ver. Y, sin embargo, aquí seguimos. Álex Serrano

Remontada y hundimiento

Eurocopa 2004, fase de grupos. Holanda-República Checa (19 junio de 2004. Estadio Municipal de Aveiro, Aveiro)

Estudiar con fútbol de fondo es hacerse un regate a uno mismo. Como salir por la noche y volver a casa una hora antes de que cierre el garito porque comes con tus padres al día siguiente. Tenía tantos exámenes por delante como partidos se jugaban de la Eurocopa ese fin de semana de junio. Encendí la tele para ver las alineaciones del Holanda-República Checa y ya se quedó puesto. Marcaron primero Bouma y Van Nistelrooy para Holanda y luego Koller hizo el 2-1. Todo en 23 minutos. Pero lo que convirtió un partido de fase de grupos puesto de fondo en el encuentro más bonito del torneo fue la lesión de Grygera en el 25’. Karel Brückner retiró al defensa checo que jugaba de cinco y puso al centrocampista ofensivo del Liverpool Smicer. Ya no se acordaba de los exámenes nadie.

Aun por detrás en el marcador, el entrenador checo retiró a Galasek, otro defensa, y sacó a Heinz, un delantero. El equipo checo jugaba con tres arriba (Koller, Baros y Heinz) y con cuatro centrocampistas ofensivos (Nedved, Poborsky, Rosicky y Smicer). No se acordaba del primer año de Ingeniería Técnica Industrial nadie. Remontaron con goles de Baros –máximo goleador del campeonato– y Smicer. Solo aprobé un examen en todo el curso: el del carné de conducir. Suspendí todas las asignaturas de mi primer año de universidad. La que se estuvo acordando de ese partido y de todo el torneo el resto del verano fue mi madre. Mariano Ahijado

Cuando las urracas cantan

Premier League, jornada 29. Newcastle-Liverpool (5 de marzo de 2005, St. James’ Park, Newcastle upon Tyne)

El amor por el fútbol esta en el agua allí donde nací, Newcastle upon Tyne. Mi abuelo llegó incluso a jugar para el eterno rival, el Sunderland. A través de los años, he ido a más partidos de nuestro equipo de los que puedo recordar. Incluso he llegado a viajar con nuestra afición hasta el Camp Nou. A pesar de todo, mi partido más memorable sigue siendo el primero, a la edad de 13 años. Riadas de personas llevando camisetas con los colores del Newcastle (blanco y negro) dirigiéndose hacia el estadio de St. James’ Park, en el centro de la ciudad (aficionados borrachos al fútbol significan toda una visión para una chica adolescente como era yo). Pero, entonces, el partido empieza y 50.000 personas se arrancan a cantar en el estadio: hay algo espiritual en eso, una mezcla de unidad, pasión y devoción al equipo. De golpe, formas pate de todo eso. Katie Gatens

La primera Copa de Europa del Barça fue en color. En color Easyjet.
La primera Copa de Europa del Barça fue en color. En color Easyjet. Getty

Con Koeman empezó todo

Copa de Europa 1992, final: F.C. Barcelona-Sampdoria (20 de mayo de 1992. Estadio de Wembley, Londres)

Cuando era niño, en algunas ocasiones, si el Barça marcaba un gol importante (recuerdo, cómo no, aquel de Julio Alberto a la Juve en 1986) mi padre me cogía en brazos y me daba vueltas por las alturas gritando gooool mientras yo casi tocaba el techo. Era su modo de expresar la alegría. Como es sabido, hasta que llegó Cruyff, no hubo mucha. En 1992 todo cambió. Por eso, de entre todos los partidos emocionantes que he vivido escojo uno fundacional, la final de Copa de Europa contra la Sampdoria, la de Wembley (la primera), un partido que vi desde distintos sitios. Recuerdo la previa, el ambiente de Barcelona. A las siete de la tarde, mi madre me mandó a comprar pan al Forn Sarret y comprobé la atmósfera (estridencias, prisas, banderas) que reinaba en la calle. Le entregué la barra y me fui. Estaba nervioso. Me esperaban en dos sitios y no fui a ninguno. La primera parte la vi en el bar Can Codina de la calle Bonavista esquina Torrent de l'Olla, que estaba a reventar. Me gustan los partidos que son emocionantes sin que pase gran cosa como en aquellos primeros 45 minutos.

A la media parte me fui al ático de la calle Girona, 110, a la casa de Herminia y Tino, amigos de mis padres. Sabía que allí estaba mi padre. Alrededor de la mesa y sin poder cenar, casi sin hacer comentarios, sufrimos (por dentro) la segunda parte, en la que sí pasaron cosas: una ocasión inventada de Salinas, tres de Vialli que vi dentro y un poste de Stoichkov que todos llamamos gol. Así hasta la prórroga, cuando en el minuto 111 el arbitro pitó una de esas faltas que mejor no preguntar de dónde salen. Con el gol de Koeman, todos saltamos gritando lo mismo, y salimos en bandada a la terraza, a soltar (para fuera) la alegría en la noche cálida de mayo. En ese momento de euforia mi padre ya no me cogió en brazos (yo acababa de cumplir 16) pero me abrazó muy fuerte mientras yo miraba los primeros fuegos artificiales del cielo. Aún puedo sentirlo. Creo que fue la última vez que me abrazó así. Con nuestro equipo siempre estuvimos de acuerdo. Use Lahoz

Así se pierde

Copa de la UEFA, final. Liverpool FC-Deportivo Alavés (16 de mayo de 2001. Westfalenstadion, Dortmund)

No tengo duda. La final de la Copa de la UEFA entre el Alavés y el Liverpool. El Alavés, mi equipo, se había pasado toda la vida entre Segunda y Segunda B. Durante décadas su lucha fue no desaparecer. Pero en 1998 consiguió el ascenso a Primera. Al año siguiente quedaba el sexto en la Liga y entraba en la UEFA. No me preguntéis cómo, pero llegaron a la final eliminando al Inter y al Kaiserlauten. La jugaríamos contra el Liverpool de Gerrard, Owen y McAllister en Dortmund. A partir de aquí todo es como un sueño. No sé si os ha pasado no ser capaces de separar lo que vivisteis de lo que habéis imaginado. Este es el caso. Yo, hasta ayer, lo tenía muy claro: vi el partido en la televisión de la cervecería Casa Juan de Vitoria-Gasteiz con mi amigo Gonzalo Varona. Pero ayer empecé a dudar. Vale, muchos de mis amigos consiguieron entrada, pero ¿solo estábamos nosotros dos? No puede ser. Sin embargo recuerdo claramente el bajón cuando el Liverpool metió el primer gol en el minuto 4 y la sensación de que aquello estaba acabado cuando nos endosaron el segundo en el 16. Cómo nos animamos un poco cuando Iván Alonso metió el dos a uno en el 26 y el bajonazo cuando McAllister nos coloca otro, de penalti, en el 40. Tres a uno en el descanso. Estábamos jodidos.

Llegó la segunda parte. Y la magia: en cinco minutos nos pusimos tres a tres. Dos goles de Iván Alonso. No había duda, íbamos a ganar. Hasta que, en en el 72, va Robbie Fowler y rompe la defensa. Cuatro a tres. Se acabó.

Los únicos que parecían convencidos de que podían remontar eran los jugadores del Alavés. Fueron 15 minutos de empujar y empujar. Hasta que, dos minutos antes del final, un corner. No podía ni mirar. Me giré a tiempo para ver cómo, entre cuatro o cinco jugadores del Liverpool, aparecía la cabeza de Jordy Cruyff, y zas, cuatro a cuatro.

Aquello fue la apoteosis. El éxtasis. La más absoluta de las alegrías.

–Gonzalo, ¿tú recuerdas que un tío que estaba en el bar se hizo pis encima delante de nosotros con el empate a cuatro?

–Te confundes. Eso nos lo contaron los que estaban en el campo. Pedro se dio la vuelta para abrazar a (nombre ocultado para respetar su intimidad) y se encontró que se estaba meando de la emoción.

Llegó la prorroga. El Alavés estaba reventado. El Liverpool apretaba y a nosotros solo nos quedaba pararles como se pudiera, confiando en llegar a los penaltis. A Magno le enseñaron la segunda amarilla en el 99. A Karmona, en el 116. Jugábamos con nueve, cuando nos metimos un gol en propia meta. Cosas que pasan. Cinco a cuatro. Ahí se acabó el partido. Era el primer año que en la prórroga se jugaba al gol de Oro. El que marcaba, ganaba.

Los aficionados de equipos grandes no entienden que uno milite en clubes que nunca han ganado nada. El Alavés cumplirá 100 años en 2021 sin un solo título en su vitrina. No tiene importancia. Nosotros no le pedimos a nuestro equipo que gane. Le pedimos estar orgullosos de seguirles. Nunca he estado más orgulloso de mi equipo que cuando perdimos la final de la Copa de la UEFA, por cinco a cuatro, en la prórroga, jugando con nueve, con gol en propia meta, remontando tres veces el marcador en contra. Así se pierde, joder. Así se pierde. Iñigo López Palacios

De la carpeta al césped

Liga de Campeones 2004, cuartos de final. Real Madrid-Bayern de Múnich (10 de marzo de 2004. Estadio Santiago Bernabéu, Madrid)

Yo tenía 14 años y estaba obsesionada con Michael Ballack. La cara del futbolista alemán adornaba, junto a otros flechazos de adolescencia, las puertas de mis armarios y las tapas de mis carpetas de instituto. Así que, un día, mi padre y mi tío Antonio –que no pueden molar más– decidieron sorprenderme regalándome entradas para un partido de cuartos de final de la Liga de Campeones que enfrentaba a mi equipo, el Real Madrid, con el de mi inalcanzable crush, el Bayern de Múnich. Era la primera vez que acudía al Santiago Bernabéu y, a pesar del recuerdo erosionado por el tiempo, aún percibo esa magia extraña que se desprende cuando uno se adentra en un decorado que hasta ese momento solo había visto por televisión. La incredulidad ante las proporciones, el calor humano en una noche de invierno, el frenesí desbocado de la hinchada merengue estallando tras el primer gol. Todo salió fantástico: el Real Madrid se clasificó (1-0, gol de Zidane en el minuto 31), estuve más cerca que nunca de meine Liebe y hasta fui obsequiada con una bonita bufanda que aún conservo. Una noche épica. Seguida de una mañana atroz. Eva Blanco

El Loco Abreu mete a Uruguay en semifinales del Mumdial de 2010 en un partido que estuvo casi tan chalado como él.
El Loco Abreu mete a Uruguay en semifinales del Mumdial de 2010 en un partido que estuvo casi tan chalado como él. Getty

El penalti más largo del Mundial

Mundial 2010, cuartos de final. Ghana-Uruguay (2 de julio de 2010. FNB Stadium, Johannesburgo)

Podía haber elegido algún partido de los equipos a los que sigo, o incluso aquel maravilloso 1-0 de Argentina a Brasil en el Mundial del 90 con gol de Caniggia en una de las más bellas injusticias de la historia del fútbol. Pero tenía que ser este. El fútbol es una metáfora de la vida, pero no se me ocurre nada en la vida que se pueda parecer a lo que se vivió aquella tarde en Johannesburgo. Vi el partido junto a Miquel Echarri, más arriba lo tienen hablando de un Portugal-Francia de 1984, con eso se hacen una idea del tipo de gente que somos. El pub Limerick, en la calle Bruc de Barcelona, estaba lleno de gente que no atendía al partido pero iba con Ghana, claro.

En el minuto 44, Muntari soltó un zapatazo descomunal que se coló sin que Muslera, el guardameta uruguayo, pudiera hacer anda. A los diez minutos del reinicio, Forlán empataba para los charrúas con otro golazo de falta directa, de aquellas de centrar al área, pero que solo los más grandes entienden como un tiro directo que podría ser gol. El partido se fue a la prórroga. Y entonces, cuando apenas quedaban 30 segundos del añadido, el uruguayo Fucile sufre une especie de desmayo, o resbalón, y cae sobre un jugador africano. Falta. Balón al área y se acaba el partido. Saca Ghana, hay dos rebotes. Un defensor charrúa salva el primero bajo palos. El segundo se va a colar, cuando Luis Suárez, el 9 uruguayo, lo saca sobre la línea en la mejor parada del Mundial, con permiso de la que le haría Casillas a Robben en la final. Penalti y expulsión del actual delantero del Barça. Chuta el penal Gyah para Ghana y… larguero y balón a la frontera con Botsuana. Arranca la tanda. Marca los tres primeros penaltis Uruguay y sus dos primeros el combinado africano. Falla Mensah para Ghana. Falla Pereira para Uruguay. Falla Adiyiah para Ghana. Esto es un cachondeo.

Es el turno del Loco Abreu. Si convierte el ex del Dépor y la Real, Uruguay, a semifinales por primera vez en 40 años. Pero no le llaman Loco por nada. Miquel me mira. Yo le miro. ¿No se va a atrever, ¿verdad? Sería demasiado loco incluso para él. Pero, claro, este partido está más chalado que el uruguayo. Entonces, se acerca al punto de penal, coloca el esférico, se aleja hasta más allá de la línea del área y empieza a correr hacia el balón como si fuera a reventarlo y… lanza una picadita estilo Panenka. ¡Loco! El portero se vence a su derecha y la pelota se cuela mansa por el centro de la portería, tan lenta que casi da tiempo a ir al baño, volver y el balón aún no ha cruzado la línea. Pero entra. Hay gente a la que no le gusta el fútbol. Xavi Sancho

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