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Julia Ebner: “Una crisis de masculinidad aparece en los radicales. Hay que tocar su lado humano”

Tras estudiar el fenómeno del extremismo desde fuera, la investigadora se infiltró entre yihadistas, neonazis y ultraderechistas cristianos. Su primer libro llega a España a mitad de 2020

Julia Ebner, en Londres, a principios de diciembre pasado. 
Julia Ebner, en Londres, a principios de diciembre pasado. 

La satisfacción moral que puede proporcionar el repudio de cualquier movimiento extremista no sirve para acabar con esta amenaza. En ocasiones, la alimenta. Lo sabe bien Julia Ebner (Viena, 28 años), quien lleva años investigando al monstruo e incluso desde su vientre. Su libro The rage. The Vicious Circle of Islamist and Far-Right Extremism (La Rabia. El círculo vicioso de los extremismos islamista y de ultraderecha) que Temas de Hoy publicará en castellano a mediados de 2020, sirvió para entender que las redes sociales han sido el trampolín de una espiral de odio entre dos radicalidades que, en muchos aspectos, son dos gotas de agua. Ha liderado proyectos de prevención del terrorismo para la Comisión Europea y ha asesorado al Parlamento británico. Esta experta del Instituto para el Diálogo Estratégico de Londres dice que hasta el movimiento más extremista tiene dinámicas sociales que revelan un lado humano. Para rescatarlos de sí mismos hay que tirar de ese hilo.

PREGUNTA. ¿Es posible que existan ahora más extremismos que hace 15 o 20 años?

RESPUESTA. Así es. Se han extendido la extrema derecha y el extremismo islamista. Lo hemos visto en las dos últimas décadas. Sobre todo después de los atentados del 11-S. Junto al terrorismo islamista ha surgido una corriente de odio contra las minorías por toda Europa, América del Norte e incluso Australia. Sobre todo contra los musulmanes. Y hoy es además mucho más visible, por las dinámicas que han desatado las redes sociales. Movimientos minoritarios son capaces de alcanzar mucha más influencia y de que sus mensajes penetren en el discurso político de los países que se plantean como objetivos.

P. Pero les gusta desenvolverse en un submundo digital.

“A los seguidores de estos movimientos hay que verlos como personas y abordar sus quejas”

R. En foros como 4chan y 8chan, en sistemas de mensajes encriptados como Telegram o a través de la aplicación de juegos Discord. Hay un montón de grupos de extrema derecha, también en España, que se ocultan bajo estas aplicaciones. Allí se coordinan entre ellos, diseñan sus estrategias y adoctrinan a nuevos miembros. Pero es en las plataformas más amplias, en las grandes redes sociales, donde se despliegan a continuación para lograr un mayor impacto en el debate público.

P. Lo increíble es que logren traspasar sus ideas marginales al debate político general…

R. Muchos de ellos han adoptado estrategias realmente inteligentes para producir contenido con capacidad para llegar a ser popular. En una primera fase encriptada discuten entre ellos el mejor modo de hacer llegar sus mensajes a las personas normales (los normies, como los denominan en su jerga). Es algo que los grupos extremistas europeos han copiado de las tácticas desplegadas por la derecha alternativa estadounidense en los meses previos a la elección de Donald Trump. Se preocupan de no sonar demasiado racistas o demasiado antisemitas, y de abordar los asuntos que preocupan a la población en general, para que su mensaje acabe llegando a los grandes medios.

P. Y lo fácil, frente a esta amenaza, es culpar a los políticos.

R. La globalización, la crisis económica, los atentados yihadistas y, sobre todo, la crisis de los inmigrantes han desestabilizado los pilares económicos, sociales y culturales. En los cinco países donde hemos estudiado esta realidad —Alemania, Francia, el Reino Unido, Italia y España— hemos observado que los grandes partidos han dejado huecos que estos grupos no han dudado en aprovechar. Y allí han volcado sus propias narrativas para explicar qué estaba sucediendo.

P. Contaminan a los grandes medios, pero no los necesitan realmente. Tienen una comunicación alternativa.

“Su motivación es similar a la de otros: es la necesidad de amor de personas que se han sentido humilladas”

R. Favorecida por las plataformas de redes sociales. Es la combinación de una sobrecarga de información y desinformaciones, junto a los algoritmos que Google, Facebook, Twitter o YouTube utilizan para realizar sus recomendaciones. Dan prioridad a los contenidos más radicales, porque son los que retienen más tiempo al usuario. Y filtran los nuevos contenidos para ofrecerte aquello que previamente te ha gustado o has comentado. Te encierran en “la burbuja del filtro”.

P. ¿Es un mundo dominado por hombres?

R. Algunos hombres jóvenes están haciendo frente a una seria crisis de identidad, una crisis de masculinidad que aparece en todos estos grupos radicales. Se reclutan hombres en las redes yihadistas y en las redes nazis. Se les promete reconocimiento o la posibilidad de escapar de experiencias humillantes. El antifeminismo es la puerta para llegar a otras formas de antiliberalismo, u odio a la izquierda liberal (leftards, o retrasados de izquierdas, los llaman). Todos estos ingredientes se mezclan en una subcultura solo para hombres.

P. También descubrió mujeres en ella.

R. Algo completamente nuevo para mí. Lo había visto con las “novias” del yihadismo. Pero encontrar mujeres antifeministas en el mundo de la derecha radical me resultaba casi un oxímoron. Ni siquiera sabía que existían. Es un tipo de radicalismo distinto, en el que las mujeres desarrollan un odio contra sí mismas y no contra otros grupos. He hablado mucho con ellas y sus motivos son similares a los de otros extremismos. Es la necesidad de amor o de reconocimiento de personas que se han sentido humilladas o abandonadas y buscan una nueva identidad.

P. Y, sin embargo, pide usted que se intente entender a todos estos grupos.

R. Mi experiencia me indica que siempre debemos incidir en el lado humano que les queda. Incluso en los movimientos más extremistas hay dinámicas sociales que revelan ese lado humano. En el grupo encuentran el sustituto de la familia o de la amistad. Atacarles, e incluso ridiculizarles, puede funcionar a veces, pero en muchos casos es ineficaz y contraproducente. Alimentas su discurso victimista. A los políticos que les dan pábulo hay que exigirles responsabilidades. A sus seguidores hay que verlos como seres humanos y abordar sus quejas y lamentos antes de que los exploten movimientos o partidos políticos radicales.

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