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Un poco de humanidad

Para los niños, el verano es ese tiempo ancho que nunca se acaba; para los viejos, la estación del recuerdo

Un niño corre en la playa de Pula, al sur de la isla italiana de Cerdeña.
Un niño corre en la playa de Pula, al sur de la isla italiana de Cerdeña.

Hoy, varias mujeres inmigrantes subirán la declinante tasa de natalidad. Esta tarde de domingo, cientos de niños veranearán en los parques de las ciudades, se mojarán los pies en las fuentes y correrán como locos entre los aspersores. Una limpiadora con dos hijos, un joven periodista autónomo, una mujer recién divorciada tratarán de imaginar su futuro tras una subida brutal del alquiler. Un viejo lector de periódicos se obsesionará con los parentescos de los empleados del Tribunal de Cuentas y hoy domingo, en vez del sudoku, comenzará a dibujarles un árbol genealógico. Un padre de familia planeará el divorcio en el viaje de vuelta de vacaciones. Una mujer llamará al 016 y se repetirá a sí misma, “no deja rastro”, pero le atormentará una frase leída hace muy poco, “en la nube, todo deja rastro”. Todo deja rastro. Una jubilada mirará ofertas de viajes a la India, solo por gusto. Y una niña china pasará la tarde en la puerta de la tienda de sus padres en Usera sin sospechar que lo que observa será el paisaje de sus novelas en 2040. Un parado de larga duración deja el paro para convertirse en jubilado y se siente realizado con el cambio. Una maestra escucha discutir a sus hijos y se sorprende echando de menos a sus alumnos. La abuela no quiere morirse para que los nietos no pierdan su pensión. Un moribundo pregunta a una enfermera, “¿hay vida después de la vida?”. Una poeta de Instagram solloza porque ha perdido un seguidor y, dolida, publica estos versos, “yo, que te pensaba / tú, que hoy has dejado mi poema flotando en la nube. Vuelve”. El niño lame un helado en la piscina del barrio con el padre; por momentos, el padre olvida la insoportable nostalgia. El suicida mira de nuevo el puente, le da pena que tarden mucho en encontrarlo, siente una enorme ternura hacia sí mismo. Un cirujano sale del hospital y se toma un solomillo poco hecho en el bar de enfrente. Una vecina de la calle Salvador Allende lleva tres noches soñando con que una bandada de buitres sobrevuela su casa, sale a la terraza y grita al cielo agitando el puño: “¡Esto no se quedará así, Ana Botella!”. Para los niños, el verano es ese tiempo ancho que nunca se acaba; para los viejos, la estación del recuerdo. Un obrero se desploma de un golpe de calor. Una dependienta de El Corte Inglés recibe un mezquino emoticono de “medio happy” de una clienta puñetera. Menuda cabrona. Un repartidor, hasta las pelotas del mundo, se mete en el Retiro con la pizza del pedido y se la come. Entera. De huevo y tocino, que es lo que pide el cuerpo en julio en un Madrid. La chica mira el móvil, es otra vez el novio, que le enseñe el coño, que está fuera y lo necesita; ella teclea, “vuelve y te lo enseño en persona”. Una mujer escucha por la radio que la violencia de género ha de llamarse intrafamiliar y murmura el término, a ver si lo entiende.

El verano los envuelve a todos en sueños, esperanzas y decepciones. Cada uno cumple con su vida, sintiéndose parte de una humanidad, pero también algo ajeno, tal vez desamparado, con todos los proyectos en suspenso. Llegará el otoño. Sus vidas aparecerán fugazmente en nuestras columnas, como ligeros cameos. Dedicaremos todo nuestro espacio a analizar la discordia entre quienes les ven como parte de su estrategia. Esa palabra impúdica de la política: estrategia.

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