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Acomplejada

La nariz del PP es ideológicamente espantosa y su emperador va desnudo

Pablo Casado en un mitin en Salamanca.
Pablo Casado en un mitin en Salamanca. EFE

Las personas nos sentimos mal a causa de nuestras disonancias anatómicas. Alguien gordo suele acomplejarse y buscar la asistencia de especialistas para cuidar su salud y desprenderse de la carga de que te señalen públicamente. También el gordo o la gorda pueden encastillarse en fantasías curvilíneas, el hedonismo de comerse un frigopie de noche, el desprecio con que devuelven la mirada a quienes caen en la enfermedad mental de la gordofobia. Ese orgullo obeso puede interpretarse como acción suicida, mecanismo de defensa para no reparar en los propios defectos o acto de subversión contra el canon. A los 15 años yo me tapaba la nariz. Luego mi nariz dejó de parecerme tan vergonzante, igual que mi estatura, tener papadita o vello. Sin embargo, mi nariz, igual que el dinosaurio, seguía allí mientras yo me depilaba y reflexionaba sobre los pelillos que unen instinto y civilización: esas fibras pegajosas afectan a la política, la medicina o las leyes que apaciguan al Míster —o a la Mrs— Hyde que llevamos dentro facilitando la convivencia. La cultura me oprime algunas veces, pero ayuda a vivir y protege de los zarpazos del animal salvaje.

Reírse de los complejos físicos está muy feo; analizar supuestos complejos ideológicos puede ser higiénico y divertido. El proceso de desacomplejamiento derechista no es equivalente al orgullo gay ni al empoderamiento de las mujeres ni a las posturas contestatarias de la población obesa contra la tiranía de la delgadez. Aunque, por debajo y por la sordi, pretendan rentabilizar esos subtextos, la derecha nunca se sintió marginada. Menos ahora que la autoridad moral de la izquierda se pone en tela de juicio utilizando argumentos franciscanos que surgen de la propia izquierda y opacan la perpetuación de los eternos privilegios del bando conservador. La izquierda, menguada por la autoexigencia de un discurso coherente, a menudo incompatible con la lógica del capitalismo, se da golpes en el pecho por sus malas conductas —reales o imaginarias— mientras la derecha decide desacomplejarse. Y lo primero que una se pregunta es si de verdad estuvo acomplejada alguna vez. Acoquinada, calladita, tapándose la nariz con la mano, visitando la consulta de endocrinología. Nos venden la moto de que han sido víctimas, como si alguien les hubiese acosado en el colegio por ser liberales y no hubiesen tenido siempre la sartén por el mango. La derecha desacomplejadamente conduce borracha, perpetra despidos, capitaliza la banca, privatiza lo público —la concertada en la enseñanza media traerá cola—, criminaliza eutanasia y aborto, hace devoluciones en caliente y chistes de gangosos. Imposta el aspaviento de desacomplejarse como si alguna vez hubiese sido modosa. El complejo ideológico de la derecha debería centrarse en la conciencia de su lado oscuro: el fervor monopolista, la acumulación, la explotación, las herencias, el derecho de pernada, el aristocratismo que compadrea con un concepto de pueblo dócil y servicio buenecito que nunca muerde la mano de quien le da de comer. Si la derecha se desacompleja más, el outfit “Santiago y cierra España” será tendencia la próxima temporada. La nariz del PP es ideológicamente espantosa y su emperador va desnudo: el hecho de que se desacomplejen no los va a convertir en algo distinto de lo que son. Incluso los puede empeorar: se les caerá la mascarita amable y saldrá a la luz su falta de solidaridad con el género humano. Menos mal que el líder del PP ha dicho que en sus listas, además de periodistas desacomplejados, irán toreros. Eso me deja mucho más tranquila.

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