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La precampaña: instrucciones de uso

Unos y otros intentarán apropiarse de elementos que no son solo suyos para polarizar: la crisis catalana, el feminismo. Esa apropiación puede hacernos perder a todos

El líder del PP, Pablo Casado, en el Congreso, el pasado 27 de febrero.
El líder del PP, Pablo Casado, en el Congreso, el pasado 27 de febrero. GTRES

La política es la organización sistemática de los odios, escribió Henry Adams, y en Así termina la democracia (Paidós), David Runciman define nuestro modo de gobierno como “una guerra civil sin lucha armada”. En los últimos años ha habido un debate sobre la política de la identidad. Producía la melancolía del esfuerzo inútil: la identidad es la forma actual de leer la política. Y la identidad posicional será el tema de las próximas elecciones generales: el tiempo de las políticas públicas, si lo hubo, desapareció. Hay más partidos, pero vamos a una especie de bipolaridad multipartidista, con vetos, discurso inflamado y personalismo.

Uno de los asuntos centrales es el miedo: unos acusarán a otros de pactar con quienes quieren trocear el Estado; otros, de complicidad con la ultraderecha y apoyo a su agenda reaccionaria. La táctica consistirá en señalar la versión más extrema del adversario y esencializarla. Incluirá la incomprensión malintencionada y la tergiversación, ayudada por las nuevas tecnologías comunicativas y una especie de cinismo epistemológico: ya hemos visto cómo medios distorsionaban declaraciones de Josep Borrell o cómo un diputado mentía deliberadamente sobre una frase de Patricia Reyes. Unos y otros se acusarán de violar las reglas: “En vez de una guerra civil sin lucha armada, lo que hay es una lucha armada verbal sin guerra civil”, escribe Runciman.

El tono, sobre todo entre Ciudadanos y PSOE, parece reflejar los agravios y el orgullo herido de una disputa familiar. El PP, dirigido por un líder irresponsable, se muestra incapaz de evitar la tentación de una sobrepuja ultramontana con Vox, mientras el ala liberal de Ciudadanos parece retroceder ante la más derechista. El PSOE, que crecerá a costa del fracaso de Podemos, se sorprende de que lo critiquen, con las buenas intenciones que tiene, y a la vez alerta de la extrema derecha recalentando a Lakoff. No sabemos si las banderas y las declaraciones de intenciones dejarán espacio a discusiones más concretas, y parece que costará formar Gobierno: quizá la experiencia autonómica sirva de ayuda. De momento, esta dificultad no afecta a la economía, y esa aparente desconexión también resulta desconcertante. Unos y otros intentarán apropiarse de elementos que no son solo suyos para polarizar: la crisis catalana, el feminismo. Esa apropiación puede hacernos perder a todos. @gascondaniel

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