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La soledad de Pedro Sánchez

No estaría de más escuchar la voz de quienes parece, de momento, que van a votarlo

Pedro Sánchez y Susana Díaz ayer en Sevilla.
Pedro Sánchez y Susana Díaz ayer en Sevilla.

Es posible que no haya habido en la historia de la democracia española un presidente tan solo como Pedro Sánchez. Pareciera que solo le hubieran amparado los ministros y las ministras que le rodeaban. Sí, señoras y señores académicos, contemplo los dos géneros, porque el número de mujeres no era simbólico y porque es probable que sean algunas de ellas las que más (favorablemente) nos han sorprendido. En la vida, la soledad no la provocan los enemigos, aunque estos se hayan valido de la mentira y hayan difundido la idea tóxica de que el presidente era ilegítimo, como si ignoraran la Constitución que dicen defender; a Sánchez le han condenado a la soledad los suyos, que desde una extraña retaguardia han ido aportando munición a un enemigo que paladea esa falta indiscreta de apoyo como una victoria.

Y como en nuestro país la opinión pública se nutre solo de las declaraciones de los políticos y de las reacciones a éstas de los habituales tertulianos, cada vez que la voluntad popular ha contradicho los augurios de los expertos se ha producido un ambiente de desconcierto, de estupefacción. Tal vez sea esa la razón por la que a Sánchez se le ha definido como al mago que saca de pronto un conejo de la chistera, como un ave fénix. Se diría que el desdén de los detractores que creían haberlo rematado para siempre provocaba que el incombustible personaje apareciera de nuevo en escena.

El hábitat ideal de los opinadores responde a un estrecho algoritmo: estamos tan ocupados en medir nuestras ocurrencias con las de otros colegas que a menudo no logramos captar el descontento popular. Y de no usar el oído para el habla de la calle, lo perdemos. Observo los análisis que ha suscitado la convocatoria de elecciones y veo que nos engolfamos con las encuestas más que desentrañar cuál es la razón por la que un presidente tan denostado por los medios aún se mantiene el primero en intención de voto: ¿interviene tal vez que hay votantes que apreciaban en esos presupuestos tumbados una voluntad de mejora social; que hay españoles que se encuentran más preocupados por el deterioro de la clase media, la precariedad del empleo o el futuro de sus hijos que por un debate, el catalán, que puede prolongarse décadas? ¿No puede ocurrir que sectores castigados, como la sanidad o la educación, muestren más interés en la defensa de lo público que en descubrir la esencia de lo que ya son, españoles?

Los trabajadores de la cultura siempre se movilizaron mayoritariamente a favor de presidentes progresistas o de partidos de izquierda. Pero intuyo que ahora las simpatías ideológicas se muestran con mayor precaución. El miedo al posicionamiento político de quien se debe al público ha crecido tanto como la virulencia en los ataques de que se puede ser objeto. Por tanto, el compromiso de los artistas ha dejado en gran parte de contar. Los han acaparado las campañas humanitarias. El universo de la política es demasiado áspero como para enredarse en sus trampas.

El resultado es que Pedro Sánchez es un hombre solo. Ha aparecido en los medios, contrarios o menos contrarios, para ser juzgado con desprecio o con condescendencia. No estaría de más escuchar la voz de quienes parece, de momento, que van a votarlo: ¿por qué lo hacen, por qué actúan a la contra de lo que tantos expertos predican que deberían hacer? Si nos hiciéramos eco de sus razones puede que observáramos que está menos solo de lo que parece.

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