Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Mamoudou, un inmigrante menos

Este joven maliense, sin pretenderlo, se ha convertido en un francés más

Emmanuel Macron recibe a Mamoudou Gassama, el pasado día 28.

He aquí un hombre que, probablemente, se ha sentido abrumado por las circunstancias, sin alcanzar a saber lo que ha pasado. El joven maliense Mamoudou Gassama, como otros inmigrantes ilegales, se escondía de la policía parisina, evitaba los andenes del metro para eludir la lógica de la sospecha de su condición de ilegal a veces por su color, es decir, ser detenido, encerrado y expulsado del territorio francés, una amenaza que cobra mayor relieve con la nueva política migratoria de Emmanuel Macron.

Y de repente, se encuentra en un salón oficial del palacio del Elíseo, invitado por el presidente mismo, entrevistado por los medios de comunicación, respetado y alabado por todos, incluso Marine le Pen, por haber salvado épicamente a un bebé francés. Y no sólo eso: como premio honorífico, Gassama obtiene la nacionalidad francesa sin haberla pedido: por su calidad humana merece ser francés y no ya un mero inmigrante legal. Se instituye, de este modo, un juego de símbolos vinculado a los desplazamientos de los inmigrantes; parece entenderse que, en realidad, deben aspirar al privilegio de la nacionalidad francesa, y no a ejercer el título de residentes extranjeros con permiso de trabajo, manteniendo su nacionalidad e identidad originarias.

Este joven maliense, sin pretenderlo, se ha convertido en un francés más, y en un inmigrante menos. En unos segundos Francia lo ha despojado de su piel de ¡extranjero!

El gesto de Macron se conjuga con la emoción y la política; los ciudadanos franceses contemplaron boquiabiertos a Gassama subiendo sin vacilar cuatro plantas por los balcones y salvando al niño. El presidente ha aprovechado veloz este impulso emocional para hacer gala de generosidad, encubriendo así la dura legislación migratoria que acaba de adoptar el Parlamento y que ha desatado reacciones indignadas, incluso dentro de los círculos más cercanos del mandatario. Porque bajo el gesto honorífico hacia Gassama, el estatuto de hacer inocuo al inmigrante ilegal en la UE permanece inalterable —verbigracia, los centros de internamiento para inmigrantes sin papeles y solicitantes de asilo que proliferan en el territorio de los Estados miembros— sin atender a la propia condición de ser humano que se encuentra en centenares de miles de semejantes a quien hoy se considera un héroe francés. ¿Solo un acto de heroísmo los podrá transformar en sujetos humanos legalmente aceptados en Europa?

La solidaridad de Gassama enseña a los Gobiernos que regular a la inmigración no se debe hacer bajo la presión xenófoba de la extrema derecha sino respetando la dignidad de todos los seres humanos que se desplazan, legal o ilegalmente, a las fronteras europeas. Del mismo modo, lejos de toda manipulación política, es imprescindible explicar a la opinión publica que podemos acoger a trabajadores extranjeros, porque aportan riqueza sin poner en peligro nuestro modo de vida. Y que Europa, frente a la importante demanda migratoria que surge por causa de las crecientes desigualdades económicas, debe realmente ayudar al impulso económico de los países de procedencia, en especial los de África subsahariana.

 

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.