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La rea Rosalía

No me alegro de las desgracias ajenas, pero una noche en el trullo igual le baja los humos

Rosalía Iglesias, mujer del extesorero Luis Bárcenas, a su llegada a la Audiencia Nacional.

Llegó a la Audiencia menos producida de lo que suele. Pantalón beige, blazer marino y uno de esos fulares que te sacan de un apuro en días como el de ayer, en los que ni llueve ni deja. Nada que ver con sus grandes tardes de la Gürtel. Esas apariciones estelares entrando y saliendo del juzgado, o de su pisazo, o de la cárcel a ver a su marido preso, en las que hipnotizaba a la cámara a base de caderazos al arco parlamentario, cabeza alta al punto de desnucarse y golpes de melena de los que se mueran las feas y, de paso, las pobres. Salió ayer la doña, sin embargo, supónese que cabizbaja, en un furgón rumbo a la trena donde vive su marido desde el lunes. Juntos en la suerte de los chorizos hasta que apoquine la fianza. No celebro desgracias ajenas, pero a veces hay justicia poética.

Entre todas las mujeres florero que no se enteran de lo que trinca su legítimo, pero lo usufructúan que da gusto, mi preferida es Rosalía Iglesias, vistosa esposa de Luis Bárcenas. La diva, como Jessica Rabbit, no tiene la culpa de que la dibujaran así de altanera y de rumbosa. Pero ese aire de víctima de una conspiración mundial contra ella es francamente irritante. Como que le dijera al juez que nunca hablaba con su hombre de trabajo, esa lata proletaria. O que tuviera los ovarios de pedirle a su señoría un lavar y marcar a la semana como gasto indispensable. Por eso, imaginarla ingresando en el módulo 13, ofreciendo su perfil bueno, y el malo, al fotógrafo penitenciario, haciéndose el catre de la celda y memorizando su número de rea, puede que no esté bonito, pero es humano. Al fin y al cabo, fue ella la que calificó anteayer mismo de “inhumanos” a los periodistas que la seguían por la calle como si fuera ella Bin Laden, que diría Belén Esteban. O, peor, la propia Esteban, que, por lo menos, pone pleitos y los gana. Lo dicho: no me alegro de las desgracias ajenas, pero una noche en el trullo igual le baja los humos.

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