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El presidente de Brasil se queda sin pensión

Temer pierde el derecho a recibirla al incumplir un trámite que demuestre que sigue vivo

El presidente de Brasil, Michel Temer, en un acto el 5 de febrero en Brasilia.
El presidente de Brasil, Michel Temer, en un acto el 5 de febrero en Brasilia. EFE

Brasil tiene la quinta extensión geográfica más grande del mundo, es el país que concentra la quinta mayor población, tiene casi la mitad de las selvas de la Tierra y, luego está su burocracia. Es una gigantesca red de sistemas, contradictorios entre sí en ocasiones, a los que la Administración muestra además un particular apego. Tanto que ni sus mayores adalides están exentos de caer en alguna de sus trampas. El propio presidente del país, Michel Temer, se ha quedado unos meses sin cobrar parte de su pensión por no gestionar bien un trámite. El trámite en cuestión es demostrar que sigue vivo. El presidente, de 77 años, se jubiló en 1999 de su trabajo como fiscal del Estado y pasó a dedicarse de pleno a la vida política, pero aún puede cobrar una pensión de 45.000 reales (11.100 euros) al mes por sus años de servicio. Para ello, cada septiembre, mes de su cumpleaños, tiene que presentarse en una oficina y dar lo que se llama la prova de vida, es decir, probar que el jubilado en cuestión sigue con vida para que se le siga ingresando el montante. Temer no lo hizo, según cuentan sus portavoces, “por falta de tiempo”. Y todos los burócratas involucrados asumieron, por lógica, que ese hombre que dirige el Gobierno, que sale en televisión a diario, que es portada en los periódicos y de docenas de revistas y que habla por la radio todas las semanas, no seguía vivo.

Temer, que en agosto de 2016 reemplazó en el poder a la presidenta Dilma Rousseff, depuesta por impeachment, es un político impopular y flemático rayano en lo gélido. Sus enemigos le llaman “vampiro” y un diputado de Bahía le describió como “el típico mayordomo de una película de terror”. No ha levantado la voz en ninguno de los varios escándalos de corrupción que le han tenido al borde de los banquillos. Él se limita a recordar un procedimiento administrativo o jurídico que le da más tiempo y vuelve a lo suyo, legislar lo mínimo. Si él no consigue probar que está vivo, por lógica burocrática es que está muerto. Y gracias a esa inquebrantable lógica que rige a su país, si los papeles no consiguen probar que él es culpable es que solo puede ser inocente.

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