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Después de Río, qué

Los resultados de España han sido buenos, pero es hora de pensar en Tokio 2020 con un plan a la altura de los campeones

El primer ministro japonés Shinzo Abe caracterizado como Super Mario en el cierre de los Juegos en Río.
El primer ministro japonés Shinzo Abe caracterizado como Super Mario en el cierre de los Juegos en Río. AP

Los Juegos de Río han sido un espectáculo deportivo magnífico. Las 17 medallas logradas por España, siete de ellas de oro, nueve logradas por mujeres, son un buen resultado, incluso mejor del esperado. Los deportistas españoles nunca habían subido tantas veces a lo más alto en la cita más importante, salvo en Barcelona 92, una fecha imborrable en el deporte español.

Pero cuando la llama del pebetero se apaga es hora de pensar en Tokio 2020, en el próximo ciclo olímpico, y en si nuestras estructuras y políticas deportivas son las más adecuadas. La primera impresión es que se orientan demasiado a los resultados. Del programa ADO, que nació al calor de Barcelona y premia a los deportistas por los logros conseguidos, a las inversiones en centros de tecnificación y alto rendimiento, la política deportiva española ha tendido a cuidar a los talentos detectados más que ayudar a que florezcan nuevos.

Las federaciones, muchas de ellas asfixiadas por la crisis económica, no han cuidado el deporte de base como miman a sus estrellas. Estas, además, son en muchos casos el resultado de talentos individuales y empeños personales y de patrocinadores que van y vienen, al calor de las zozobras de la coyuntura económica.

Esta realidad contrasta con algunos países del entorno que, como Francia o Italia, gozan de mayor cultura polideportiva —en España todo pivota en torno al fútbol— y también de mayores inversiones. O Reino Unido, que ha hecho de la producción de medallas una industria que floreció en Londres 2012 y sigue manteniendo una producción más que notable. En Río, sin ir más lejos, ha logrado superar al gigante chino en número de oros, 27 frente a 26.

Los deportistas españoles han demostrado en los Juegos de Río que son iguales que los mejores, e incluso un poco mejores. Los dirigentes deportivos deben demostrar ahora, con un plan y un trabajo coherentes, que pueden estar a la altura de las ambiciones de sus exitosos campeones.

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